CRÍTICAS
Relato gótico nacido de la faz oculta de Alcott
Eugenio Fuentes
La imagen que el gran público tiene de Alcott se desprende de un libro de espantoso título que muchos no han leído ni leerán: Mujercitas. Con esa y otras novelas domésticas, Alcott se volvió puntal de la ficción realista estadounidense, género cojitranco que hoy sólo interesa a los especialistas. Pero, más allá, Alcott -que se educó rodeada de aquellos trascendentalistas que con Emerson a la cabeza y Whitman y Thoreau entre sus compañeros de viaje buscaban la unidad con Dios en el agro- era una luchadora abolicionista y sufragista. Tenía incluso una faz secreta que pocos conocen, ya que la construyó amparada en pseudónimos: la escritura de narraciones góticas por las que, en lugar de espectros encadenados, transitan enfermos mentales y drogadictos. Así es la protagonista de Un susurro en la oscuridad: una mujer, encerrada bajo siete llaves por un médico, cuyas andanzas destilan un terror creciente en cada página
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