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Buenas noches, tristeza

Un debut en la vida es la primera y una de las mejores novelas de Anita Brookner, gran observadora de la condición humana

Buenas noches, tristeza

Buenas noches, tristeza

"A sus cuarenta años, la doctora Weiss comprendió que la literatura le había destrozado la vida". ¿Quién se resistiría a continuar leyendo una novela que empieza así? La primera novela de Anita Brookner (Londres 1928-2016) cuenta la historia de una solterona solitaria decepcionada por su gris existencia. Marcó en 1981 el comienzo de una brillante carrera literaria que su autora continuó tres años después con el premio Booker por su cuarto título, Hotel du Lac. El éxito, sin embargo, no libró a Brookner de encarnarse en algunos de sus personajes. "Siento que podría entrar en el Libro Guinness de los Récords como la mujer más solitaria y miserable del mundo", llegó a decir.

Brookner escribió veinticinco novelas, y ocho ensayos sobre arte. Dos de ellos dedicados a Jacques-Louis David, junto con Watteau su pintor preferido y el romántico francés autor de Juramento de los Horacios, su obra más querida. Julian Barnes, amigo de Brookner, contó con motivo de su desaparición que si no estuviéramos llorando a la escritora que ganó el Booker tendríamos que recordar a una de las críticas de arte más deslumbrantes y perspicaces de los últimos tiempos. Son palabras que figuran en el prólogo de Un debut en la vida, la ópera prima a la que me refería que acaba de publicar Libros del Asteroide. Hasta 1999, Brookner se empeñó en escribir una novela al año, y cada junio, coincidiendo con su salida, el hecho se convertía en el acontecimiento literario londinense. La crítica permanecía, así todo, dividida. Nadie dudaba de su capacidad para escribir bien pero se la acusaba de vender su propia y triste historia de solterona una y otra vez, algo que ella siempre negó, salvo cuando se lamentaba.

Nació en 1928 en Herne Hill. Sus padres eran judíos polacos; tuvo una buena educación y enseñó historia del arte tanto en Reading como en Courtauld. Más tarde se convertiría en la primera mujer profesora de Slade, en Cambridge. Durante la mayor parte de su vida vivió sola en un bloque de mansiones de ladrillo rojo en Kensington, en medio de ese olor a alfombras viejas y col hervida tan evocador en sus novelas. Nunca se casó ni tuvo hijos, aunque una vez se atrevió a confesar que le hubiera gustado ser madre de media docena. Protegía su privacidad con un escudo a prueba de misiles, pero en ocasiones se le soltaba la lengua. Adoraba Francia y jamás se sintió inglesa, sobre todo cuando tenía que defenderse de quienes la consideraban una persona grave y depresiva. "Claro -solía decir- los ingleses son impertinentes, complacientes e inefables, pero nunca serios. Es insoportable".

Anita Brookner fue una maravillosa dueña de su tristeza y también de una estupenda prosa. Sus novelas tienen un claro matiz autobiográfico, negarlo carecería de sentido. Se puede comprobar de igual manera en Un debut en la vida y en Hotel du Lac, consideradas las dos cumbres de su producción. Pero, al contrario de lo que mantuvieron algunos de sus detractores, esas novelas no siempre transitan los mismos territorios de las vidas desilusionadas de solteronas tristes que toman el té en casas mal iluminadas. Sería una conclusión demasiado simple. Sus protagonistas suelen ser mujeres desconcertantemente inteligentes con un comportamiento autocontrolado que enmascara poderosos anhelos románticos. Es el caso, por ejemplo de la novela que nos ocupa, donde la doctora Weiss intenta observarse a sí misma a través de los personajes de Balzac -el título, Un début dans la vie, proviene precisamente de una novela del prolífico autor de La comedia humana-. Ruth Weiss, al igual que Anita Brookner en los primeros años de su vida, es una joven académica que busca la felicidad en París antes de regresar a Londres.

Las protagonistas de las novelas de Brookner viven intrigadas y, a la vez, repelidas por el tipo de mujeres que logran realizarse de manera convencional y se levantan altares a sí mismas siendo, a la vez, tramposas en la búsqueda de lo que se proponen. La honradez sobre su propio sexo la lleva mucho más allá de cualquier planteamiento reduccionista. A su manera, Brookner siempre fue una transgresora de la ortodoxia. El feminismo más pedestre no entendería su sensibilidad, pero sí, en cambio, la gran literatura.

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