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Música

La música antigua en España

La urgente necesidad de lograr una política nacional cohesionada en un ámbito en plena eclosión

Cultura - Música

Si observamos el panorama de la interpretación y el desarrollo de la música antigua en nuestro país hace no más de dos o tres décadas, la imagen del mismo era desoladora; precariedad absoluta en múltiples frentes: falta de sólidos criterios musicológicos que propiciasen la puesta en valor del riquísimo y desconocido patrimonio español, escasos intérpretes de relieve, casi nulo apoyo de las administraciones y un total desconocimiento del repertorio, excepto en un muy contado ramillete de compositores, por parte del público y también de los programadores.

Unos pocos pioneros se aventuraron a luchar contra un ambiente hostil, en medio de incomprensiones varias y de múltiples contratiempos que amilanaron al sector pero que, a la vez, le permitieron sembrar y abrir camino.

Gracias a ellos hoy la realidad es muy distinta. Vivimos una eclosión de la música antigua en España y nuestras formaciones empiezan a estar ya presentes en los circuitos nacionales y en los internacionales y, además, con todo tipo de repertorio. El cambio ha llegado en las más variadas direcciones: el desarrollo de la musicología ha sido espectacular, también la formación de los nuevos talentos y la progresiva sensibilización de las administraciones.

Prácticamente todos los auditorios y festivales tienen integrados con normalidad a los intérpretes nacionales compartiendo escenario con los extranjeros. Un hecho, este, natural, porque, al final, la música no tiene fronteras y es la calidad el factor principal a tener en cuenta. Y la excelencia es la vía a través de la cual se obtiene el favor del público.

Cuando en Oviedo apostamos por presentar un festival temático centrado en la música barroca en colaboración con el Centro Nacional de Difusión Musical, la idea de partida fue clara y decidida: de los seis proyectos, al menos la mitad debían estar liderados por agrupaciones españolas. Esta decisión ha permitido unos resultados artísticos relevantes y, a la vez, la recuperación patrimonial de obras que, por fin, se ponían al alcance del público tras siglos de olvido. La implicación es clave en este proceso, sobre todo, porque hay una nueva generación de intérpretes muy activos que se organizan y que han configurado un tejido que, sin duda, continuará creciendo en los próximos años.

Aún queda mucho trabajo por delante. No estamos homologados en el contexto europeo y las consecuencias de la pandemia pueden llevar a un retroceso. En otros países de nuestro entorno las instituciones nacionales tienen un sustento proactivo a las agrupaciones, muy centrado, precisamente, en el apoyo a proyectos concretos y giras. Aquí hay ayudas, pero no tienen la misma entidad ni están estructuradas con la coherencia debida. Debe habilitarse un proceso de apoyo en el cual los grupos presenten sus proyectos para el ejercicio siguiente y sepan, con la antelación debida, la ayuda que van a tener. De este modo, las giras se optimizarían y los costes quedarían reducidos de manera notable. Es esta una de las ventajas que tienen otros grupos comunitarios frente a los nuestros: saben con qué cuentan a la hora de ofrecer sus proyectos.

Del mismo modo, los circuitos –y ahí ya tienen más responsabilidad las administraciones locales y regionales– han de recuperar el vigor que desde la anterior crisis han perdido. Estas dos premisas harían que los canales de difusión de la música antigua se ensanchasen y también permitiesen un crecimiento progresivo en el alcance de cada convocatoria, con formatos más amplios y mayor diversidad.

Es un compromiso a múltiples bandas que, sin duda, ha de tener un liderazgo nacional, una amplitud de miras por parte del Ministerio de Cultura a la hora de estructurar, también en este ámbito, una política cultura de estado. Es una asignatura pendiente que se puede resolver sin necesidad de grandísimos alardes presupuestarios. El asentamiento de una nueva generación de músicos de talento y enorme potencial de crecimiento bien merece el esfuerzo de todos los implicados. Los procesos culturales han de estar integrados en el contexto europeo. A veces se escuchan quejas por actuaciones de músicos extranjeros en nuestro país. Esto es un error y desvía del verdadero objetivo, que es el del crecimiento del sector nacional que tiene que llegar también de su trabajo fuera de nuestras fronteras. El proteccionismo musical por sí mismo ha resultado una catástrofe, y hay muchos ejemplos al respecto en el pasado. El público tiene que escuchar a nuestras agrupaciones y a las de fuera y el público de otros países también ha de tener la opción de escuchar a los españoles. Por esta mentalidad pasa la verdadera ambición artística; lo otro revela perspectivas pobres, carentes de relieve.

España ha hecho un gran esfuerzo de apoyo en democracia a la música patrimonial: en las universidades, en los conservatorios, en las infraestructuras, en las orquestas sinfónicas. Ha llegado la hora de la música antigua y de dejar ver al mundo que aquí también somos una potencia cultural.

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