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amin maaloufentrevista | Autor de “Nuestros inesperados hermanos”

“Nuestra civilización se dirige hacia el naufragio”

“No sé si lo que ha sucedido este año nos va a hacer reaccionar: la humanidad necesita un momento de pausa”

Amin Maalouf. | Barrenechea / Efe

Amin Maalouf. | Barrenechea / Efe

El escritor y periodista libanés Amin Maalouf (Beirut,1949) atiende a LA NUEVA ESPAÑA a través de la plataforma Zoom en su despacho de París, entre un escritorio y una estantería llena de libros y de fotos y una cortina que cubre la entrada del sol. En Barcelona, por su lado, está Teresa Sans, que es la intérprete de la conversación que viene a continuación. Va sobre Nuestros inesperados hermanos (Alianza, 2020), lo último del premio “Príncipe de Asturias” de las Letras de 2010. Se trata de una novela que protagoniza Alec Zander, un dibujante de éxito retirado en un archipiélago en medio del Atlántico que una mañana empieza a vivir un cataclismo mundial que finalmente no es.

–Parece que ha echado mano de la ficción para ilustrar su tesis políticosocial que había adelantado en “El naufragio de las civilizaciones”. ¿Me confundo?

–Pues creo que tiene usted razón. Efectivamente, en Nuestros inesperados hermanos hay muchos elementos que evocan mis preocupaciones del período que señala. Y es que desde hace algunos años tengo la sensación de que nuestra civilización se dirige hacia el naufragio o que quizás este naufragio haya empezado ya de alguna manera. Tiene usted razón cuando dice que esta preocupación la menciono a través de una ficción.

–¿Cuáles son, entonces, las virtudes que tiene la ficción sobre el ensayo?

–En el ensayo se expresan las cosas de una forma precisa, analizando, desarrollando una argumentación de tal modo que evitamos apartarnos demasiado de lo que uno observa. En una ficción no se puede desarrollar demasiado la argumentación, aunque haya palabras de los personajes que puedan evocar una serie de cosas. En el marco de una ficción puedo imaginar un desenlace novelesco. Con ello quiero decir que el optimista que se esconde en mí se puede expresar a través de la ficción, imaginar que salimos del callejón en que nos encontramos actualmente. Eso es lo que he intentado hacer a través de este libro del que estamos hablando.

–Ese optimista que hay en usted, ¿no está muy escondido?

–(Risas) Sí, creo que la observación del mundo me vuelve inquieto. Lo he dicho de forma muy explícita a través del ensayo, lo he dicho también a través de la ficción: creo que el mundo, para una mirada lúcida, para una mirada que intenta realmente tomar en cuenta todos los elementos, pues es un mundo que va extremadamente mal, probablemente peor de lo que he dicho en mi ensayo. Lo que yo intento con esta novela es imaginar una puerta de salida. Es verdad que esta puerta de salida no es realista, pero al mismo tiempo tiene un valor simbólico. Creo que la humanidad es capaz de encontrar en sí misma la capacidad de sorprenderse. Esto ya lo ha hecho en otros momentos de la historia. Es decir, hace veinticuatro siglos, cuando se produjo el milagro griego, razonablemente no cabía esperar un acontecimiento semejante. Alguien que hubiera observado el mundo en ese momento no se podía haber esperado que se produjera semejante eclosión de la filosofía, del teatro, de la democracia. Da la sensación de que aquella fue una civilización que surgió en un entorno que no estaba preparado para ella. Esto es, en cierto modo, un motivo de optimismo. En momentos en que nuestra humanidad no da la impresión de que pueda producir algo que pueda elevarla realmente y de forma significativa. Pues, a pesar de todo, puede producirlo. Este es el único optimismo que puedo tener en el momento actual.

–El planteamiento de su novela parte de un apocalipsis mundial, pero resulta que lo imaginó antes del apocalipsis de este año, ¿no?

