La crítica y la erudición pueden ser también literatura, aunque muy a menudo sean todo lo contrario. José-Carlos Mainer es uno de esos catedráticos universitarios que lo mismo en sus trabajos de investigación que en los de divulgación huyen del fárrago y buscan lo que en otros tiempos se llamaba «calidad de página». Aspira a unir -lo ha declarado él mismo en la conversación que cierra el volumen de homenaje publicado por La Veleta- «el don de síntesis con el de la amenidad, sin apearse de la exigencia». Como su admirado Andrés Trapiello, con quien tantos puntos tiene en común, aprendió «mucha más historia literaria del siglo XX en las librerías de viejo que en la Universidad». El primer tercio de ese siglo no tiene secretos para él y, gracias a él, también tiene cada vez menos secretos para nosotros.

La escritura desatada es una obra de encargo sobre la novela, publicada por primera vez hace una década, y ahora revisada y puesta al día. El don de síntesis de Mainer queda patente en estas páginas donde el ayer y el hoy de la narrativa, su teoría y su práctica, resultan compendiadas con la amenidad del ensayista y el rigor de la adecuada documentación, como acredita la amplia bibliografía comentada.

A Baroja, al Baroja ensayista, menos atrabiliario de lo que a primera vista pudiera parecer, se le cita a menudo. José-Carlos Mainer, que dirigió la edición de sus obras completas, es un buen conocedor y admirador de Baroja. Y algo tiene de barojiano en su gusto por las opiniones contundentes, por el rotundo adjetivo descalificativo del escritor que no es de su gusto, en abierto contraste con la ecuanimidad de otras afirmaciones. Y, muy especialmente, con la acrítica bonhomía con que suele referirse a la literatura actual.

Tras insistir en que «los libros son cosa ajena a la moral ordinaria o a la práctica de las buenas costumbres», tras señalar que una gran novela puede haberla escrito «una persona con cuya amistad seguramente no nos honraríamos», entremezcla sin mayor rigor prejuicios ideológicos con juicios literarios: «La tardía novela histórica Amaya o los vascos en el siglo XVIII, obra de un carlista y furibundo católico, cuenta la lucha de los primitivos vascos contra el dominio visigodo (aliado con los invasores musulmanes y ayudados todos por conspiradores hebreos) y la paralela conversión de aquellos cándidos y hermosos antepasados a la fe católica: el relato -que tiene un prólogo muy revelador, clave de la obra- se leía en los años sesenta por parte de los curtidos pistoleros de ETA en las cárceles franquistas y, lo que es más patológico, todavía se reeditaba con éxito, convertida en uno de los innumerables enigmas culturales de la pesadilla identitaria vasca, tan pródiga en ingredientes racistas».

Pocas veces un párrafo ejemplifica tan bien lo que no debe ser la crítica ni la historia literaria. Comencemos por un error: en los años sesenta difícilmente podía haber «curtidos pistoleros de ETA en las cárceles franquistas» porque esa organización terrorista no comenzó a actuar hasta finales de la década. Entre los primeros detenidos relacionados con ella se encontraban nombres como los de Jon Juaristi o Mario Onaindía, a los que Mainer cita con elogio, y a los que difícilmente se les puede calificar de «curtidos pistoleros». ¿Y qué tiene de patológico que una novela de finales del XIX se reedite con éxito, aunque la haya escrito «un carlista y furibundo católico» (notemos el adjetivo)? Que Mainer no simpatiza con el nacionalismo vasco está claro, pero no parece que haya en él una mayor «pesadilla identitaria» que en cualquier otro nacionalismo -el español, sin ir más lejos- ni que resulte más pródigo en ingredientes racistas que el francés, por ejemplo (racista es Baroja, tercamente antisemita, y no por eso deja de admirarle).

Tampoco nosotros dejamos de admirar a Mainer por estos desahogos personales que de vez en cuando se permite. El ensayo es para él «un género de naturaleza biográfica» y por eso La escritura desatada -expresión cervantina para referirse a la novela- comienza con un capitulillo titulado «Donde el autor habla un poco de sí mismo» en el que se nos cuentan los inicios de su pasión por la lectura.

Disculpamos a Mainer sus descuidos porque son la otra cara de sus virtudes. «Quien solo sabe de literatura, qué poco sabe de literatura» afirma alguna vez. Y él sabe como nadie entretejer la historia de la literatura con la historia general de la cultura, con la política y con la sociología. Y a menudo consigue síntesis fulgurantes, pero también es capaz de escribir, sin que el tiemble el pulso, que el siglo XIX fue «un siglo muy estable en lo político». ¿Muy estable el siglo en que Napoleón hizo y deshizo naciones, el siglo de la unificación de Italia y Alemania, el siglo de la Comuna, el de la Guerra de la Independencia y la Revolución de Septiembre, el de Fernando VII y la primera República?

Frente a tal despiste ninguna importancia tiene la indicación de que Por quién doblan las campanas, la novela de Hemingway, tomó su título «de un verso de John Donne» y que poco después aluda al «poema original». Pero no hay tal verso ni tal poema. La cita procede de un capítulo de Devociones, la más famosa de sus obras en prosa. Alberto Girri la tradujo de manera magistral: «La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque yo estoy involucrado en la humanidad; y, en consecuencia, no envíes nunca a preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti».

Quizá lo que tiene de manual, de obra de encargo, perjudica un tanto a lo que este libro tiene de literatura, de autobiografía de un de un lector compulsivo, y lo mismo podríamos decir en sentido contrario. Pero no deja de ser el libro de un maestro porque a veces, pocas veces, por generosidad con sus coetáneos o por despiste, se le vaya el santo al cielo.