Pocas cosas tan mudables como el sentido de los símbolos. Si el tren representó durante el siglo XIX una de las más bellas manifestaciones del desarrollo, del progreso e incluso de la felicidad, el imaginario del pasado siglo le adscribió una serie de connotaciones negativas difíciles de ignorar. Cualquier adulto culto, cuestionado por las asociaciones que el tren le sugiere, antes o después responderá con una palabra, un lugar o un concepto que vincule a este maravilloso invento con un medio de transporte destinado a conducir hombres y mujeres hacia el matadero.

Así, surgido como el más mitológico de los logros del ingenio humano, el del fuego rodante, el de una fuerza inmensa en movimiento, emblema del Prometeo moderno y sus conquistas cinéticas, en cierto recodo de la historia reciente el tren extravió su paso para hollar un camino inesperado: el de la masacre institucionalizada. La máquina libertadora que rompía el cielo con su estruendo devorando paisajes y llevando la civilización a todas partes devino durante el tiempo de nuestros abuelos en una jaula feroz e incómoda. Entre el tren de los hermanos Lumière y los trenes de Shoah de Lanzmann media un abismo hediondo.

Este tren leviatán, que simboliza la cámara sellada de toda esperanza de cordura, es del que se sirve Yuri Buida para redactar una extraordinaria parábola: El tren cero. Aunque su novela posee un cronomapa (la vida de un grupo de gentes reunidas en algún instante de la larga noche estalinista) e incluso un motivo para que estas gentes estén allí y no en otra parte ("Cien vagones de puertas tapadas y precintadas, dos locomotoras delante y dos detrás, ¡chu, chu, u, u, u! Cien vagones. Destino desconocido. Procedencia oculta. Punto en boca. Vosotros a lo vuestro: que los carriles estén en perfecto estado"), lo cierto es que la pregunta que arroja su sombra sobre la narración (qué o a quién transporta ese tren que con obstinación matemática pasa siempre a la misma hora) nunca es contestada de forma diáfana. La solución del enigma, como quería Borges, no está a la altura del enigma planteado, así que es mejor suspender dicha búsqueda.

Ningún país es literariamente tan fértil como el de la incertidumbre. El miedo, como en las mejores películas del género, no surge de lo mostrado, sino de lo sugerido. Porque el miedo no es sólo una instancia física, sino también psicológica, y lo que hace insoportable una espera no es el tiempo que en ella se invierte, sino la falta de razones que la amparan. Hay algo godotiano en El tren cero, una vigilia de la sensibilidad, una cuarentena de la inteligencia que convierte en trágica la peripecia de las gentes que viven en torno a la máquina que no descansa. Porque el tren pasa, pero para que ello suceda las vidas de quienes transcurren en los márgenes de su carrera van feneciendo, devoradas por la locura, la pena, el sinsentido. De esa paradoja extrae buena parte de su fuerza este libro inolvidable.