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La calidad intemporal de una singular cuentista

En las pequeñas historias de Felicidad, de Mary Lavin, asoman las alegrías y las pérdidas de la Irlanda profunda

Mary Lavin dedicó su vida a escribir preciosos cuentos con historias de viudas, curas, pueblos de la Irlanda profunda y pequeñas tragedias de seres que se niegan a ser ingleses, curiosa particularidad por la que a Churchill le parecían algo raros este tipo de celtas. Lavin (1912-1996), hija de padres irlandeses nació en Massachusetts, Estados Unidos, y cuando cumplió diez años la familia regresó a su país de origen. Entre 1942 y 1985, publicó trece colecciones de relatos y según ella misma dijo, probablemente aplicando un juicio demasiado duro, "dos malas novelas". Muchas de sus historias cortas también se publicaron en revistas literarias, sobre todo en "The New Yorker", con la que mantuvo un acuerdo de primera lectura durante más de una década.

Lavin escribía narraciones breves que eran como flechas volando, porque ella misma estaba convencida de que el formato mínimo contribuye con mayor precisión al esclarecimiento de la verdad. Al menos, a una partícula de ella. También, porque en el cuento halló la disciplina, y esa combinación de experiencia, imaginación y técnica que siempre la acompañaron. En 2012, coincidiendo con el centenario de su nacimiento, se reeditaron Tales From Bective Bridge (1942) y Happiness(1969), pero gran parte de su trabajo permanece agotado o en el olvido, lo cual es una lástima porque se trata de estupenda literatura.

La última de estas colecciones, Felicidad, ve ahora la luz traducida al español, gracias a Errata Naturae, una editorial que anteriormente edito En un café y que ha mostrado, además, especial sensibilidad por la obra de Edna O'Brien, otra autora que encuentra la inspiración en el mundo rural en que creció, el de la oprimente atmósfera del nacionalcatolicismo irlandés de los años cuarenta. De generaciones distintas, Lavin es muy diferente a O'Brien. Mucho más delicada, menos ácida y escandalosa. Sus cuentos exprimen a la vez la elegancia y la austeridad, la felicidad y la triste pérdida: son historias de mujeres que sobreviven por medio de las secuelas del amor, hijas endurecidas por la Iglesia que ejerce presión sobre su moralidad católica y hombres debilitados por el cruel optimismo de la promesa posrevolucionaria de Irlanda. El tránsito de lo sublime a lo cotidiano requiere cierta temperatura emocional, por ese motivo las descripciones de Lavin resultan cálidas y sus personajes están muy unidos e identificados entre sí. "El verano siguiente a la muerte de padre nos invitaron a pasar una temporada en Francia con unos amigos, y cuando empezó a caminar junto a los acantilados de Fécamp nuestro temor se disparó hasta el extremo de agarrarla del brazo y tirarle de la falda con la esperanza de anclarla, como lastres de plomo, si se acercaba demasiado al borde" (pag 21). En el primer cuento de los cinco que da título al volumen, al referirse a una desorientada madre viuda prevalece ese intenso sentido de responsabilidad y cuidado por la familia y amigos.

En Lavin prolifera la calidad intemporal. Al contrario de lo que sucede con sus contemporáneos no asoman en sus cuentos las pulsiones revolucionarias, los sentimientos anticlericales o las preocupaciones nacionalistas. Un irlandés, leyendo las historias de Mary Lavin, estaría más perdido incluso que un extranjero, escribió de ella Frank O'Connor, gran cuentista, coetáneo y ex miembro del IRA. A O'Connor el compromiso de May Lavin no le parecía suficiente: frente a la dulce Erin, igual que tantas veces ocurre en la historia, surge el gruñido incómodo de "La vieja cerda que se come a sus crías", como dijo James Joyce de Irlanda.

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