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Filosofía

Emilio Lledó, en la bajada a la caverna

El filósofo y filólogo ha ido madurando una obra de reconocimiento internacional y los laureles a su labor se multiplican desde 1990

Emilio Lledó, en la bajada a la caverna

Emilio Lledó, en la bajada a la caverna

El mayor premio, seguramente así lo pensará Emilio Lledó (1927), es que la gente le considere un sabio, aunque con humildad socrática rechace tal apelativo, porque cuanto más uno sabe tanto más comprende la limitaciones del saber y las impotencias del hacer.

¿En qué se distingue un sabio?

Platón muestra en La República cómo uno de los encadenados (a las imágenes) ha logrado convertirse en filósofo, después de quince duros años de estudios científicos y dialécticos. Y cuando se halla fuera de la caverna, disfrutando ya de la "visión" que da la luz del sol, plantea el siguiente interrogante: ¿ha de volver a la caverna, para hacer que otros salgan? o ¿el conocimiento que salva a un individuo ha de desearse para la ciudad entera? Tras una intensa discusión en la que se ponderan los distintos intereses, Céfalo, el más anciano de los contertulios, responde así: "Si mi hijo, Polemarco, yaciera allá abajo yo iría a salvarle. Así pues, un filósofo que ama a todos los hombres bajaría sin duda a liberarlos antes de vivir infeliz en una sabia soledad sin sentido". Se impone, de este modo, el argumento más potente de todos, este que da la solución más plena al dilema: hay que bajar a la caverna.

Un sabio sería, entonces, aquel que redondea completamente el viaje del conocimiento: el que sabe y el que ama. Cuando quien sabe, lo que reconoce en definitiva es su intrínseca unión con todas las demás personas y que es precisa una acción conjunta para despegarse de la barbarie, y cuando está en disposición de señalar las rutas de salida de la caverna, entonces posee el saber de la sabiduría. Y pocos como Lledó para ejemplificar esto.

Estos días celebramos ya su 89 cumpleaños, el cinco de noviembre. Con tantos méritos reunidos a esa edad y con decenas de importantes premios, podría muy bien vivir tan agradablemente en su casa, concediendo de vez en cuando alguna cómoda entrevista, pero ¡no!, viene gustoso a la caverna, al lugar donde se deambula entre engaños, ¡la cruda realidad! Y ante el estar acostumbrados a la corrupción o el aceptar las falsedades calculadas de muchos medios informativos o el asumir que podemos vivir inhumanamente con lo que hacemos en el Mediterráneo? y aparentar seguir siendo buenas personas? Lledó dirá: "Cualquier postura insolidaria es un atentado contra el hombre" o "La riqueza de un pueblo no es solo la del suelo, sino sobre todo la del cerebro" o "Todo hombre, para que efectivamente lo sea, tiene que superar el nivel de la fraseología y henchirse efectivamente de sinceridad".

Baja a la caverna y viene a reunirse con el Foro Jovellanos -¡con qué afecto hablaba de Jovellanos y cómo se reconocía en él!-, con los escritores noveles en Gijón en su III Congreso, con los estudiantes de la Facultad de Filosofía y con los jóvenes bachilleres del instituto Aramo de Oviedo: "Al despedirme, me saludaban -dice-, me cogían, me tocaban, me hacían sentir feliz. Y no era por vanidad, pues eso ¡a mi edad! Era feliz porque me transmitían entusiasmo, porque veía en ellos espíritu por comprender y porque me hacían sentir que aún hay esperanza, en medio de tanta irracionalidad y tanta aberración?" Y se adivinaba su pensamiento en elipsis y a qué se estaba refiriendo, pues el sabio ha hecho del conocimiento no algo solo mental sino también corpóreo, y transpira lo que sabe, en la selección de las palabras, en los énfasis y en la música con que acompaña su decir, consciente de que esos temas difíciles que se quieren abordar no tienen fácil explicación ni menos fácil solución. La música de sus palabras le sale de la densidad del saber histórico en el que está ya embebido.

En la Casa Natal de Jovellanos, en el homenaje que se le hizo, algunos pudimos plantearle alguna cuestión. Eran preguntas, ¡claro!, aprovechando?, muy ambiciosas: que cómo veía los ciclos políticos en los que andábamos, enredados en estas batallas entre nacionalismos?, que qué había de un proyecto civilizatorio y de la pugna entra las culturas (el Islam fundamentalista y Occidente laico)?, que quizá como especie aún no teníamos un cerebro suficientemente maduro. Y ante el tamaño de las preguntas, ¡qué respuestas eran esperables?

Y por eso reaccionaba dando un rodeo por su biografía, por sus experiencias vitales más intensas, por los aprendizajes que se le han adherido a la piel, y decía que había nacido en Sevilla, vivido en Madrid, Valladolid, Canarias, Barcelona, Heidelberg, Berlín? y que no podía sentirse "nacionalista" pero que amaba esta lengua en la que hablaba y este país y a su gente. Y continuaba respondiendo, sin aparentemente afrontar la cuestión de frente, que cuando llegó de joven estudiante a Heidelberg con cincuenta y cinco kilos de peso -pues se pasaba hambre en España en la postguerra- y vio cómo funcionaba aquella universidad alemana, supo de qué adolecía la universidad española, y de qué sigue adoleciendo, porque la educación ha de ser libre y liberadora, alejada de cualquier forma de fanatismo, y fundamentalmente pública.

Y oyéndole se aprende, pero no porque te dé las soluciones, sino porque comprendes mejor que las soluciones son tarea de todos, y lo importante de elegir bien los medios ("¡Qué temible es un ignorante con poder!"), y que a las instituciones no solo les compete la libertad y la igualdad, también la solidaridad. Y que el conocimiento y la ética pueden unirse cuando hay también esperanza?

Y porque estos encuentros no dejan sino destellos de luz, siempre queda seguir leyendo: casi toda su obra es asequible para un lector interesado. Recomiendo, por ejemplo, Imágenes y palabras (Taurus, 1998) y Palabra y humanidad (KRK, 2015), ambos con artículos gráciles y vigorosos.

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