22 de octubre de 2012
22.10.2012
Arte

Los ovnis de Edgar comen de todo

Pintura que se atiene a sus propias leyes: las escenas que representa seducen por su irónico candor y su fantasía

22.10.2012 | 02:00
Obra de Edgar Plans en la Galería Cornión, en Gijón. | marcos león

En un inteligente y divertido librito-catálogo que Edgar ha editado con motivo de esta última muestra de sus pinturas, viene entre otros ilustres textos uno debido al descomunal ingenio de Miguel Mingotes, muy breve como es su medida, que dice así: «Los Ovnis comen de todo, son ovnívoros». Y resulta tan certero que no sólo me ha facilitado el título del presente comentario sino que es el mejor resumen de esta variopinta y sugestivamente disparatada exposición.

Se titula «Crónicas marcianas y otros asuntos domésticos» y es la profusa y anárquica narración de una invasión de alienígenas - cuerpo de ejército entre playmobiles, toys, gremlins y marcianitos de máquina- que aterriza en los jardines y ocupa viviendas, salones, habitaciones o piscinas del terrícola mundo moderno, en este caso pintado al modo de veraniega vida americana, bien emparentado con su vertiente pop o la de Hockney. Tanto que incluso mirando una de estas pinturas, la titulada "¿Jugamos?", en la que uno de los diminutos marcianos apunta con su lanza-rayos a un perro que le mira desde la cama, me sorprendí pasando lista a los objetos que aparecen en la habitación, haciendo recuento e interrogándome a la manera de aquella pregunta sobre qué es lo que hace a los modernos hogares tan diferentes, tan atractivos, que daba título al famoso collage fundacional de Richard Hamilton en la histórica exposición del op art «This is Tomorrow».

Pero no sólo vive del pop esta pintura ni mucho menos, lo hace muy principalmente de la muy personal e imaginativa creatividad de Edgar Plans, que ejerce sin complejos esa libertad formal de la que se ha llegado a decir que hoy en el arte joven cada artista es una tendencia. La de este pintor parte de lo que podríamos llamar una «infancia voluntaria" aderezada seguramente por la nostalgia de un lector fascinado o abducido por los relatos de ciencia ficción, para crear, un poco como terapia personal, un mundo que rezuma inocencia, y sentido del humor. Como Mompó, podría decir que parte de la pureza de las pinturas infantiles- ¿No dirían algo de eso Miró, Glotieb, Dubuffet?- para reproducir las cosas no como se ven sino como se piensan o se desean, en las perspectivas, el color, el tamaño y las proporciones de las cosas, la imagen desde distintos puntos de vista, la naturalidad frente al naturalismo. Una pintura en definitiva regocijantemente híbrida que puede alimentarse del pop, el naif, el cómic o los nuevos expresionismos, que es por lo que digo, y porque además en la estructura de algunas naves estelares se abren alarmantes dentaduras, que los ovnis de Edgar Plans comen de todo.

Pintura que se atiene a sus propias leyes y se mueve con entera libertad, con originalidad y capacidad de invención, estas escenas seducen por su irónico candor y su fantasía. Contemplamos un modo personal de entender la pintura para contarnos desde la más libre figuración historias en las que aparecen robots que sacan la lengua, osos de peluche, mickeymouses de grandes orejas, un alienígena emulando a Hamilton, revestido como piloto de fórmula 1, marcianitos con su cabeza de calavera que invaden los recintos privados de Eduardo Arroyo o Javier Victorero, que pintan cuadros en el jardín o celebran una cena secreta en un rincón, aparte de hacer la guerra. Sólo eché en falta la presencia de un ejército de enanitos de jardín siendo arrasados por las fuerzas invasoras, que hubiera sido una hermosa metáfora. Una exposición estimulante y atractiva esta de Edgar Plans.

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