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Carta de Wisconsin

The hill we climb

El poema auroral de Amanda Gorman en la investidura de Biden y Emily Dickinson al fondo

Amanda Gorman, recitando su poema “The hill we climb” (“La colina que escalamos”) en la toma de posesión de Joe Biden, el pasado 20 de enero.

Amanda Gorman, recitando su poema “The hill we climb” (“La colina que escalamos”) en la toma de posesión de Joe Biden, el pasado 20 de enero. E. P.

¿Qué imagen le daríamos, ahora mismo, a la esperanza? Una joven vestida de amarillo se sube al podio y recita: “La esperanza es esa cosa con plumas– / que se posa en el alma”. Los versos no son de Amanda Gorman, sino de Emily Dickinson, vestida de blanco en su casa de Amherst, Massachusetts. Estamos en 1861, el año en que dio comienzo la Guerra de Secesión. Al término de la guerra en 1865, Dickinson no se subió a ningún podio. No recitó láureas para dar la bienvenida a una nueva era. En el silencio blanco de la escritura, Dickinson había elegido la forma de un pajarillo como símbolo de la esperanza, y acababa su poema hablando del íntimo abandono de su entrega: “Y sin embargo – nunca – en Extremo / ha pedido una miga / de mí.”

Un siglo y treinta años más tarde, en 1993, Maya Angelou se sube a otro podio, a otra escena, a otra época. El gran abrigo negro cubre su vestido, del que nada más asoma como un centelleo implacable el borde de unas mangas carmesí. Y recita: “Una Piedra, un Río, un Árbol / anfitriones de especies perdidas / testigos del paso del mastodonte, / el dinosaurio que sólo dejó tras de sí marcas secas / de su estancia aquí / en el suelo de la Tierra, / cualquier señal de su prematuro destino / perdida en la oscuridad del polvo y las eras”. En su poema inaugural “Sobre el pulso de la mañana”, Angelou canta a la tierra, a la belleza de las cosas inmóviles, a la esperanza que reside en la inmanencia común al silencio de la materia. Y algo tiembla; hay esperanza en eso: en la acumulación de colores otoñales vibrando a lo largo del noroeste, en la explosión veraniega de flores silvestres cubriendo las Grandes Llanuras, en el desierto florido que sacude las colinas de California. Sin embargo, Angelou rescata otra forma, otra imagen que pasa desapercibida en la asunción de la belleza: las piedras. En su indomable resolución, en su tránsito silencioso, pueden ser el más pequeño de los guijarros; asumir la forma de un fósil antiguo e indescifrable; retumbar contra la tierra bajo la figura de un mineral cristalino que nos refleja. Y algo se agita: “Pero hoy, la Roca nos grita, clara y poderosamente, / venid, sentaos sobre mi / espalda y afrontad vuestro destino / pero no busquéis refugio en mi sombra / no os daré cobijo”.

Si tuviera que responderme a mí misma y tuviera que elegir una imagen para la esperanza, me quedaría con la forma de la roca. La roca que nos dice: “Erguíos sobre mí / pero no escondáis vuestro rostro”. Me subiría a ese canto, reposaría sobre su borde, me asomaría a la cima del terremoto; en el estremecimiento de una curiosidad desbordante: permitiría que me sobreviniera la sorpresa.

La imagen de la esperanza está inevitablemente unida al deseo: ¿qué esperamos, qué le pedimos a la esperanza? Quizás la única forma de darnos respuesta sea a través de la materialización de las piedras; cargar su peso en los bolsillos, medir su lastre contra la pulsación de una mañana ligera; como un canto pelado lanzado con determinación al horizonte; una cima por escalar; la llegada de un huésped inesperado; la pulsación secreta de una alegría inexplicable: “Y decir simplemente, / muy simplemente / con esperanza– / Buenos días”.

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