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Verdad, emoción y risas

Una cierta edad, el libro de reflexiones breves de Marcos Ordóñez que no tiene desperdicio

Verdad, emoción y risas

Verdad, emoción y risas

Quienes tenemos la costumbre de dejar marcada con un doblez la página en que suspendemos la lectura de un libro abandonamos en gozosas ocasiones ese pellizco a la parte superior de la hoja cuando vemos que llegamos a la página veinte y hay veinte señales. O sea, cuando todo el libro es puro jamón. Así acaba de ocurrirme con este dietario del escritor Marcos Ordóñez (Barcelona, 1951). Dietario o mejor libro de reflexiones breves, de anécdotas hilarantes, de cierto cansancio vital unido a un entusiasmo por escribir estimulante. Un breviario, un libro de horas, para regalar y no defraudar el próximo 23 de abril, en plena primavera, porque en el verano "cuesta pensar, con todo tan abierto", como bien afirma su autor. En efecto, hay gracia a puñados en él. Las señoras que ven pasar a Marsillach y se cuentan que "ese es el padre de la hija de Marsillach". O aquel tramoyista que se cruza con Geraldine Chaplin y comenta a su compañero que ahí va la hija del Gordo y el Flaco. La madre de un amigo que confunde los nombres y deja dicho a su hijo que lo telefoneó "Pato Gómez" (en vez de Gato Pérez) y que le dejaron dos entradas para la función de "Jesucristo en su pedestal" (no "Superstar"). La descacharrante y precisa intervención mediadora del copropietario del mítico pub madrileño "Oliver" para frenar los insultos que una María Luisa Ponte despechada dirigía a María Asquerino (en la página 62). De vez en cuando un dicho oído al paso: "Tú lo que quieres es sarna pa rascarte", reprocha alguien a un buscaproblemas. O "Es más listo que siete viejos". O la respuesta de Javier Krahe a un periodista que le pregunta sobre si tiene seguidores: "Señor, a mí me siguen podredumbres". Cita Ordóñez al hombre que le espeta a su hija en la residencia: "Cada día te pareces más a los Hermanos Marx". Refiere las palabras de aquel figura para resumir una función teatral como poca cosa, pues solo había "dos actores y seis particulares". Y anécdotas y anécdotas: las meteduras de pata propias (véase la 177); los pasteles riquísimos que dejan de vender en cierta confitería porque "nos los pedían mucho", contado por Rafael Azcona; Carmen Amaya asando sardinas en los somieres del Waldorf de Nueva York; el racionalista a quien un amigo severo reprocha que tenga una herradura de la buena suerte colgada en su puerta: "Yo tampoco creo, pero la puse ahí porque me dijeron que funciona si uno no cree en ella", citado por ?i?ek.

Pero no se engañen por el párrafo anterior, no es solo un conjunto de chascarrillos. Una cierta edad da atinadísimos consejos a un escritor que quiera serlo: páginas 124 y 129 (sobre cuadrar artículos de opinión) o sobre releer lo escrito (283 y 249) o sobre la bulla del sarao literario (271) o sobre la timidez crítica y su afectación de cogérsela con papel de fumar (251): "No hay que tener miedo a utilizar calificativos como 'estupendos' o 'sensacionales' ". Habla de los mediocres, los que "necesitan que nadie destaque, que todos sean como ellos. Cortarían las cabezas que hicieran falta para igualar a la baja". De un futuro para el Arte que solo existirá si hay en el mismo las dos cosas imprescindibles: "verdad y emoción". Convencido Ordóñez de que "demasiada crispación y bronca hay a nuestro alrededor", hace caso a su acupuntor cuando le facilita la palabra mágica para rebajar sus arterias machacadas: "Alegría". A fin de cuentas, como recuerda Wajdi Mouawad, acaso baste con no contribuir a la fealdad del mundo, con tener un día bueno, aquel que lo es "si se ha atrapado un momento de belleza, si se ha reído con alegría al menos una vez, y si se ha podido decir que se tiene un borrador de lo escrito para pasarlo a limpio mañana". Canela fina el libro.

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