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Poética de la oscuridad luminosa

Fernando Menéndez regresa al siglo V antes de Cristo para reencontrarse con el hombre y con sus sueños y sus sombras

Fernando Menéndez.

Fernando Menéndez.

"El sueño de una sombra: eso es el hombre" (Píndaro, Píticas). Con estas palabras se cierra Los sueños de las sombras, escrito por una de las voces mejor timbradas del aforismo español contemporáneo: Fernando Menéndez (Mieres, 1953).

La vida que anhelamos, los sueños, son sombras, son destinos oscuros y fugaces. Creo que puede ser este uno de los mensajes centrales con el que Fernando Menéndez regresa a nosotros, tras su viaje al siglo V a. C., después de su encuentro con Esquilo, Sófocles, Eurípides y Píndaro. Sin embargo, esta tesis urdida en el nihilismo no es sino el hueco que ha de quedar para que "pueda permanecer la belleza y nos salve del no", porque "Solemos olvidar la luz de la noche". Nuevamente, como en su andadura anterior (Artificios, Hilos sueltos, Salpicaduras...), el poeta nos lleva hacia el abismo para resaltar a la vez la caída irremisible y la grandeza de quien está abocado a ese dolor y a esa oscuridad.

La obra está compuesta a través de un ciclo vital, que desde el Otoño (encarnado en Esquilo), el Invierno (Sófocles) y la Primavera (Eurípides) llega al Verano (Píndaro), en una fusión de las cualidades de la naturaleza con las esencias humanas, que se constituye en una de las claves poéticas de este discurrir entre luces de la noche. Los tres grandes trágicos y el lírico griego van dictándole al oído a Fernando Menéndez sus enseñanzas sobre el Destino y la inmensa distancia inaccesible que hay entre los dioses y los hombres, donde cobran relieve Zeus y Prometeo, sobre la condición metafísica común de la humanidad, con Edipo y Antígona, sobre la libertad de los mortales, con Ifigenia y Orestes, y sobre la instrucción de "Aprender a ser quien eres, para serlo", a la cálida voz de Píndaro.

Una vez que nos adentramos en cualquiera de estas cuatro estaciones de los ciclos vitales, nos encontramos con sus días y con sus noches, con la luz racional y con la oscuridad de su poética. Muchos aforismos vienen del día, y entonces resuenan sobre todo las denuncias contra los poderosos y contra las imposturas, pero otros muchos proceden de la noche, donde se teje una dialéctica más sutil y más escurridiza e innombrable. Es ahí, en la fugacidad de las penumbras, donde el decir poético ha de venir a socorrer al pensar racional, que es ciego en la oscuridad. Toca entonces "dejar de pensar para sumergirse en la virtud remota".

Me atrevería a interpretar Los sueños de las sombras al trasluz de este criterio: si la ciencia y la filosofía intentan conocer con miradas claras y distintas, el sentir estético siendo distinto es ya siempre oscuro. Por eso, el arte busca una nueva claridad (claridad poética que ya no es la racional) que sobrevive ahora en lo confuso (inexplorado) de un territorio incógnito. Y esto es, ni más ni menos, lo que consigue trenzar Fernando Menéndez, claras y filosóficas sentencias en urdimbre con otros aforismos que relampaguean y sugieren claridades pero siempre hundidos en lo confuso del absurdo, del deseo y del misterio ("Nada más misterioso que el hombre").

El juego de claroscuros y la dialéctica poética de atreverse a ir de lo distinto a lo confuso, se consigue también materializar gracias a haber sido capaz de aquilatar bien cuatro modos de decir complementarios y diferentes, que al resonar en conjunto consiguen la densidad y la fuerza expresiva necesaria. No nos referimos tan solo a las cuatro voces que acompañan a las cuatro estaciones (Esquilo, Sófocles, Eurípides y Píndaro) sino a que en cada caso se marcan cuatro niveles poéticos que leídos paso a paso acabarán resonando juntos: primero, unos versos refulgentes, como un chorro de agua clara, nos traen la semblanza, en cada caso, de Esquilo o Sófocles o Eurípides o Píndaro. Tras esta aclimatación, en segundo lugar, toma la voz el poeta clásico brevemente para marcar como un oráculo el camino a seguir (por ejemplo: "Excepto Zeus, nadie en el mundo es libre", (Esquilo, Prometeo encadenado). O: "Ley es esta que rige lo presente, lo futuro y lo pasado: nada que sea grande entra en la vida de los hombres sin alguna desdicha", (Sófocles, Antígona). Entonces a continuación un Coro procede a cantar un conjunto de aforismos, en donde prevalece la queja o la denuncia o la aceptación del trágico o fugaz destino. Y finalmente, Fernando hace surgir con fuerza, sacándolo de la profundidad de los tiempos, lo que él llama Fragmentos (de Gela, de Colona, de Pela y de Tebas), y se produce aquí una fabulosa fusión entre los caracteres de la Naturaleza y de la humana condición, de forma que el sinsentido del existir del hombre queda trascendido cuando se trenza como una parte de los ritmos de la belleza natural, a veces porque la naturaleza envuelve al hombre acogiéndole, otras porque el poeta colorea sus sentimientos con los árboles, las nubes o el horizonte...: "En una ladera de castaños, anidan líricas intimidades de silencios no comprendidos", "Oyes los grillos, recuerdas tu infancia y sientes la extrañeza de ser hombre", "Cuando la luz cae y las sombras se estiran, más tiempo se esconde en tu corazón".

Un libro de cien páginas, de dispersas perspectivas y de inagotables lecturas distintas, tal es su densidad poética y su enigmática construcción, va precedido de un prólogo de Carlos Vara, esclarecedor y penetrante, y arropado en el dibujo de cubierta de Marina Lob-o, que nos introduce con sugestión a dos ambientes que están vivos, allá los clásicos y su lúcido teatro y en primer plano el poeta actual que parece salirse del libro, a pesar de estar protegido por la acogedora sombra de un árbol y reconcentrado en sus afectos.

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