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Epistolario y días de Avelino Fierro

El singular fiscal leonés muestra en Estatuas de sal, cartas que escribió en la reclusión por el covid, las posibilidades de un género en retroceso

Cultura - Libros

Sabíamos de Avelino Fierro(Chozas de Arriba, 1956) por los tres volúmenes de diarios que ha publicado hasta la fecha y por su andanza al frente de la Fiscalía de Menores de León. Ha hecho de este ministerio público un cabal ejemplo de que hay alternativas al facilismo del palo

Avelino Fierro reúne en Estatuas de sal, que lleva un atinado prólogo del poeta y traductor Jordi Doce, un total de 30 cartas –además de una coda– que dirigió a veintidós corresponsales en las jornadas que transcurrieron entre los pasados 13 de marzo y 12 de abril (Domingo de Pascua) de este año pandémico, cuando los españoles nos recluimos por decreto en nuestras casas para intentar frenar la devastación causada por el covid-19. Y ya en la segunda epístola, que remite al escritor y periodista asturiano Enrique Bueres, damos con este hallazgo expresivo: “Ayer, husmeando el aire de la noche, nada había que delatara la inminente primavera”. Muchos sentimos o pensamos eso mismo, desde nuestras ventanas y balcones, en aquellos días intransitivos. Nos faltará siempre esa estación dañada por la enfermedad, el temor y la muerte.

Estatuas de sal

Avelino Fierro

Ediciones Franz, 2020; 146 páginas

17 euros


Estas cartas se publicaron primero, una a una, en El Cuaderno Digital y bajo el título explícitamente becqueriano de Desde mi celda. El que toma el epistolario ahora, en su edición en libro, sale de la última línea de la citada coda, en la que Avelino Fierro deja al lector, entre citas y rememoraciones de Marco Aurelio, Baudelaire, Emily Dickinson, George Steiner o Tony Judt, una cierta convicción de que somos incapaces de extraer la enseñanza adecuada ni siquiera en la hora tenebrosa: “No cambiaremos nuestra vida como nos pide Rilke en el verso final de su poema ‘Torso arcaico de Apolo’. Porque sentiremos miedo a quedarnos rezagados en esta carrera sin sentido. Ni siquiera miraremos hacia atrás, temerosos de convertirnos en estatuas de sal”. Y aún antes: “Los mismos seguirán en lo mismo cuando pase el dolor”.

Cicerón veía en la escritura epistolar, tan empleada por los humanistas y con una aquilatada tradición literaria en España, una prolongación de las conversaciones con los amigos ausentes. Es lo que hace Avelino Fierro, un perspicaz argumentador contra la “sociedad de la prisa” y los artefactos que nos enredan en el intercambiable farfullar de nuestra época. Y habla en sus cartas de sus cotidianas certezas e impresiones, de las lecturas a mano: de los diarios de Gil de Biedma o, también, de las correspondencias de este con Jorge Guillén y Carlos Barral, al voltaje de las prosas de Cioran. Y de lo que le viene al recuerdo en el lugar desde el que escribe, como si fuera otro Javier de Maistre que emprendiera un acuciante viaje alrededor de su cuarto: “Una habitación, libros, dejando que la Verdad, la Belleza y el Arte te envuelvan, te vayan abrazando”. Solo sobran, quizás, las mayúsculas.

Fierro es un perspicaz argumentador contra la “sociedad de la prisa”

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Avelino Fierro sigue en sus cartas la preceptiva del milenario género epistolar. Como sucede con todas las cartas que su autor va publicando al poco de ser escritas, como ha sido el caso, también se asume aquí que el supuesto espacio privado entre los corresponsales queda abierto a cualquier lector. En realidad, un útil y socorrido recurso literario. El escritor de Estatuas de sal aprovecha la flexibilidad que concede este tipo de escritura, que se presta al asomo de los tonos propios de la conversación sensible e inteligente, para hablar no solo de lo que a todos ocurre, sino también de los temas que le ocupan o preocupan. Rara vez aburre. Un epistolario que incluimos entre los llamados “familiares”, de planteamiento e intención muy distintos a los clasificados por los académicos como de “negocios”, aunque al final hablemos siempre del buen o mal negocio de la vida, tal y como hizo Agustín García Calvo en sus Cartas de negocios de José Requejo.

Digámoslo de una vez: Avelino Fierro escribe muy bien, lejos por fortuna de esa prosa administrativa e intrincada con que suelen despacharse en sus oficios las gentes del foro. Jordi Doce, autor del primer diario publicado en España sobre los días del confinamiento, acierta al afirmar: “huye por igual del egotismo exhibicionista que de la exhibición pedante de juicios y razones”. Y encuentra casi siempre, además, la música del párrafo: “La noche ha labrado esta niebla indecisa. Allá está todavía dormido el horizonte y la línea de los montes que hoy no alcanza mi vista. Porciones de bruma. Cerca de mis manos, tejados enmohecidos y hojas decaídas en el parque. El miedo murmura, se arrastra por las calles, lo oigo bien cuando dobla la esquina”. 

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