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Chuck Palahniuk: “Me gusta escribir sobre lo que está temblando en el horizonte”

“Los medios tradicionales han perdido tanto dinero que se han visto obligados a dramatizar las noticias, lo que no ayuda a calmar los ánimos”

Chuck Palahniuk, en el Festival de Cine de Roma, en 2017.

Chuck Palahniuk, en el Festival de Cine de Roma, en 2017.

El profeta del caos. El escritor que se divirtió imaginando la destrucción del mundo. El nuevo Jonathan Swift de la modernidad. El autor al que la crítica le gusta odiar por repetitivo y sensacionalista. Con ustedes, el autor de “El club de la lucha”: Chuck Palahniuk. Alguien que recoge de la basura las más repugnantes fantasías de violencia y erotismo, las filtra a través de su mirada grotesca y las transforma en literatura para placer de sus incontables fans, que le siguen con el convencimiento de ser los fieles de una religión nueva e intensa.

Palahniuk está pasando la pandemia en una acogedora cabaña con chimenea en las nevadas montañas de Oregón, pero se ha trasladado a casa de un amigo en Portland porque en su domicilio no tiene buena cobertura ni desea tenerla. Allí, vía Zoom, habla de su última maquinación oscura, “El día del ajuste” (Literatura Random House), una distopía en la que Estados Unidos, tras la destrucción de las élites por una revolución conspiranoica, se ha dividido en tres países distintos que albergan a los blancos, los negros y los gais.

–¿Cuando vio la toma del Capitolio el pasado 6 de enero, una escena que parece extraída de su novela, se sintió inquieto por su poder de predicción?

–La verdad es que no. No hay que ser muy listo para saber que algo parecido podía pasar. Tuvimos todo un año de protestas muy violentas en contra de las prácticas policiales contra los negros. Fue una reacción pendular que comprendo.

–En Europa no nos podíamos creer el asalto, con ese figurón con cuernos que podría definirse como palahniukiano. ¿Me lo explica?

–En Estados Unidos ocurren estas cosas cada cierto tiempo. Cosas de las que no acabamos de tener todos los datos, como el 11-S o el asesinato de Kennedy y que, posiblemente, nunca entenderemos. Lo cierto es que ocurren con cierta regularidad.

–¿Entrevistó a gente de extrema derecha para comprenderlo y escribir así su novela?

–También lo hice con la extrema izquierda. Quería describir las quejas de ambas partes. Siempre hago lo mismo. En “El club de la lucha” transmití las inquietudes de muchos amigos y conocidos de mi generación.

–¿Percibía que Estados Unidos se estaba convirtiendo en una sociedad fracturada?

–Sí, gracias a Internet. