19 de marzo de 2012
19.03.2012
Lecturas

Los colores de la vida

La autobiografía de Chagall, un conjunto de fragmentos maravillosos

19.03.2012 | 01:00
Los colores de la vida

Vistos los cuadros («mis telas», como repite) de Marc Chagall, vistas sus vidrieras atiborradas de azules y poesía surrealista, vistos sus dibujos, vistas las mil sugerencias de cada una de sus pinturas, ¿cómo iba a escribir su autobiografía más que a retazos independientes, a pinceladas contradictorias a veces, a renglones breves con punto y aparte (nunca mejor dicho: aparte, a otra cosa diferente, distinta, singular), a través de una línea temporal, sí, pero sin demorarse en la cronología externa, primando, por el contrario, la duración interna de una impresión y dejando que planee siempre sobre lo que cuenta (hasta en sus andanzas por París) ese sentimiento familiar, de chaval de ciudad pequeña y de barrio judío, de la Vitebsk bielorrusa donde nació? ¿Acaso alguien pensaba que iba a contarnos paso a paso, vista la explosión de color y fantasía que es cada una de sus telas, con orden y concierto lo que le fue ocurriendo desde su nacimiento en 1887 hasta 1922 en que concluye este libro (que luego iba a revisar, con ayuda de su mujer, Bella)? No se busquen en Mi vida ni una reflexión profunda y pormenorizada, ni una colección de anécdotas detalladas, sobre sus inicios en la pintura, las primeras decepciones, el triunfo de los soviets, los cargos públicos de Chagall, y el París que conociera. Todo ello está en el libro, claro, pero está al modo Chagall, fantaseando, yendo y viniendo, sugiriendo en esta esquina, alumbrando la parte izquierda, dejando ángeles caídos en la derecha, volando, volando entre los colores de la vida.

«Pero, ante todo, yo nací muerto», y ahí viene el punto y aparte. Continúa en renglón nuevo: «No quise vivir. Imaginaos una burbuja blanca que no quiere vivir. Como si la hubieran atestado de cuadros de Chagall». La breve desaparición de su abuelo (p. 24) se cuenta en cinco párrafos, pero, al siguiente, al sexto, ya salta a otra cosa: «No me importa que la gente, con satisfacción y alivio, descubra, en estas aventuras de mis parientes, el secreto de mis cuadros». Otro ejemplo de esta continua fragmentación: «Se apresuraron a encargar a jóvenes escultores bustos de cemento de Marx y Lenin». Aparte: «Temo que se hayan desecho bajo la lluvia de Vitebsk». Se descubre, sí: «Rembrandt me cautivaba»; da un trazo precioso y definitivo (y telegráfico) durante un paseo en compañía de Apollinaire: «Mira, este es Degas. Está cruzando la calle. Es ciego»; reflexiona: «la tierra donde descansan mis padres es lo único querido que me queda hoy». Pero esta maravilla de libro es, sobre todo, iluminación: «De repente, se abre el techo y un ser alado desciende con estrépito y rapidez, llenando la habitación de corrientes y nubes». Aparte: «Un crujido de alas que se arrastran». Aparte: «Pienso: «¡Un ángel!» No puedo abrir los ojos, todo es deslumbrante, demasiado luminoso».

Mi consejo: háganse con el catálogo de la exposición, claro, después de visitarla. Pero si quieren sentir a Chagall, además de en sus rotundos cuadros, llévense Mi vida con ustedes.

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