10 de junio de 2013
10.06.2013
Arte

Cristóbal Toral y su intensa figuración

El artista, uno de los grandes pintores de su generación, ofrece en Van Dyck un repaso a una obra que abraza por igual tradición y modernidad

11.06.2013 | 02:21

Lleva razón Cristóbal Toral cuando afirma que se considera a sí mismo más como un pintor figurativo que como un artista realista, en el sentido que dan los diccionarios a este último vocablo. Ese matiz es importante, aunque el pintor andaluz (Torre-Alhaquime, 1940), con obra en algunos de los mejores museos y colecciones del mundo, esté considerado como uno de los grandes representantes «realistas» de su generación, la misma a la que pertenece Antonio López, sólo cuatro años mayor. Y es que, heredero de una fértil y prolongada tradición en la que caben desde Velázquez hasta Hopper, por dar sólo dos nombres, este personalísimo creador nos entrega en su mejor pintura fragmentos trascendidos de la realidad, una metafísica.

Vargas Llosa, prologuista de «La vida en una maleta» (Planeta), autobiografía en la que Toral cuenta su vida de niño pobre que llega a la cordada de la consagración a fuerza de tesón y talento, lo ha escrito con prosa exacta. Afirma que ese «realismo» del pintor «no es otra cosa que un vehículo para que un creador de nuestro tiempo que domina como pocos sus medios expresivos, vuelque en imágenes de un rico simbolismo y de exquisita factura una intimidad sobresaltada por perturbadoras figuras en las que descubrimos las caras de nuestros propios demonios». Dicho de otra manera, Toral acierta a levantar con un muy depurado repertorio técnico, que avanza desde la tradición, una serie de imágenes únicas en las que reconocemos nuestra propia inquietud vital, plasmada en una original simbología que dialoga con el arte clásico y el lado transitivo de algunas vanguardias. Es una obra en la que se transparentan los signos acuciantes de la modernidad y las milenarias preocupaciones que heredamos de los presocráticos: la soledad, el desarraigo, los días como precaria estación de paso.

La galería Van Dyck-Propuestas, que regenta en Gijón Aurora Vigil-Escalera, ofrece desde hace días la extraordinaria oportunidad de contemplar una amplia exposición (óleos y acuarelas, pero también escultura) de Toral. Incluye óleos que van desde principios de los años ochenta (una de las mejores épocas, a mi juicio, de este pintor de extraña narrativa y composiciones en las que sabe dejar gravitando -nunca mejor dicho- algún enigma), hasta acuarelas recientes, como la serie de «estudios-homenaje» a otros artistas (Picasso o Miró) o «Díptico con homenaje». Una pieza en la que vuelve a uno de sus temas obsesivos, la maleta y la valija como símbolos del viaje de la vida.

Toral incorpora a buena parte de su obra (esas mujeres soliltarias en habitaciones o estancias de paso) una intensa poética de los volúmenes y la luz. Pintor de raras atmósferas, comparte con algunos de los grandes artistas ese magisterio en la resolución de composiciones de gran complejidad y sutileza, pese a la aparente sencillez de los elementos figurativos del cuadro. Todos los buenos aficionados a la pintura no deberían perder la posibilidad de ver esta muestra de uno de los mejores pintores españoles del último medio siglo. Hay varios cuadros memorables.

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