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ETA, la heroína y la paranoia

El asturiano Pablo García Varela desmonta las justificaciones de la banda terrorista para matar a personas del mundo de la droga

Cultura - Libros

El politólogo Juan Carlos Monedero saltó hace unos seis años a la opinión pública dando veracidad al constructo conspirativo creado por el independentismo vasco respecto a que el Estado español había distribuido heroína para diezmar el natural potencial revolucionario de la juventud vasca. De ahí que ETA, en defensa de la salud y la moral de esos jóvenes, comenzase a asesinar a los que señalaba como traficantes. En un periódico digital, el 4 de septiembre de 2014, el politólogo enumeró las pruebas que a su juicio sostenían ese plan maestro desde el Estado. Cualquiera que lea ese artículo se dará cuenta de inmediato que ni eran pruebas ni eran nada.

Las reacciones en la opinión pública no se hicieron esperar, lo mismo que en el mundo de la investigación histórica. El primero que contestó fue el historiador Juan Carlos Usó en su trabajo ¿Nos matan a heroína? (Libros Crudos, 2015), donde buceó entre centenares de fuentes primarias y desplegó un certero catálogo de argumentos, un impresionante cúmulo de hechos, pruebas y sentencias que desplazaron ese constructo conspiratorio de nuevo a la franja lunática de la atmósfera cultural. A esto se sumó el profesor y autor de la voluminosa obra Historia general de las drogas (1989) Antonio Escohotado cuando en una entrevista, el 1 de octubre de 2016, el preguntaron qué opinaba de esa conspiración y respondió: «Eso son bobadas. O si lo prefiere, conspiranoia para memos».

A continuación, Justo Arriola publicó A los pies del caballo (Txalaparta, 2016), con el que pretendía rescatar ese constructo conspiratorio reuniendo todos los datos, declaraciones y supuestas pruebas para demostrar que ese plan maestro del Estado español para distribuir heroína en el País Vasco fue una realidad. Sin embargo, lo que pretendía demostrar se volvió contra él, pues el libro parte del sesgo de confirmación. Es el mismo método empleado por los fieles de esas iglesias entusiastas por la llegada del Apocalipsis, que buscan indicios que les certifiquen que el Armagedón se acerca. De ahí que Arriola después de exponernos su creencia va en busca de las pruebas, pero utiliza la falacia cherry picking; es decir, selecciona lo que le interesa. Añadiendo la retroalimentación en su credo, pues cita a poetas, cantantes, músicos o articulistas que opinaron sobre la posibilidad de ese plan maestro, pero sin aportar pruebas, y lo hace con el objetivo de utilizar el sesgo de bandwagon en su conclusión: “Es vox populi, así que es verdad”. Y remata con varios saltos deductivos para demostrar su tesis. Las pruebas que cita son las mismas que defendían Pepe Rei y Edurne San Martín desde Egin, Investigación en 1998 y que tendrían nulo recorrido en cualquier juzgado.

Ahora se ha unido el doctor en Historia Contemporánea Pablo García Varela (Oviedo, 1992), con ETA y la conspiración de la heroína. Una investigación sobre las razones por las que la banda terrorista provocó 58 víctimas, de las que 43 fallecieron, acusándolas de narcotraficantes de heroína y ejecutándolas. Varela no despliega ningún argumento que no haya probado previamente, lo cual es de agradecer en un momento en el que las alcantarillas de la epistemología dominan el saber. De todos los asesinatos sobresale el de Antonio Díaz Losada, ejemplo de reinserción con 29 años, con trabajo, esposa e hijo. Después de muchos años enganchado al caballo y con estancias en prisión, es asesinado por ETA el 9 de agosto de 1994. Aún a día de hoy, ningún miembro de ETA ha aportado prueba alguna que demuestre la implicación de esas víctimas en el narcotráfico. Varela sigue exponiendo cómo los dirigentes de ETA presentaban doble moral, pues muchos de ellos consumían drogas. Un ejemplo fue el comando Igueldo, el “comando golfo”, que fundió el dinero de varios atracos en heroína. A lo que añadimos trabajos que defienden que la verdadera razón de esa lucha contra el narcotráfico era eliminar la competencia. ―Véase el informe del sociólogo Alain Labrousse, las investigaciones de Roberto Saviano y las de Carnwath y Smith―, pues lo que sí resulta constatable es que los circuitos de venta de armas ilegales eran los mismos que los de la heroína, de tal manera que “la heroína llegó a funcionar como una especie de narcodólar en las transferencias entre las organizaciones terroristas y las mafias” (p.212). Las rutas de tráfico de drogas y las de armas eran las mismas, las de los mugadaris, y la forma de funcionar consistía en “te voy a vender 50 browning y tú me tienes que comprar un kilo de heroína también”.

La creencia en esa conspiración venía desde los Estados Unidos en 1970, cuando activistas como Michael Cetewayo defendieron que los Panteras Negras habían sido derrotados porque el FBI distribuía la heroína entre los afroamericanos para diezmar su potencial revolucionario. Lo mismo ocurrió entre el movimiento hippie, donde una de sus defensoras, Cleo Odzer, alegó: “Sin la heroína, hubiésemos vencido”. En Inglaterra, los sectores cercanos al IRA aseguraban lo mismo del gobierno de Margaret Thatcher, que vendía heroína para diezmar a la combativa juventud norirlandesa. Y en Cataluña, Terra Lliure decía lo mismo y mataba, y en Galicia, el Exército Guerrilheiro do Povo Galego Ceive lo repetía y mataba. En aquellos momentos, en la Unión Europea existía un millón y medio de adictos a la heroína, no era un problema exclusivo de un territorio. Lo que sí ocurre siempre es que las creencias conspiranoides aparecen cuando es necesario justificar derrotas políticas y militares ante tus seguidores, hasta Aldof Hitler las utilizó, argumentado que Alemania había perdido la I Guerra Mundial por culpa de la conspiración judía.

ETA y la conspiración de la heroína

Pablo García Varela 

Catarata, 2020

253 páginas

18,50 euros

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