Bloc de notas
Resaca de vodka en el cementerio siberiano
Jacek Hugo-Bader viaja al confín de Rusia en Diarios de Kolimá para traer de vuelta a los fantasmas del gulag

Resaca de vodka en el cementerio siberiano
Luis M. Alonso
Kolimá es la tierra inclemente del gulag. Situada al noreste, en el extremo oriental de Rusia, las regiones de este inframundo siberiano de difícil acceso y estremecedor recuerdo quedaron conectadas en los años treinta por una autopista conocida por la Vía de los Huesos. Los restos óseos de los miles de esclavos que la construyeron por orden de Stalin y murieron en el intento acabaron siendo utilizados como material poroso en la mezcla con que se pavimentó.
Varlam Shalamov y Aleksandr Solzhenitsyn, víctimas y testigos de la represión soviética, fueron los primeros en contar una realidad desconocida de la gran tragedia de la humanidad de todos los tiempos. Por esa razón, a cualquier relato de Kolimá surgido después le queda únicamente el mérito literario de excavar el pasado en el presente para confirmar que los fantasmas no se han ido y aún forman parte del helado infierno del millón de muertos.

Resaca de vodka en el cementerio siberiano
En todas las historias del libro del reportero polaco Jacek Hugo-Bader, que acaba de publicar La Caja Books, el pasado se conecta con el presente. Regresa en los recuerdos, en la trágica memoria de esa tierra inhumana y eternamente congelada, para que nadie se olvide del holocausto estalinista. El autor muestra la doble especificidad del alma rusa que conoce por haber viajado entre ella durante más de veinte años: el corazón abierto y, paradójicamente, la hospitalidad cultivada durante generaciones en el lugar más extremadamente inhóspito que cualquiera podría imaginarse sólo con saber que las temperaturas oscilan en una media entre -30 y -40 grados. Y también la ira, el odio, la ubicuidad del robo, la falta de respeto por el bien común en una nación de bebedores insaciables.
Rusia nos pilla demasiado lejos y a un polaco demasiado cerca. Kolimá es distante y heladora para cualquiera, aunque el autor de estos diarios se empeñe en impregnarlos de una especie de spleen purificador. Me gustaría, por ejemplo, saber cuántos compatriotas de Hugo-Bader han cambiado de actitud hacia los rusos tras leer el resultado de su viaje de 2.025 kilómetros al infierno gélido, su intercambio de impresiones con los descendientes de los prisioneros soviéticos ( zeks), con los estafadores que se buscan la vida a costa del dolor ajeno, los políticos corruptos y el crimen organizado,, los buscadores de oro, los intelectuales alucinados, etcétera. Hay de todo en el gran reportaje de Hugo-Bader que quiere entender lo que está pasando en el lugar más remoto y frío de Rusia, cuáles son las almas que aún vagan por el cementerio rodeadas de los que todavía buscan cavar allí sus fosas. Las atrocidades de Kolimá persiguen a los que ahora se refugian en ella huyendo de su pasado conscientes o inconscientes de que lo que les espera es una resaca permanente de muertos con olor a vodka. Entre 1932 y 1956, más de dos millones de personas fueron deportadas a ese confín de Rusia. La mayoría de ellas, cubiertas con varias palas de tierra dura y eternamente fría, descansan para siempre. Hugo-Bader llega a la conclusión de que por mucho que lo intentes, resulta imposible comprender a los habitantes actuales de ese rincón maldito de la tierra sin percibir la frontera del más allá en la que se desintegran las almas. Él es un buen oyente, sabe poner la oreja y escuchar: no le asustan las historias y a todas ellas intenta encontrarles una explicación. Tanto los pedazos del ayer como los retazos del presente que el autor cuenta a través de episodios y diarios son fragmentos de una historia que, cuando se juntan, conforman la imagen abrumadora del gulag. Hay de todo en los asentamientos humanos que recorre Diarios de Kolimá: reyes del de oro como Aleksandr Basanski, gente común, ex combatientes del frente checheno; todos ellos se agarran desesperadamente al confín. Y Jacek Hugo-Bader los busca a través de una autopista desierta que es la losa de un descomunal cementerio.
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