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Libros

La vida de Muriedas, su mejor obra

Recuerdos de mis pasos perdidos, las memorias del gran recitador de poesía clásica y observador privilegiado del mundo cultural

Pio Muriedas en una foto de los años 80.

Pio Muriedas en una foto de los años 80.

Pío Muriedas ejercitó una de las artes más antiguas, la misma que durante la edad oscura griega, antes de que la escritura lo eternizara, hizo pervivir en la oralidad y la declamación reiterada el sustrato más profundo de la cultura occidental. Santanderino de 1903, recondujo su vocación de actor hacia la de recitador de poesía clásica, una actividad a la que se entregó sin concesión alguna a trabajos alimenticios. Desde esa posición se convirtió en un observador privilegiado de la vida cultural española en torno a los nombres señeros de la generación del 27 y de la posguerra. Muriedas compartió tertulias y mantuvo amistades con una extensa nómina de los poetas, novelistas y pintores inscrita en el tejido intelectual del siglo XX. Buena parte de los intercambios que generaron esos contactos habrían propiciado una muy representativa colección de arte privada de no haberse diluido en los avatares vitales de su destinatario. Para que no ocurra lo mismo con una biografía sujeta a los flujos del aire y por devoción filial, Manuel Fernández Gochi, hijo de Muriedas, se embarcó en el proyecto editorial de dar consistencia de libro a lo escrito por su padre. Comienza con Recuerdos de mis pasos perdidos, las memorias de un hombre cuya mejor obra fue su propia vida.

Hijo de un tramoyista del teatro de Santander, Muriedas descubrió la escena muy joven, en las visitas diarias a su padre para llevarle la cena. Fue la semilla de su dedicación futura, primero como actor, durante un tiempo en la compañía de Margarita Xirgu, con la que viajará a Cuba, Venezuela, México y Puerto Rico. En los años 30 dejará la escena decidido a ser “recitador de poesía y pintor”.

La guerra civil lo pondrá con crudeza frente a la peor cara del hombre. Próximo al comunismo –uno de sus dos hermanos, fusilado durante el conflicto, fue fundador del PCE en Santander–, su tendencia hacia la libertad de pensamiento lo aleja de toda militancia. “Confieso que no soy comunista, por que para serlo en España hace falta valor, heroicidad (no la de los toreros)”, reconoce.

Sus memorias reflejan un desencanto temprano con la República, tras participar en un mitin en Oviedo en el verano de 1932. Lo que allí ve y escucha le lleva a escribir años más tarde: “Comprendí que la República no tenía futuro”.

Hijo de un tramoyista del teatro de Santander, Muriedas descubrió la escena muy joven, en las visitas diarias a su padre para llevarle la cena. Fue la semilla de su dedicación futura

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En el Madrid prebélico afianzará vínculos con García Lorca, Cernuda, Alberti, Pío Baroja o el mismísimo Valle Inclán, cuya tertulia frecuenta. La capital le disgusta, pero reconoce que “lo original de Madrid es esa concentración de gentes que no sabes de qué viven. Siempre me ha pasado a mí algo parecido, tal afinidad me conmovió”. Secretario de propaganda de la Unión de Escritores y Artistas Revolucionarios, durante el conflicto llegará a todos los frentes en su condición de “recitador proletario”. Así conoce a Miguel Hernández (“hombre cabal y cariñoso”), trata con Dolores Ibárruri, “La Pasionaria”, (una “matrona romana”) y queda a las órdenes de Agustín González, “El Campesino”, (“un animal”). La derrota privará a Muriedas de todo, incluso de su apellido, y tras la guerra se presentará como Pío Fernández Cueto para evitar los peligros cotidianos a los que en la posguerra estaban expuestos aquellos cuya identidad guardaba relación con los vencidos.

Muriedas fue de los muchos que llegaron a Francia tras la caída de la República. Volvió tentado por las falsas promesas de clemencia del franquismo para acabar con una condena a muerte, conmutada por cadena perpetua. Esa circunstancia anudará de forma trágica una relación ya estrecha con Asturias. “En la cárcel de Oviedo los presos éramos como náufragos en el mar. Cada cual se agarraba a la tabla que encontraba y el que no podía, irremediablemente, se ahogaba”, relata en sus memorias.

Pio Muriedas, autorretrato.

La guerra civil tiene para Muriedas otra gran consecuencia existencial, la de permitirle conocer en Bilbao a María Luisa Gochi Mendizábal, un amor con la fuerza de los que surgen a contracorriente, que marcará el resto de su vida. “Nunca tendré ni he tenido dinero, pero el azar de la vida me trajo a esta mujer inolvidable, feliz y única”.

El sustento de su futura familia serán los recitales poéticos que Muriedas da por todas España. Conocerá así, al tiempo que se codea con su élite artística y literaria, la realidad cultural del país a través de sus escuelas y centros culturales. Sus escritos reflejan con desolación, a veces con gratificante sorpresa y otras de forma hilarante ese mundo del que depende su vivir. “Llego a dar dos recitales en un instituto y en la Casa de Cultura y creo que gusté a la mitad de los asistentes, ya que no lo pude remediar y he dicho que Marisol y Sara Montiel no saben cantar y que los del Dúo Dinámico eran un par de zánganos. Les hablé de Mario del Mónaco, de Alfredo Kraus, María Callas y Victoria de los Ángeles y la mayoría desconocían su existencia”. La dictadura acrecienta su desencanto general con el país: “Asco me da esta mi querida parte del mundo que nació para la sumisión y la mediocridad económica”.

Recuerdo de mis pasos perdidos componen una biografía –con prólogo de Fernando Savater y epílogos de Jesús Pindado y Fernando Arrabal– pero hay en el libro también una amplia muestra de los vínculos de Muriedas, de su obra pictórica naif y de su producción poética. El libro se abre con una cita del Macbeth de Shakesperare, que es también el epitafio de la tumba en la que Muriedas reposa, en el cementerio civil de Santander, desde 1992 : “La vida es un cuento narrado por un idiota con grandes alardes y sin sentido alguno”.

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