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Filosofía

Atreverse a filosofar a los veinte años

Unamuno construyó una digna teoría del conocimiento en su etapa de estudiante

Atreverse a filosofar a los veinte años

Atreverse a filosofar a los veinte años

Ser joven primerizo y pretender ser ya filósofo suele resultar, más que un riesgo, una osadía. Pero no vemos arrogancia en el Unamuno (1864-1936) que se atrevió a construir una teoría del conocimiento en sus tiempos de estudiante, con veintidós años. Observamos, más bien, primero, un conocimiento suficientemente serio y contrastado con la filosofía de su tiempo -Hegel, Schopenhauer y Spencer eran los grandes referentes en ese momento-, segundo, un bagaje histórico que se remite tanto al pensamiento griego como al escolástico y al cartesiano, y, en tercer lugar, un estudio de las últimas aportaciones científicas del momento, singularmente en el campo de la naciente psicología (Wünd, Herbart, E. von Hartmann). A pesar de que Filosofía lógica tan solo cuajó como un esbozo, constatamos en este opúsculo de cuarenta y seis páginas una solvencia filosófica infrecuente.

El libro tiene interés por dos razones. Por la delicia que es ver elevarse un pensamiento consistente que despega por primera vez. Y por el estudio introductorio de sus dos editores, que sirve de buena aproximación al pensamiento del filósofo bilbaíno.

¿Cómo empezaba a trenzarse la mente de quien acabará convirtiéndose en el prototipo de un existencialismo paradójico, tan sentimentalmente desgarrado como severo racionalista, ese, que reconocemos atento a la razón de Don Quijote pero también a la de Sancho; ese, escindido entre la razón y el corazón -con ecos que nos recuerdan a Pascal- por los vericuetos del sentimiento trágico de la vida; o, ese, que novela personajes, en San Manuel Bueno, mártir o en Niebla, atravesados de dilemas paradójicos: el santo ateo, la existencia de ficción que quiere ser real?? El joven Unamuno ya anunciaba, lo vemos en esta Filosofía lógica, su aversión a caer en simplificaciones y su afán por reconciliar los opuestos. No está orgulloso de la filosofía krausista que se ha puesto de moda en España ("Da pena leer los tratadillos de nuestros krausistas"), no le satisface tampoco la escolástica oficial, aprendida en fray Zeferino y el padre Balmes -Filosofía Fundamental, "esa obra tan endeble entre las endebles obras balmesianas" (sentenciará en sus Recuerdos)-; se sabe influido tanto por Hegel como por el positivismo decimonónico, pero en ambas corrientes antagónicas percibe deficiencias importantes. Entre estas tensiones, llega a madurar, en el ardor juvenil, una serie de convicciones y principios suficientemente delineados como para entablar una precoz batalla filosófica.

Son dos los argumentos principales que pergeña en esta obra de juventud: no le gustan las soluciones metafísicas tradicionales pero tampoco los afanes reduccionistas de sus oponentes. Acepta buena parte de los postulados positivistas y empiristas, sin embargo, defiende, contra estos, la necesidad de abordar una metafísica de la conciencia.

Le vemos polemizar con Descartes (1596-1650), a quien le achaca la construcción de una conciencia abstraída del mundo, conciencia puramente metafísica, como si eso fuera posible. Disputa con Hegel, porque el Ser del que habla confunde el plano de la idea con el de los hechos: confusión metafísica. En un sentido similar, había reprochado a los escolásticos, páginas atrás, la noción de "ente" que mantienen. La escolástica hace del ente algo abstracto, una sustancia, en lugar de algo concreto. Se trata siempre de la misma deriva metafísica, que consiste en alejarse de los hechos concretos.

En 1886, veinteañero, cuando ya ha perdido la fe en la que le educaron -era difícil mantenerla, siendo un lector tan voraz- y cuando pretende prepararse para oposiciones (lo intenta con el latín, luego con la psicología, la lógica y la ética, pero será la cátedra de griego en Salamanca la que consiga obtener después de insistir durante siete años), se perfilan, en esta libreta manuscrita (Filosofía lógica), unas pocas evidencias consistentemente trabadas entre sí. La evidencia fundamental es el "hecho". Antes que cualquier idea o representación, están los hechos, concretos y plurales. El "hecho" es la verdadera existencia, lo percibido espontáneo: verdad por evidente. A partir de aquí, distingue entre existir y ser. Los hechos existen, las ideas son. Lo que existe tiene ser en el espacio y en el tiempo. Pero las ideas no están ni en el espacio ni en el tiempo, son de otro modo distinto al existir. Se trata de la oposición entre lo real y lo ideal. Muchas filosofías tienden a confundir estos dos planos y de ahí los idealismos; pero si el idealismo (metafísico) es un error, también lo es el grosero realismo.

El estudiante, que llegará a ser un miembro destacado de la Generación del 98, recuerda muy de cerca a Hume -en su filosofía y también por la precocidad-, pero sin la recaída en el escepticismo y sin el abandono de la ontología (metafísica). También, por muchos detalles, su pensamiento trae ecos de cierta filosofía del "sentido común", reconocible en el pensamiento español: Vives, Feijoo, Jovellanos, Balmes? "Me propongo dar una explicación lógica de las nociones metafísicas, resolver el valor positivo de las nociones suprasensibles? Fijar los límites entre lo real y lo ideal". Escribe con precisa claridad y avanza de manera ordenada y sistemática. He aquí al joven Unamuno.

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