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El caso de José María Suárez-Valgrande en 1934

Las torturas que casi acabaron con la vida de este lenense, hermano del popular Chus Valgrande

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. / Alfonso Zapico

Tras la revolución de octubre en 1934 varios políticos y diferentes comisiones visitaron los escenarios de la violencia para interesarse, tanto por lo sucedido, como por la suerte de los presos y de sus familias. Uno de ellos fue Félix Gordon Ordás, quien ya había sido ministro de Industria y Comercio en el mandato de Diego Martínez Barrio y sería posteriormente uno de los presidentes de la República española en el exilio. Era entonces diputado por León y recorrió esta provincia junto a las de Palencia y Asturias recogiendo testimonios para elaborar un informe que presentó al Gobierno sin ninguna respuesta, por lo que finalmente decidió publicarlo por su cuenta:

«Con reiteración estéril me he dirigido, en uso del derecho que me confiere el cargo de elección popular que orgullosamente ostento, al excelentísimo señor presidente del Consejo de Ministros, en solicitud de una interpelación urgente sobre la represión en las provincias de Asturias, León y Palencia. Don Alejandro Lerroux no ha permitido que mi voz pidiendo justicia se oyera en el Parlamento. Suspendió las sesiones de Cortes sin concederme la interpelación reclamada y prolongó después la clausura con pretextos inadmisibles. El escrito que ayer dirigí a S. E. lo hago público hoy de este modo para que la nación entera lo conozca. Madrid, 12 de enero de 1935».

Gordón Ordás no ahorró detalles sobre las torturas a las que se había sometido a los presos, relacionando aquellos casos de los que tuvo noticia. También se detuvo en otras peripecias sufridas por ciudadanos que, sin haber participado en la insurrección, habían sido perseguidos igualmente. Uno de estos hombres, al que dedicó varias páginas de su informe fue José María Suárez-Valgrande, uno de los 16 hijos del fundador del primer hotel en el alto del puerto de Pajares, que se llamaba como él, y era hermano del popular Chus Valgrande, quien en aquel 1934 ya tenía fama nacional como esquiador y no iba a tardar en ser campeón de España. Vamos a conocer ahora su odisea.

Según Gordón Ordás, cuando estalló la revolución, José María estaba en León, donde permaneció hasta que el día 12 de octubre consiguió un salvoconducto para trasladarse al hotel de Valgrande y visitar a sus familiares que vivían allí. Sin embargo, al llegar a Busdongo el jefe de la fuerza que protegía esta ruta le impidió continuar, alegando que su pase no le autorizaba a ir más lejos.

Después de descansar, a la mañana siguiente intentó volver a León acompañado por el contratista de obras públicas don Valentín Gutiérrez en el coche de este y con su chofer, haciendo parada en la casa que tenía el contratista en Villamanín, pero cuando estaban comiendo se presentó el teniente Juan Pérez Martín, del regimiento de Infantería número 35, diciendo que tenía orden de detener a los dos amigos.

De modo que los viajeros y su chófer fueron conducidos de nuevo por los soldados hasta Busdongo y retenidos en la sala de estadística de la estación del ferrocarril, hasta que se personó el mismo teniente que dejó marchar al señor Gutiérrez y a su chofer, pero notificó a José María Suárez que estaba detenido por una denuncia de carácter gravísimo, formulada contra él, pero no aclaró quién la había puesto. Lo cacheó detenidamente sin encontrar nada sospechoso y salió diciéndole que iba a solicitar informes suyos, respondiendo este que podía pedir todo lo que precisase.

Así se hizo. El teniente volvió por la tarde para decirle a José María que aunque los datos que había recibido eran magníficos, la orden de su libertad solo podía darla el comandante García Balmorí, que era jefe de la fuerza, pero estaba en Pola de Gordón, así que en la tarde del domingo, día 14, lo dejó ir hasta allí en una camioneta, aunque custodiado por soldados de Ingenieros.

