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Opinión | Velando el fuego

Los engañosos cuartos

La situación del sector hostelero y las dificultades que algunos denuncian para encontrar personal

Entre las variadas representaciones festivas que existen en el tablero mundial, las escenas navideñas son algunas de las más conocidas. Quien más o quien menos, con mejor o peor fortuna según las distintas circunstancias, se ha sentado a la mesa el día de Nochevieja, a la espera de que el reloj dé las acostumbradas campanadas que repitan, un año más, el popular ritual de las doce uvas de la suerte.

No hay novedades importantes, pues el libro de las tradiciones es conocido por todos, así que, entre algún que otro comentario al respecto, sobre todo prisas y atragantamientos del año anterior, se comienzan a repartir sonrisas, se ensayan entusiasmados abrazos, las notas del corazón se acercan a su escala mayor... Y, de pronto,¡zas!, suenan los cuartos, justo antes de que las doce campanadas y de que las uvas comiencen a descender por su acostumbrado carril

Risas, jolgorios, algún que otro pequeño susto, pero pronto se restablece la situación y los contadores de turno dan cuenta de sus hazañas: a mí me sobraron aún varios segundos; yo creo que batí el récord del año anterior…. A continuación, se proyecta en la sala un fundido de abrazos y besos que va traduciendo los mejores deseos para el nuevo año que acaba de hacer su aparición.

Mas en alguna ocasión los cuartos extravían su lógica, se adelantan unos segundos, y se producen los consiguientes sustos. Su listado es amplio, dejando una dilatada lista de anécdotas y curiosidades que lo mismo tienen su epicentro en Madrid que en Londres, Roma o Nueva York, entre tantos otros a citar. En todo caso, se ha producido un proceso de aceleración de las uvas, un precipitado que se entiende mejor si lo comparamos con el ritmo de la naturaleza, es decir, el tiempo de las cosechas y, sobre todo, con la disposición humana para adelantar noticias, casi siempre de incierta madurez o, en muchas ocasiones, de engañoso fruto.

Y del mismo modo que tras ese fallo mecánico se restablece el equilibrio, son muchos los casos en los que las falsas noticias, una uva más o menos, a veces un racimo completo, se descuelgan por la garganta para después, en un sincronizado vuelo, trepar hasta el cerebro, donde quedan aprisionadas un tiempo. Incluso a veces sin ninguna posibilidad de deshacer su compacto nudo.

Si es abundante el álbum de los campanilleos erráticos, no lo es menos el de los comentarios de sospechoso tamaño y color, y más aún cuando esas uvas han sido elaboradas con semillas de dudoso matiz político. Puestos a citar alguna de esas aceleradas noticias en la actualidad, tendríamos que referirnos al reloj de la hostelería, en donde las uvas agrias no dejan de lanzar el mismo mensaje apocalíptico: no hay camareros; nadie quiere trabajar (la juventud, ya se sabe, es vaga por naturaleza); conozco el caso de un bar que estuvo a punto de cerrar; o que cerró, por no encontrar camareros; o lo que sea… Y así con frecuencia.

Menos mal que en algunas ocasiones aparecen campaneros profesionales (empresarios de hostelería) que hacen pasar las uvas por su conducto habitual. Y entonces nos enteramos de que ellos no tienen problemas de personal. Todo consiste, explican con un lenguaje lógico y alejado de la ruidosa mecánica habitual, en ofrecer buenas condiciones: no hay turno partido; dos días de descanso; ocho horas de jornada y un buen sueldo.

Así de sencillo. Si no fuera porque muchos empresarios siguen tocando las campanas al son que más les interesa.

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