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La Ilustración que irradió desde Asturias

Cura el escolasticismo con razón matemática

Se dedicó, sí, a desengañar al vulgo a través de sus discursos y cartas, donde las supersticiones eran refutadas y los milagros limitados al mínimo, para más que hablar de teología y de dogma -aunque también razonó sobre el pecado, el fuego del infierno, los íncubos...- poner el énfasis en la razón matemática y en la nueva física y astronomía, e incorporar la moderna filosofía, con un fin práctico: para que todo ese conjunto de saberes se aplicara bien a los intereses de la vida común, como se ve en las causas del atraso que sufre España o en los temas médicos que aborda...

Feijoo no es importante, por tanto, solo por curarnos de metafísica o de escolasticismo trasnochado -al detestar los vanos andamiajes de una lógica aristotélica mal utilizada, alejada de la moderna metodología científica-, sino porque llevó a cabo de manera ejemplar la tarea de recorrer las nuevas relaciones en la que los nuevos saberes estaban entrando desde hacía más de un siglo. Y sin haberlo programado de ese modo, lo hizo poniendo al día la teoría de Platón sobre los estratos del conocimiento. Mostró qué cosas forman parte en el siglo XVIII de la "imaginación" a desechar (su "Idearia", la "eikasía" de Platón), cómo era preciso ascender sobre las creencias aviesas hacia las rectas a través de la fidelidad a la experiencia, su "Solidina" (la "pistis" de Platón), cómo, después, el norte a seguir venía marcado por las ciencias -en el sentido de F. Bacon y de Newton, sobre todo- y cómo, más allá, el dato científico ("dianoia" de Platón) y la experiencia debía proyectarse como recto juicio de la razón (la "Dialéctica" platónica), para encontrar muy pocas verdades y quedar forzado a admitir el mar de dudas donde transcurre nuestra existencia. Y por ello destacará por su enemistad con los dogmáticos -salvo en las verdades de teología: he ahí el límite cultural de sus presupuestos-, pero fuera de los estrictos dogmas de fe, fue partidario de "Charistio" y no de "Teopompa", esta preocupada por la pureza católica, aquel abierto a todo sabio, incluso hereje.

¿Era el catedrático ovetense un ecléctico? Sí, en cuanto no era "lector de un solo libro" sino que tomaba sus materiales de muchas partes -Royal Society, Académie des Sciences, Mémoires de Trévoux...-, aunque no sin discriminar con personal criterio entre los autores que estimaba: el Aristóteles de la Ética y la Estética, el Descartes matemático y físico, Locke en general, Bacon sobre todo...

¿Era el Padre Maestro un escéptico? Sí, en la medida en que la razón y el sentido común quedaban suspendidos e irresolutos, incapacitados de ver salidas únicas, pero no, en cuanto su flexibilidad filosófica buscaba no enredarse en las trampas de los "imaginacionistas" o en las de los compulsivos repetidores de fórmulas mal aprendidas.

Para quienes se adhieran a la sentencia ecléctica de "Probad todas la cosas, retened lo que es bueno", la edición crítica de las Cartas eruditas recientemente publicadas es uno de esos libros que en caso de incendio en una biblioteca habría que seleccionar cuidadosamente de la quema.

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