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Coreanos

Álex Chico se adentra en los paisajes cambiantes de la emigración en Los cuerpos partidos

Coreanos

La memoria de la emigración española se escenificó sobre un decorado de muelles, maletas de cartón, pañuelos flameantes y vapores transatlánticos con rumbo a La Habana, Veracruz, Caracas o el Río de la Plata. Pero el relato colectivo del éxodo que durante el siglo XX hizo de nosotros un pueblo emigrante tiene otras calas más cercanas entre los años previos al desarrollismo franquista y la Transición que no han merecido igual volumen de historias.

Los escenarios eran menos vistosos y los personajes, esencialmente proletarios, no podían medirse al tipo del indiano rumboso. A partir de los años 50 decenas de miles de españoles se establecieron en Europa Central para trabajar en las fábricas, talleres y obras que reconstruían el continente devastado por la guerra. Francia, Alemania, Bélgica o Suiza se convirtieron entonces en el recuento habitual de la ausencia en muchas familias. A esta no tardaría en sumarse otra gran marcha, interior pero no menos notable, que movilizó a los territorios más desfavorecidos de España hacia Madrid y las pujantes zonas industriales de la costa.

Los cuerpos partidos, de Álex Chico (1980), extremeño crecido en Barcelona y una de las voces más interesantes de la narrativa actual, reúne ambas memorias en la vida de su abuelo, Manuel Chico Palma, emigrante por partida doble, pues de Granada salió para Francia, y regresó para volver a irse, casi sin solución de continuidad, a Barcelona. Allí, entre cuartos con derecho a cocina y viviendas autoconstruidas, reunió a la familia. Años después, el nieto escritor del único español de la fábrica de Bousbecque que sabía escribir reconstruye su vida; no en una investigación biográfica sino con un ensayo narrativo, pues la literatura "permite explicarnos lo que no entendemos del todo" (p. 49).

La extrañeza de la que parte Álex Chico es una memoria ya casi ininteligible: postales, fotos, el estupor demenciado de una abuela; el desinterés de los protagonistas por pensar sus propias vidas. La herramienta más poderosa de la literatura para sortear toda extrañeza es la metáfora. La que guía este libro es la de los cuerpos partidos: la escisión del emigrante que parte hacia su desubicación, pues nunca será de donde llega y dejará de ser de donde salió; su patria ya nunca será un lugar sino un tiempo. La brecha entre las aspiraciones y la terca realidad, y cómo los sueños distancian de lo que se era. El desajuste entre la pena de partir y la ilusión por llegar; pues la emigración no es solo desarraigo sino la ocasión de reinventarse.

La desnudez del expatriado, su desamparo pero también su desembarazo y libertad, es lo que retrata en el abuelo al que sigue los pasos por lugares que habitó pero con los que nunca le fue dado identificarse. Desandar, sin embargo, la ciudad levantada por el esfuerzo de tantos emigrantes y percibir su huella en el cemento duro: solo así un nieto de charnegos de las barracas de aluvión de Montjuich logra sentir Barcelona como "una habitación que se prolonga hacia la calle y me procura el mismo cobijo que mi propia casa" (p. 209).

Este libro, que a veces suelta el hilo del abuelo y se recrea en lúcidas reflexiones, pero que el lector quizá cambiaría por la luz propia de vidas y voces (es excepcional la entrevista con los dos viejos vecinos de Montjuich), quiere ser algo más que un documento. Es un monumento hecho de memoria a los protagonistas de la gran marcha a Europa y de la emigración interior, charnegos, maketos, coreanos (como también se los señaló en Asturias y otras partes) a los que la literatura, más allá de Marsé, Casavella o los ensayos de Francisco Candel en el caso catalán, aún debe su relato. Ojalá que sea como en este libro, sin polémicas artificiales ni revanchas.

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