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Desnudo de familia con niño herido

Juan Vilá retrata en la hiriente 1980, su cuarta novela, el entramado vital que le ha vertebrado

Juan Vilá.

Juan Vilá. Jacobo Medrano

“Hay cosas”, escribe Juan Vilá en 1980, “que jamás se olvidan y de eso creo yo que habla esta historia. El magma de la mierda y el odio, del dolor y los agravios, del miedo y de la pena, sigue siempre ahí, abajito del todo. Es lo que nos constituye y nos vertebra, y en cualquier momento puede abrirse una falla o una grieta, y ponerse a brotar como la lava de un volcán o como los efluvios fatales de una fosa séptica”.

El magma vital solidificado por Juan Vilá en 1980 tiene todos los componentes enunciados por el novelista madrileño pero, además, tiene amor. Una fuerza que, según postulaba Hesiodo, permite la relación entre todas las partes del cosmos. Un principio cosmogónico, un sentimiento si prefieren, que Vilá califica a veces de “repugnante” y “sobrevalorado”. Ingrato Vilá, porque es el amor quien le impide que el hiriente desnudo de sí mismo dibujado en 1980 mediante la disección sin contemplaciones de su peculiar familia se desborde en una efusión de sangre.

1980, cuarta y espléndida novela del autor de m, El sí de los perros y Señorita Google, es pues un desnudo de familia pintado por un adulto de más de 40 años a través de los ojos de un niño herido por una infancia “triste, tristísima”, exenta de cualquier tipo de penalidad física, pero llena de vacío, miedo y soledad. Hasta que llegó su hora de milagro y salvación en el año que da título a la obra y en la persona de un “burguesito catalán” de 62 años que se enamoró de su madre viuda, de 37, y se convirtió en su segundo padre cuando él tenía siete años.

El escenario familiar que enmarca esta novela de mujeres protagonizada por dos hombres –el autor y su segundo padre– se puede resumir en unas cuantas líneas. Vilá es el menor de los tres hijos de una pareja desigual. La formada por un hombre que “no era ni listo ni guapo (ni) tenía un duro” y por una mujer inteligente, ambiciosa, obsesionada por sobresalir, que vive en atávica guerra con su madre (la abuela “ogresa”) y se siente eclipsada por dos hermanas más guapas. Se casa para escapar del claustro familiar. Deja de trabajar y estudiar. Y se equivoca. No solo tiene que seguir viviendo con sus padres –ella, su marido y el niño, la niña y el niño que vendrán– sino que, además, su esposo “no estaba a su altura en ningún sentido”.

Cuando Vilá tiene tres años, su padre muere en un accidente de automóvil, aplastado por un camión. Y para la madre, en una España que parece, solo parece, reventar todas sus costuras tras la muerte del dictador, se abren los mares. Trabaja, se divierte, tiene amantes, se libera, se instala por su cuenta, deja a los hijos al cuidado de la abuela ogresa. Hasta que, cinco años después, se obra “el milagro”. Aparece ese señor catalán, católico, de derechas “a la catalana”, grande, elegante, “con aspecto de banquero inglés”, viudo, con tres hijos. Todo lo contrario de lo que entonces era la familia de Vilá, “los bárbaros de la capital, la familia ordinaria y desestructurada que se entendía a base de gritos y malos modos”.

“El burguesito catalán” se enamora de la madre hasta las trancas, se olvida de su familia de Barcelona, adopta a la de Vilá como propia, rinde a la dama y se convierte en el segundo padre del niño Juan. Tras el odio inicial esperable en quien teme que le roben a la madre –y sin apenas recuerdo alguno de un padre al que acabará considerando meramente “biológico” y al que ahora desagravia en 1980– el niño Juan es rescatado de su triste mundo de soledad y miedo por ese hombre que, cinco años después, acabará dándole su apellido. Lo que no impedirá que el autor vea hoy su vida como una permanente huida para esconder su vulnerabilidad “casi absoluta”.

La historia es peculiar, sin duda, aunque no insólita. Una buena historia, con una docena larga de personajes, con meandros, afluentes y un secreto sobre el que, claro, ni siquiera daré una pista. Un material apto para escribir un nuevo capítulo de esa “literatura del padre” que, con apenas tradición en las letras españolas, cobra un impulso creciente desde hace unos años. Y sin embargo...

Sin embargo, 1980 no es eso. O es mucho más que eso. Es una novela de Juan Vilá, el escritor de culto más oculto de la literatura española. El padre de un artefacto tan endiablado y explosivo como m, de una sátira del pijismo tan despiadada como El sí de los perros, de un jocoso exabrupto sobre el amor y la tecnología como Señorita Google. En suma, del narrador de la rabia, la furia y la diatriba, cuya amarguísima bilis se hace no solo soportable sino estimulante gracias a un lenguaje depuradísimo –aniquila el ruido como el agua al fuego–, a un fino sentido de la ironía, a una envidiable capacidad para ver aristas en las planicies y a una facilidad pasmosa para enlazar una serena reflexión con una exuberante fantasmagoría, siempre embridada a tiempo.

Leyendo 1980 puede venir a la cabeza El desencanto, aquella pieza a cuatro voces que Chávarri concibió como una poliédrica semblanza del poeta Leopoldo Panero y acabó convertida en la impresionante autodemolición de una familia ante la cámara. La principal diferencia, al margen de la polifonía, es que en la película, el amor queda confinado entre los labios de Felicidad Blanc, la viuda, mientras que en la novela cada personaje es “despellejado” y, con rarísimas excepciones, amado.

Vilá, que carga fama de misógino y hasta admite el adjetivo, despotrica en estas páginas contra el amor, en particular contra el asfixiante amor materno. Sin embargo, ama. Tal vez porque, en la pelea por entender mejor quién se es, esa resulte la única manera fértil de destruir los mitos familiares. Destruirlos con amor para no destruirse a uno mismo.

1980

Juan Vilá

Anagrama 168 páginas

17,90 euros

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