01 de abril de 2013
01.04.2013

La pintura se va a la ópera

Consideraciones sobre la posibilidad de disfrutar de un arte sin libreto

01.04.2013 | 00:00

En el Museo Barjola se expone una serie de pinturas que son el resultado de un proyecto consistente en la interpretación por parte de cinco artistas asturianos -«y sin alterar nada su forma de ver», se dice en el texto de su presentación- de otras tantas obras representadas en la temporada 2012-2013 en el teatro Campoamor de Oviedo. En concreto, Federico Granell pinta Werther; Consuelo Vallina, Lucia di Lammermoor; Carlos Sierra, Turandot; Helena Toraño, Agrippina, y Ricardo Mojardín, Don Carlo. Estas pinturas fueron objeto de exposiciones individuales en el propio teatro, coincidiendo con cada respectiva representación, y ahora pueden verse en conjunto en esta muestra colectiva comisariada por Luis Feas, asimismo coordinador de la iniciativa.


Hay que decir lo primero que el proyecto resulta interesante y atractivo, es culturalmente relevante y, por otra parte, se inscribe en una muy larga y sugestiva tradición artística en el curso de la cual se han estudiado y promovido a menudo las relaciones entre la pintura y la música. Aunque habrá que añadir que todo lo que el proyecto tiene de interesante lo tiene también de suma dificultad en su ejecución.


Para empezar, a la hora de afrontar un reto de esta naturaleza sí conviene al artista alterar «su forma de ver» contra lo que antes se dice. Y eso porque la obra de arte auténticamente creativa se resiste a cualquier tipo de lectura cerrada, al seguimiento o reinterpretación de hechos o modelos determinados de antemano, de cuyo distanciamiento nace precisamente el mayor encanto y la razón de ser de la pintura. En la pintura figurativa es más difícil de sortear este problema, cuando temas y figuras no nacen espontáneamente de sentimientos o emociones del artista sino condicionados por arquetipos prefijados que encuentran eco en la representación plástica. El paradigma semántico de la pintura, lo que determina una comunicación sensible de las emociones, aspira a ser en casos como el que nos ocupa enteramente alegórico, más allá de la ilustración y la cita, y a nacer únicamente de lo que la música inspira o los sentimientos que en lo profundo del drama representado subyacen, ingredientes con los cuales crea el artista una obra específicamente pictórica, medular, conmovedora para quien sea capaz de reconocerla y sentirla.


Claro que este planteamiento es seguramente demasiado ambicioso, porque exige, además del natural talento, un adecuado presupuesto económico capaz de permitir a cada artista dedicarse en plenitud al proyecto, viviendo un tiempo sólo para él. Quizá creando una única obra de gran tamaño, completada con dibujos y bocetos para la exposición, mejor que una serie de cuadritos como ilustraciones, lo cual seguramente resultaría más «operístico», si se me permite la expresión, en el sentido de grandilocuente, despojado obviamente el término del sentido peyorativo que en alguna acepción tiene. Merecería la pena intentarlo, sin miedo a perder la cabeza en el intento como sucede si se pretendiera resolver los enigmas de la Princesa Turandot, en la ópera «interpretada» por Carlos Sierra que me pareció la pintura más operística de la exposición, aunque también pensé que lo sería una de las grandes manchas rojas y negras de Bernardo Sanjurjo, muy válidas para varias de estas óperas y sin haber leído los libretos. A menudo, el arte habla por sí mismo.

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