En Pola de Gordón, José María Suárez-Valgrande quiso presentarse ante el comandante en el hotel Castilla-Asturias- Sin embargo, este le ordenó por mediación de un guardia civil, que esperase en el cuartel de esta población. Al llegar se encontró con que allí estaban detenidos y con señales de malos tratos el jefe de la estación del ferrocarril de Santa Lucía y otro individuo. Él pensó que se iba a librar, pero media hora más tarde entró en la cocina el sargento de la guardia civil de Santa Lucía, que lo insultó y lo amenazó gravemente. Sobre las nueve de la noche fue trasladado a la cuadra donde vio a otros diecisiete detenidos. Todos presentaban un estado lamentable y se quejaban de los dolores producidos por las palizas que habían recibido.

A las tres de la mañana otro guardia civil le dijo a Suárez: «Usted pensaría ir a León, pero yo le garantizo que nunca más ha de llegar; rece lo que sepa, pues mañana irá a hacerle compañía a éste», señalándole el cuerpo sin vida de uno de los torturados llamado Eusebio Fernández.

A las nueve del día 15 pareció que se iba a confirmar la sentencia porque cuatro soldados y un cabo del regimiento de Caballería número 5 le obligaron a echarse con el pecho en el suelo y comenzaron a darle tremendos golpes con unos vergajos, sin tener en cuenta sus ruegos de que le dejasen porque no tenía nada que ver con la insurrección minera. Por la tarde volvieron a colocarlo en la misma postura para darle otra paliza que no cesó hasta que le abrieron una herida profunda en la cabeza y se desmayó sobre un charco de sangre. Aquella noche también le obligaron a firmar, bajo severas amenazas, una declaración ya preparada que ni siquiera tuvo oportunidad de leer.

A las cinco de la mañana del día 16, fue conducido junto a varios detenidos en una camioneta custodiada por soldados hasta el Gobierno Militar de León. En aquel momento su estado físico era tan deplorable que su propia esposa, que llegó enseguida acompañada de un hijo, tuvo que hacer grandes esfuerzos para identificarle.

Después de permanecer allí un largo rato, los detenidos fueron trasladados primero a la cárcel y luego esposados y en cuerda, al cuartel del Cid para ser recluidos en él. Al día siguiente fue reconocido en presencia del teniente de guardia y del comandante Araujo por el doctor Torres Ordás que al verlo así dispuso que fuera inmediatamente hospitalizado en una cama de la sala de San Antonio. Pasados nueve días se presentó en el hospital el juez instructor, teniente Martínez Mantecón, quien interrogó detenidamente a Suárez. Allí se enteró de manera oficiosa de que en la declaración inventada que se le había obligado a suscribir en Pola de Gordón constaba que en el momento de ser cacheado portaba tres pistolas ametralladoras y gran cantidad de folletos comunistas y que reconocía haber fomentado la rebelión entre los soldados y haber impedido que hablasen por teléfono desde el hotel Valgrande las fuerzas de la guardia civil.

Al saberlo, José María encargó a uno de sus hermanos que buscase en Oviedo al teniente que le había detenido, Juan Pérez Martín, y le pidiera el favor de que contase las circunstancias de su detención. Dicho teniente certificó por su honor «que había sido un detenido correctísimo, que no se le encontró documento alguno delictivo ni ninguna arma y que le constaba, por habérselo así manifestado el teniente don Francisco Berlaga, del regimiento número 21 de guarnición en Cáceres, que el detenido había pasado casi toda la noche en su compañía en el hotel Valgrande y que había dado todo género de facilidades para el alojamiento de la tropa ofreciendo incluso gustosísimo un garaje para que los soldados no durmieran a la intemperie».

El teniente añadió además en su certificado que no concebía cómo se habían podido encontrar armas en poder de una persona que no las tenía en el momento de ser detenido, y que a partir de entonces no estuvo ni un minuto sin custodia hasta su llegada al cuartel de Pola de Gordón.

José María Suárez-Valgrande fue puesto en libertad sin cargos y dado de alta en el hospital con un parte médico que atribuía su ingreso a una bronquitis. Nunca se supo quién hizo las acusaciones por las que fue detenido ni se exigieron responsabilidades a los torturadores y él prefirió dejarlo así ante lo evidente de su indefensión y el temor de que volviese a repetirse el mismo suplicio.

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