09 de abril de 2012
09.04.2012
Tinta fresca

Ese frío que te abrasa

09.04.2012 | 02:00
Marta Sanz

Hace diecisiete años, cómo pesa el tiempo, Marta Sanz presentó su novela El frío, que la convirtió en una escritora a seguir. El buen ojo del editor Constantino Bértolo tuvo la culpa. Ahora se reedita, y releerla confirma que lo suyo no era un espejismo; qué buena es. El frío la ha hecho mayor, porque «algunos jóvenes escritores se han reconocido en él y, de algún modo, lo han reivindicado y reinventado. Es casi un orgullo. Me daba miedo volver a releer El frío después de diecisiete años. Existía una razón biográfica y otra retórica que son la misma: estoy contenta de no reconocerme en la mujer que fui y, no obstante, el texto me sigue cortando como un cristal roto. Con la misma voz de bolero que abre la novela -"Tú lo sabes ya de sobra, pero yo voy a repetírtelo"-, con esa misma voz, digo que no me arrepiento de nada. Soy y no soy la misma persona -la misma escritora- que escribió ese texto movida por el despecho y por unas ganas de vengarse -o de purificarse- que acaban manifestando su vulnerabilidad en la vena gorda que se le pone a la voz. Porque en El frío la escritura es la constatación de que la primera víctima del odio es la que lo experimenta; de que las palabras por sí solas no nos salvan de nada; y de que el sufrimiento ni nos enseña ni nos curte». El frío es «la constatación de una enfermedad. O de dos: la de esa primera persona que se desgarra y se rompe la camisa; y la del contrapunto de un objetivismo aséptico, psiquiátrico, hospitalario, en tercera persona, que tiende a ver las cosas desde el techo y, en ese sentido, se aliena».

El frío habla de «cómo hay personas que insisten en hacerse daño a sí mismas metódicamente en el acto de amar porque creen que amar es eso: matarse. Dejar de ser uno mismo cuando más uno mismo se es. Esa enfermedad, ese dolor, ese sometimiento y esa furia desbocada y autodestructiva, esa ansia de poseer y de asfixiar, son para nosotros el amor en su acepción más perfecta: el enamoramiento como neurosis que no repara en que toda obsesión es el resultado del ejercicio de una voluntad sumisa a unas normas tácitas, invisibles, tantas veces escritas que es como si nunca las hubiera escrito nadie. Con El frío, descubro que la escritura es la acción de mirar desde otro sitio, de contradecir. Lo importante es atreverse a contar lo que el lector no espera que le digan. Incluso lo que no le apetece que le digan».

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