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Deconstruyendo el policial

Javier García Cellino muestra en su quinta novela, “El cuarto hombre”, los andamios con que se construye el relato detectivesco

Cultura - Libros

Javier García Cellino (Langreo, 1947), además de columnista semanal con “Velando el fuego” en las páginas de LA NUEVA ESPAÑA (Edición Cuencas), es un poeta reconocido en todo el territorio nacional, con premios como el Gerardo Diego en 1994, el Juan Ramón Jiménez en 2005 y el de la Crítica de Asturias en 2018 por su poemario “Famélica legión”, a lo que se suma su obra narrativa, con múltiples relatos premiados y cuatro novelas: “Círculos de tiza”, “Los señores de Wall Street no comen pescado crudo”, “La escuela del Italiano” y “La resurrección de Richard Wagner”.

Ahora regresa a la novela con “El cuarto hombre”, una incursión meritoria en el género policial, detectivesco, negro o como queramos llamarlo. Estamos ante una novela con dos niveles, como si fuera un iceberg. El primero, el visible en la superficie, sería el argumento ortodoxo en la novela policiaca. De esta manera, Marcos se nos presentará como un policía –“‘un poli hormiga’, que hacía el trabajo con la eficacia de todos esos insectos rastreadores”–, que acababa de ascender al empleo de inspector jefe en la Brigada de Homicidios del Departamento de Policía de una ciudad norteamericana imaginaria de nombre V. Animado por los deseos de su mujer, decide emprender una tarea aparcada desde hacía muchos años: escribir una novela policiaca, “una gran novela”, dirá, desplegando sus conocimientos sobre la materia. Sin embargo, el recuerdo de su mujer fallecida recientemente se convertirá en un obstáculo a la hora de concentrarse ante el folio en blanco. Como una novela policial sin un cadáver en sus primeras páginas se queda un poco floja, el cuerpo sin vida de un tal Glendor no se hará esperar. A partir de ahí comenzará la reconstrucción del alma individual de la víctima y del alma colectiva del mundo que le rodeaba. Así, nos cuenta que Glendor nació en una familia humilde y desestructurada, pero aprendió a sobrevivir en las calles, donde los escrúpulos y la moral sobran; por lo que escapa de un destino marcado por la sociedad e ingresa en el Olimpo de los dioses de la mano del crimen organizado, consiguiendo controlar los grandes negocios y sometiendo a base de miedo y plomo a las bandas rivales, tras lo que la ciudad quedó bajo su mando. Un día ingresó en la cárcel; cuando salió pudo haberse perdido en una isla paradisiaca con todo el dinero robado, pero prefirió quedarse de nuevo en las calles de la urbe y seguir respirando el olor a pólvora y alquitrán.

A partir de ahí, conecta esa parte visible de la novela con la parte invisible, la sumergida en las aguas, todo por medio de un “ojo de agua” que comunica al narrador con los lectores. Ahí es cuando soslaya el esquema borgiano de la novela policial: “Existe un orden, llega el asesino y mata, el orden se vuelve desorden, aparece el detective y descubre al asesino y el desorden se torna orden”. De esa manera, comienza la deconstrucción de la novela en sus piezas más representativas, mostrándonos los andamios de su propia construcción. Primero nos ilustrará en su relación con su seudónimo, que es como la sombra de uno mismo o un paraguas para dos. Y este le aconseja que se olvide de las reglas, de las convenciones, pues la literatura admite todo tipo de brebajes y hay que dedicarse a beberlos hasta explotar. Luego abordará el punto de vista y el estilo, como la búsqueda incesante de la nueva piel. Esta parte se convertirá en un juego literario de estética, de psicología de los personajes y de las diferentes formas de enfocar la narración. En este juego literario aparecen constantes evocaciones a Borges, Tabucchi, García Márquez, los hermanos Grimm, Kavafis, Onetti, Kafka o Hemingway. Todo ello con una actitud ante la escritura donde nos muestra que la forma de ver y entender la vida es un elemento siempre diluido en la buena literatura.

El cuarto hombre

Javier García Cellino

Avant, 86 páginas 

16,95 euros

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