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El solitario del desierto

La temporada en los cañones de Edward Abbey

El solitario del desierto

El solitario del desierto

Al comenzar a leer este magnífico libro, es inevitable el evocar todo el imaginario que poseemos de las películas del oeste; la majestuosidad de los paisajes semidesérticos y el desierto, pues la narración se desarrolla en el Gran Cañón del Colorado, en la esquina donde confluyen los estados de Wyoming, Utah y Colorado, donde el autor trabaja como guarda del servicio nacional de parques en el Monumento Nacional de los Arcos.

Lo que nos narra E. Abbey con una prosa irónica y amarga, es su trabajo y su día a día, deteniéndose a contemplar la luz del desierto, los magníficos atardeceres y las variaciones de intensidad de la luz, así como la vegetación, con un conocimiento de las plantas bastante sorprendente y con todos los sentidos plenamente abiertos. Describe la vida que impone el desierto donde según sus propias palabras: "El tiempo pasaba con una lentitud extrema, como debería pasar el tiempo, con los días estirándose, largos, espaciosos y libres como los veranos de la infancia."

Si hay un color que baña suavemente el libro y lo dota de profundidad, es el misticismo que lo va salpicando aquí y allá como las gotas de una tormenta golpean al polvo: "sueño con un misticismo duro y brutal en el que el yo desnudo se funda con un mundo no humano y sobreviva, sin embargo, de algún modo intacto, individual, indiferenciado. Paradoja y lecho de roca".

De todas las excursiones que realiza a través de este vasto territorio, hay un capítulo dedicado a Havasu, una región de los indios havasupai, donde experimenta un mayor aislamiento y al que llama el Edén, de cataratas y huertos de cactus donde se dedica a no hacer absolutamente nada, solo contemplar y pasear. Es donde la narración gira hacia la búsqueda: "?Viví horas narcóticas en las que como el taoísta Chuang-Tse me preocupé por las mariposas y por quién estaba soñando qué. Me deslicé por grados de lo lunático, yo y la luna, y perdí hasta cierto punto, la capacidad de distinguir entre lo que era yo mismo y lo que no: mirando mi mano, veía una hoja temblando en una rama. Una hoja verde."

Ninguna parte del texto carece de interés, pero donde gana intensidad el texto es en la narración de cómo puede ser el calor del mediodía. "La hora del mediodía aquí es como una droga. La luz es psicodélica, el seco aire eléctrico narcótico. Para mi el desierto es estimulante, excitante, exigente. Cada piedra, cada planta, cada gramo de arena existe en sí mismo y para sí mismo con una claridad que ninguna sugerencia de un reino diferente oscurece. Solo la luz del sol mantiene las cosas juntas. La del mediodía, es la hora crucial: el desierto se revela desnudo y cruelmente sin más significado que su propia existencia."

Un libro que posee la misma textura que la película de Sam Peckinpah La balada de Cable Hogue (1970), probablemente su obra maestra. Una vida tan marcadamente agreste y tan a la altura del desierto que tanto amaba, que a la hora de morir pidió ser metido tan solo en un saco de dormir y enterrado al pie de un enebro ( del que tanto le gustaba el olor que desprendía cuando lo quemaba en las hogueras ) al que su cuerpo serviría de alimento. Fue su última transgresión humana. Así pues, todas las mañanas, el sol y el enebro se saludaran a través del negro vacío de ciento cincuenta millones de kilómetros.

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