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No deja de hacer frío

Ecos buzzatianos en El Muro, una inteligente ficción distópica de John Lanchester

No deja de hacer frío

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John Lanchester (1962) tiene una habilidad especial para entrelazar sus historias de ficción. Sucedió con aquel hallazgo literario inicial En deuda con el placer y la posterior Novela familiar, y más recientemente con Capital y El Muro. El primero de estos dos últimos títulos, publicado en 2012, supuso un tour

El nivel del mar subió hasta el punto de que ya no hay playas aparentemente en ningún sitio. Solo Gran Bretaña permanece dentro del Muro, más o menos intacta. Gran parte de la población mundial se ha visto obligada a echarse al mar, vagando sin cesar en busca de asilo. El propósito principal de los que viven protegidos por la barrera física es evitar que estos vagabundos, “los Otros”, invadan una tierra verde y agradable. O al menos, relativamente verde y agradable, ya que está más húmeda y fría que nunca. Y aunque la sociedad superviviente vive de manera cómoda, casi nadie de la generación de Kavanagh alberga el deseo de traer niños a ella; quienes todavía lo intentan son subvencionados y reciben beneficios especiales.

No deja de hacer frío

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El Muro pone sus límites, pero es también el punto de apoyo alrededor del cual todo parece girar. Los ciudadanos son estrechamente controlados, las personas en edad de combatir están obligadas a pasar dos años haciendo guardias para evitar incursiones de los Otros. Kavanagh es uno de ellos, pertenece a una de las patrullas de Defensores. El aburrimiento que soporta al cumplir con su servicio despide los ecos buzzatianos de El desierto de los tártaros y domina la descripción general en esta nueva versión distópica del mundo. El Muro tiene diez mil kilómetros de largo. En el lado del mar, unos cinco metros de altura; en el terrestre esta varía según la localización. Hay una caseta de vigilancia cada tres kilómetros: en total son más de tres mil casamatas. La configuración de la vida dentro de la pared defensiva deprime: murallas, escaleras, cuarteles, puertos, helipuertos, instalaciones de almacenamiento, torres de agua y estructuras de acceso. Escasea el combustible. Todo es de hormigón, y en cualquier lugar hace frío. Esa sensación no abandona en ningún momento de la lectura y sirve perfectamente para definirla.

Lanchester cultiva un estilo periodístico, claro, yo diría cristalino. Surca un camino que, en cierto modo, ya estamos recorriendo. Es la Gran Bretaña del Muro que se reconoce a sí misma con su política de inmigración, las fichas policiales, los británicos devueltos a Jamaica, la brecha generacional, y una sociedad sumida en la hostilidad donde los periódicos y los políticos hablan alegremente de enjambres de inmigrantes, y cuyo Gobierno se las arregla para servirse del ambiente inhóspito que impera. El autor de El Muro no necesita recurrir a la fábula o a la metáfora para describir un mundo que lamentablemente ya conocemos de cerca o percibimos desde la pequeña distancia. Es el mundo que nos rodea y que avanza hacia la destrucción concatenando serias calamidades. La personajes de esta inteligente distopía añoran cómo era la tierra antes de que la arruinarán. De la propia ficción también se desprende, sin histerias, lo que podría ocurrir definitivamente de seguir cayendo la humanidad en los mismos errores.

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