–Sí, Nuestros inesperados hermanos es un libro que escribí mucho antes de los acontecimientos de este año, sin embargo, hay algunas resonancias entre la ficción y lo que ha sucedido. No diré, en absoluto, que mi libro sea una premonición ni nada por el estilo. Simplemente, imaginé un mundo donde estaba a punto de suceder un desastre, pero que se ha podido evitar. He imaginado que quienes han podido ahorrarnos ese desastre eran una población procedente de nuestro pasado, procedente de la aventura humana, pero que ha podido avanzar mejor que nosotros. No sólo que haya llegado más lejos, si no también que ha evitado ciertas derivas, ciertos escollos, en los que hemos caído nosotros. Y he imaginado esa población con capacidades científicas y médicas, sobre todo médicas, muy adelantadas con respecto a las nuestras. Diré que esta coincidencia es la que ha hecho que esta novela pueda tener una resonancia en la situación actual. Más generalmente lo que siento desde hace ya varios años, y que intento expresar tanto a través de mis libros de ficción como de mis ensayos, es que el mundo se encuentra en una situación sumamente preocupante y yo invoco con mis deseos un momento de reacción. No sé si lo que ha sucedido este año nos va a hacer reaccionar, pero creo que la humanidad necesita un momento de pausa para preguntarse a dónde vamos, qué intentamos construir y qué tipo de relación puede haber entre las comunidades humanas . Creo que a día de hoy no hemos conseguido gestionar las consecuencias de la globalización. Hoy me digo que tal vez este momento de pausa que hemos vivido este año vaya a ser ocasión de una reflexión más en profundidad sobre el discurrir de la aventura humana.

–Hace diez años, cuando recogió el premio “Príncipe de Asturias” en Oviedo, habló que el siglo XXI iba a ser el del retroceso ético. ¿Sigue pensando lo mismo?

–Sí, tiene toda la razón. Ya lo he dicho y lo seguiré repitiendo: creo que una de las características de nuestra época es que hay mucho progreso material, científico y tecnológico, pero eso no va acompañado de un progreso semejante a nivel de las mentalidades porque podríamos decir, de hecho, que en este punto del que le hablo en vez de progresar, retrocedemos. Para mí es una preocupación fundamental. Es más, le diría que la característica de este siglo es que tenemos una acelaración del progreso material y al mismo tiempo un estancamiento o, incluso, una regresión a nivel moral.

–¿Le dan miedo los políticos que tienen que gestionar esta regresión moral?

–Hay muchos indicios que señalan muchas equivocaciones nuestras. Creo que hay muchas regiones del mundo que van muy mal. Está claro que mi región natal, el Levante del Mediterráneo, es una de ellas. Mi país natal está atravesando un período muy oscuro. Pero esto también está pasando en Europa. Después de haber conocido progresos en su construcción ha llegado a un punto en el que ha dejado de avanzar, incluso existe un grave riesgo de ver cómo se desmorona. Creo que el fenómeno del Brexit no es tan anodino como pudiera pensarse.

–Cuentéme.

–Es un fenómeno sumamente preocupante. Lo he vivido con muchísima tristeza. Hasta el último momento me agarraba a la esperanza de un nuevo referendum, de algo que salvase la crisis. Me sentí escandalizado por la reacción del resto de Europa, eso de no pasa nada, que los ingleses siempre han sido distintos, son una isla, es normal que sean así... Nunca he sentido eso. Creo que nunca habríamos tenido que dejar que las cosas llegaran a este punto. Creo que tendríamos que haber intentado comprender por qué los ingleses se sentían mal y tendríamos que haber hecho todo lo posible para que Inglaterra siguiera. Pero esto de lo que hablo no sólo sucede con el Reino Unido: hay muchos países muy apegados al ideal europeo y, sin embargo, hoy en ellos hay cada vez más escepticismo. Esta crisis de la construcción europea yo la llevo muy mal.

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