¿Dónde piensas pasar la eternidad?
Las memorias de Eudora Welty, la narradora del sur de EE UU

La palabra heredada eudora welty Impedimenta, Madrid, 2012; 188 páginas
alfonso lópez alfonso
Este libro de memorias de Eudora Welty (1909-2001) es algo más que un libro, es también un sentido homenaje al traductor Miguel Martínez-Lage, fallecido repentinamente en 2011. Martínez-Lage tradujo la voluminosa novela Las batallas perdidas, de la misma Eudora Welty, pero para hacer el trabajo puso una condición: que se reeditara, con su propia traducción, La palabra heredada, recopilación de tres conferencias de 1983 publicadas como libro de memorias al año siguiente y vertidas por él al castellano en 1988 . El traductor no estaba satisfecho con el trabajo, realizado deprisa y corriendo, y quería sacarse la espina. No fue posible complacerle porque, como aclara la nota editorial, «la muerte le pilló de improviso y el trabajo quedó sin concluir», de modo que Impedimenta se encarga de remozar y reeditar el libro para cumplir el deseo del traductor.
La memoria es ese instante en el que bailan muy juntos lo pasado y lo presente, los vivos y los muertos, Eudora Welty lo sabía muy bien, y por eso recordaba lo que siendo niña había leído en un viejo libro: «Si hemos de ser grandes, aprendamos primero a ser buenos».
Eudora Welty, una de las patas más robustas en que se apoya la narrativa sureña de los Estados Unidos, nació y murió en Jackson, Mississippi. Allí aprendió a escuchar, a observar y a contar. De la tierra fértil del sur por la que se mueven los personajes de Mark Twain, William Faulkner, Harper Lee o Flannery O'Connor, supo empaparse para imprimirle a sus cuentos cierta pegajosa quietud, una desarrollada sensibilidad y esa inigualable precisión con la que están escritos. Su primer trabajo, como fotógrafa publicista para la agencia estatal de la Administración Laboral -una de las medidas de Roosevelt para combatir la Gran Depresión-, le permitió viajar por todo Mississippi y ver las condiciones en que vivía la gente. Pero además, Eudora había salido reiteradamente de casa durante la infancia para visitar a sus abuelos maternos en Virginia Occidental (»un montañés será siempre libre», le repetía su madre) y a los paternos en Ohio, y también para educarse en la Universidad de Wisconsin y en la Columbia de Nueva York; por eso no es de extrañar que muchos de los mejores pasajes de estas memorias tengan que ver con esos viajes, y muy especialmente con los viajes en tren: «El destino, cuando el tren está parado, se percibe solo como un sueño pretérito». El modo, tan anglosajón, en el que expone su árbol genealógico es tan atractivo como el tono entre contenido y evocador con el que rememora su partida de Jackson para irse a Nueva York:
«Tus amigos venían y se despedían de ti agitando las manos como si les estuvieras abandonando para siempre. La última visión de la ciudad era la de un viejo edificio de madera oscura, coronado por un letrero pintado a mano, iluminado por una lámpara de gas, que proclamaba: '¿Dónde piensas pasar la eternidad?'. Y cuando el tren te devolvía a casa, ese era también el letrero que te daba la bienvenida».
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