22 de abril de 2010
22.04.2010
Lecturas

Último amor y otras miserias



Las cartas de la escritora Gabriela Mistral a su amante Doris Dana

22.04.2010 | 02:00
Último amor y otras miserias

Más que una gran escritora, Gabriela Mistral es un enigma. En 1945, obtuvo el premio Nobel, pero desde nuestra perspectiva actual parece que se lo dieron más al personaje -una mujer de clase humilde que alternaba con los poderosos en defensa de los niños y de los indígenas- que a la discreta poetisa posmodernista.

Francisco Ayala nos ha dejado de ella un retrato impiadoso: «Sobre la humillada cabeza de los infelices indios, sobre los niños desamparados, sobre los desposeídos todos del mundo, derramaba Gabriela la ternura abundante de sus palabras. En la práctica, nunca noté que reparase en ningún niño, a no ser el día en que supo la noticia oficial de haber obtenido el premio Nobel. Ese día, sí, llegó a mi casa trayendo un montón de prendas de vestir con destino a los niños menesterosos y, como de costumbre, entró -sin prestar atención a mi hija, que al fin y al cabo era una niña privilegiada- y me dijo que había citado a los periodistas abajo, en el bar del hotel Copacabana, cuya terraza se veía desde mi balcón. Los había citado para las cinco y media, y un poco antes bajó a esperarlos. Cuando llegaron, la hallaron allí rodeada de la chiquillería mendicante, con dos garotiños subidos a su falda. La prensa del día siguiente registró la escena, con fotografías y relatos».

La principal obra de Gabriela Mistral fue, sin duda, su propio personaje. La publicación de sus cartas a Doris Dana, su último gran amor, ha causado cierto escándalo. El apóstol, la santa, la sacrificada heroína, no era más que una mujer torpe, ridícula, apasionadamente enamorada. Una mujer que, a menudo, empleaba el masculino para referirse a sí misma.

Doris Dana, neoyorquina de buena familia, tenía 26 años en 1946 cuando conoció a Gabriela Mistral, que daba una charla en el Barnard College de la Universidad de Columbia. Quedó fascinada por ella, pero no se atrevió a acercarse. La ocasión vendría poco después, cuando tuvo que traducir un texto de la escritora sobre Thomas Mann. La relación, con altibajos, duraría una década, hasta la muerte de Gabriela, en 1957. No hubo lugar en ella para la monotonía ni para el aburrimiento. Doris Dana -según nos cuenta su sobrina en el epílogo a la correspondencia- se caracterizaba por «su dificultad para mantenerse sobria, sus luchas contra la depresión y sus cambios de humor propios de los maniaco-depresivos»; Gabriela Mistral, por su parte, era autoritaria, mitómana y manipuladora. Continuamente sacaba a colación su edad y sus enfermedades para retener junto a ella a una joven independiente -con un cierto parecido a Katherine Hepburn- que cada poco sentía necesidad de desaparecer: «No entiendo por qué no te veo dormir a mi lado; no sé por qué me faltas. Yo me doy cuenta de que viviré un poco más solamente. Para vivir con los tuyos tienes mucho plazo. Pero mi brazo ya toca los términos. No lo olvides, amor mío, tenlo presente. No te preocupes de ganar dinero, sino después de que yo me acabe. No me despojes de tu presencia. Es toda la vida para mí, es toda mi alegría. Dame tu tiempo, devuélveme tu compañía, no te voy a durar mucho. No me arrebates ni cuarenta ni cincuenta días. Es mucho para mí. No sé si volverás. Todo es peligro en tu ausencia. Ves y hablas a muchos; están los que te desean en esa ciudad tremenda y tuya. Sí, nuestro lazo viene seguramente de otra vida. En las muchachas de Burnes-Jones yo te hallé y te quise, hace ya muchos años, diez o más».

Doris Dana, heredera de Gabriela Mistral, custodia de su legado, la sobrevivió largamente. Murió en 2006. En las pocas entrevistas que concedió desmintió siempre el carácter homosexual de sus relaciones: «Si ella tuvo, tal vez en su juventud, experiencias homosexuales, puede ser, yo no sé. No puedo decirlo. Sí puedo afirmar que nunca le conocí esas conductas de adulta. En mi vida con ella, no tuvo vida sexual». Es posible. De lo que no cabe duda es de la intensidad del amor de Gabriela y de lo que la joven la hizo sufrir con sus ausencias, casi siempre caprichosamente inmotivadas. De los momentos de felicidad, hay menos constancia: cuando estaban juntas, no se escribían cartas.

La memoria es traicionera. En una entrevista realizada en 2002, le preguntan a Doris Dana si alguna vez recibió dinero por su colaboración con Gabriela: «Nada. Mi familia tiene bastante plata. Nunca hubiera recibido un centavo de ella». Pero apenas hay carta en la que no se hable del dinero que le envía: «Necesito repetirte, por si no lees mis cartas -han sido cuatro-, que yo te he dado o mandado un cheque de mil dólares y que tú sólo me has acusado recibo de los cuatrocientos de antes. Dime por telegrama si has recibido esos mil. (Es urgente que me tranquilices respecto de ese asunto)».

Estas cartas, que Doris Dana conservó durante medio siglo, que nunca tuvo intención de destruir ni de impedir que se publicaran, vuelven más fascinante el enigma de la escritora. ¿Cómo fue posible que una niña de familia pobre -su padre, alcohólico violento, abandonó pronto el hogar-, una niña que apenas fue a la escuela, que luego se convirtió con esfuerzo y dificultades en maestra rural, entrara en la diplomacia, se pasara la vida viajando por el mundo y alternando con las más altas personalidades y obtuviera el premio Nobel? Francisco Ayala se refiere «a su destreza manipuladora», a «una especie de astucia aldeana, una al parecer innata habilidad que ella tenía para moverse con certero realismo en el nivel práctico más elemental, desde el que su mente saltaba a una esfera de fantasías un tanto disparatadas y baratas, sin detenerse nunca en el piso intermedio donde habita, con sus convenciones y usos, la sensata burguesía urbana».

De Gabriela Mistral, genial mistificadora, la obra literaria que más nos interesa es ella misma, el gótico cuento de hadas, la historia de amor y terror, en que acertó a convertirla. Leemos estas cartas no por curiosidad morbosa (lo que en su tiempo fue nefando, hoy resulta trivial), sino buscando la solución a un enigma que quizá nunca nadie sea capaz de descifrar.

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