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Aforismos italianos y franceses: los libelos de Fernando Menéndez

Tras una amplia creación poética, el autor reúne ahora a cincuenta aforistas destacados para traducirlos en una preciosa antología

Cultura - Libros

Fernando Menéndez nos sorprende con Aforismos italianos y franceses, pero en la faceta de editor, aunque editor de libelos. Muy alejado de cualquier intención denigratoria, destaca, sí, su carácter casi clandestino. Son libritos-libelos de dieciséis páginas, traducidos por nuestro libelista al español, al margen del mercado. En cada una de las veintisiete letras del abecedario dos autores, menos la S, Carlo Gragnani; la T, Mario Andrea Rigoni; la U, Mario Laganá, y la W, Pitigrilli, dedicados individualmente. ¿Qué época abarca? Nacido en 1895, Henry de Montherlant, el más antiguo, y en 1984, la más joven, Amelia Natalia Bulboaca.

Imagínenselo, el autor ha hecho 675 libelos todos ellos cosidos y firmados de puño y letra. Veinticinco ejemplares numerados e ilustrados de cada selección. El resultado es una colección de cincuenta aforistas de distintos países, seis son mujeres, treinta y uno en lengua italiana, dieciocho en francés y uno, Murilo Mendes, brasileño.

¿En qué consiste el valor de esta joya bibliográfica? Cada cual, si tiene la ocasión de consultarla en las bibliotecas donde se halle en depósito, que opine libremente: ¿por haber seleccionado unos 1.350 aforismos en francés y en italiano, lenguas con las que el castellano se entrelaza entre enormes parentescos y distancias curiosas?, ¿por reunir a cincuenta aforistas representativos de los últimos cien años y llevar a cabo una granada selección?, ¿o se estimará, más bien, el arte de estos libelos por su olor a taller y su factura a mano?, ¿aunque pudiera ser también que su valía residiese en conocer al poeta que lee y selecciona a otros y al hacerlo nos muestra su gusto y su criterio aforístico? Yo tengo que confesar que he disfrutado por igual tanto de su contenido como de lo que tiene de precioso fetiche de coleccionista.

Fernando Menéndez.

Fernando Menéndez.

No se trata exactamente de poesía ni de filosofía en sentido académico. El aforismo entra y sale a un mismo tiempo de estas categorías. Por ello, uno no puede dejar de preguntarse qué hueco estético, o técnico literario, viene a llenar este proceder que consiste en comprimir en el mínimo de palabras una significación hallada o creada, como si pretendiera tal vez no más que provocar un chispazo en el lenguaje.

De acuerdo, “Conócete a ti mismo”, “Solo sé que no sé nada” o “Pienso, luego existo” los hacemos pasar por filosofía, pero sin su contexto quedarían empobrecidos. Heráclito, Marco Aurelio, Nietzsche y Cioran son ejemplos de filosofías aforísticas. Profundicemos un poco. Cuando Pascal dictamina “aunque se trataría de hacer todo lo contrario, ellos liberan la concupiscencia al tiempo que reprimen el escrúpulo”, lo entendemos acertadamente en el contexto de su filosofía moral antijesuítica. Y cuando Gracián (jesuita) escribe “una gran conveniencia hallo yo en que el gusto coincida con el hablar, para que de esa suerte examine las palabras antes que las pronuncie: másquelas tal vez, pruébelas si son sustanciales, y si advierte que pueden amargar, endúlcelas también”, lo encajamos perfectamente en su aspiración de una nueva “buena sociedad” compuesta de individuos no solo ingeniosos y cultos, sino con buen gusto: “el hombre en su punto”, como nos recuerda Gadamer. Sin embargo, ambos pensamientos, el jesuítico y el antijesuítico, comparten una retórica basada en la antítesis, sea liberar/reprimir o bien comer/hablar (el gusto de la comida y el del lenguaje). Y de este modo, mediante el artificio retórico y el tema de fondo (el bien y el mal) consiguen dar a la idea profundidad y arraigo.

Iba acercándome justo a esta conclusión a medida que leía los libelos de Fernando Menéndez. Los leía y los clasificaba, pues “lo difícil no es encontrar la verdad: es organizarla” (Murilo Mendes: O difícil não é encontrar a verdade: é organizá-la).

Iba convenciéndome de que el aforismo nacía de un propósito retórico, eso era cierto, lo veía por doquier: “Toda su filosofía estaba en no tener ninguna” (Giovanni Soriano: Tutta la sua filosofia stava nel non averne alcuna) o “Nunca sabes realmente a quién tienes frente a ti, hasta que lo tienes detrás de ti” (Sandro Montalto: Non sai mai davvero chi hai davanti fino a quando no ce l’hai dietro).

Pero advertía que la frase rotunda aspiraba a un contenido digno de ser esculpido, citado, recordado. Junto a la retórica evanescente bullía un esfuerzo dialéctico perenne, que se convertía muchas veces en un intento por alcanzar la definición: “La burocracia es un rascacielos sin ascensor” (Michelangelo Cammarata: La burocracia è un grattacielo senza ascensore) o “La Democracia, una metáfora más” (Dominique de Roux: La Démocratie, une métaphore de plus).

Y encontramos innegables temáticas recurrentes, como las estimaciones estéticas: “Hay belleza y hay sentido. El sentido no siempre va con la belleza, ni la belleza con el sentido” (Roger Munier: Il y a la beauté et il y a le sens. Le sens ne va pas toujours avec la beauté, ni la beauté avec le sens).

Con todo, estoy por afirmar que el común denominador del aforismo se propone la crítica como fin máximo, y hasta a veces con pretensión moralizante: “Evita el odio. Cultiva el desprecio” (Alian Bosquet: Évite la haine. Cultive le mépris) o “El arte de suspirar no mueve la nube” (Pierre-Albert Jourdan: L’art de soupirer ne fait pas mouvoir le nuage).

Llegué con este equipaje a una conclusión que venía fraguándose en las lecturas de años atrás. Entre la filosofía académica y la filosofía mundana hay todo un territorio de ideas en continuo flujo, y los aforismos son una de sus expresiones más sobresalientes. Nada tiene de extraño tropezarse con aforismos que dialogan con filosofemas: “El hombre es un idiota; incluso Pascal” (Louis Scutenaire: L’homme est un idiot; y compris Pascal). Y frente a Sartre, Mauro Parrini matiza: “El hombre está condenado a ser libre, pero si quiere, nunca cumplirá su condena” (L’uomo è condannato a essere libero, ma se vuole non sconterà mai la sua pena). O desmintiendo a Descartes, Pierre Reverdy: “En el otro extremo de la cuerda. Cuanto más pienso, menos soy” (A l’autre bout de la corde. Plus je pense et moins je suis).

Dicho todo lo cual, ¿con qué me quedo? Me quedo con la crítica, momento esencial de la filosofía. Y, entonces, mi sentimiento prevaleciente, cuando observo a la clase política española, puede formularse en un aforismo tomado de Rigoni, gracias a Fernando: “La única forma de coherencia que me queda es la del asco” (La sola forma di coerenza che mi sia rimasta è quella del disgusto).

Aforismos italianos y franceses. Libelos

Fernando Menéndez

Edición de 27 libelos fuera de comercio, en tirada exclusiva de 25 ejemplares numerados y firmados por el autor, Gijón, 2019-2020

432 páginas

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