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Alejandro de Ancos

Los Llerones de Sama, la pista y la nada

El mal estado de la instalación atlética

Corría el año 95 y Sama –por extensión Langreo– gozaba de un incipiente atletismo al que daba forma el club Km Cero, con su Media Maratón, su escuela de atletismo con casi cien chavalillos (venían de Mieres y de Laviana) y sobre todo su Maratón, el del Valle del Nalón, internacional y en el calendario de la Federación Española.

También teníamos un Descenso Internacional en piraguas, La Subida a Santo Emiliano, escuela de tenis en La Felguera, Baloncesto, de Gimnasia y alguna que otra cosa más. Pues bien, creo que fue Terente de concejal de deportes y José Emilio (estuve en una reunión allá por noviembre de aquel año, en el Ayuntamiento) quienes pergeñaron la “pista de los Llerones” y se habló de la dificultad de que los perros abandonaran el lugar habitual de hacer sus necesidades y dieran paso a los atletas, a los aficionados o, simplemente, a las personas que de vez en cuando bajaban a la hierba. Los perros, a pesar de tener sus espacios y una prohibición de entrar al recinto, han vuelto.

Medía 884 metros –dieron el nombre a un club de aficionados– que podían haber sido 1000 si se hubiera consultado con los atletas, mal menor, pero eran bastantes y hasta sobraba, se copiaba del Patronato de Gijón y el Kilometrín, pero mal copiado. Las condiciones eran precarias, la escollera escasa, luego instalaron una fuente y aún recuerdo la ilusión con que se me comentó la instalación de la luz, para poder entrenar o correr a primera hora de la mañana o a última de la tarde.

Persistía un problema con tirios y troyanos, siempre la escollera que ningún concejal quiso levantar lo suficiente para que las riadas no se llevaran por delante la arena y los troncos que delimitaban la pista, un metro y poco de anchura que permitía a dos corredores ir en paralelo. Varias riadas iban mermando la calidad, pero se aguantaba el tirón que los atletas somos sufridos.

Y llega el desastre, porque el problema de tener una casa grande no es levantarla si no el mantenerla; en Langreo no hubo, no hay y al paso que vamos no habrá amor consistorial por el deporte, así de sencillo, y da la sensación de que ponen de concejal al menos adecuado de la lista electoral y no quiero dar nombres porque alguno/a fue –además de semianalfabeto/a funcional– un desastre que no merecen ser ni nombrados.

En enero del 2019 –cuatro meses antes de elecciones– una riada entra por la parte alta, bajo el Puente de la Maquinilla, ante la escasa escollera y se lleva por delante la pista, las escollera que quedaba, los troncos que la delimitaban y sembró de maleza el resto, hasta el monumento a los entibadores al lado de la pasarela del IES.

Tres años más tarde hubo que hacer una protesta por escrito -en LA NUEVA ESPAÑA- para que la concejal y la alcaldesa, que se habían olvidado –entre otras cosas, como del piragüismo– de Los Llerones, se pusieran manos a la obra y acabaran por rematar la ruina en que ha quedado. Se alejaron de los árboles que dan sombra, la acortaron, la desnudaron de separadores y con una anchura de no más de cuarenta centímetros. Inservible.

Como colofón, llegan las fiestas patronales, se organiza en su interior el concurso de entibadores, se entiende que no se pueda correr porque son dos días y no pasa nada, pero lo que no se entiende es la desidia, de quien sea y a quien corresponda, de mantener “aquello” en un estado lamentable muchos días después de fiestas. El problema de tener una casa grande es mantenerla y en Langreo ni podemos ni sabemos ni se nos espera. Una pena, otra pena más de las muchas que nos atenazan.

Por favor, que alguien limpie los “escombros”, los viejecillos apreciamos la hierba para corretear porque no daña nuestras muy ajadas articulaciones y porque merecemos respeto. Sobre todo por esto último.

De Alejandro de Ancos, uno que fue atleta.

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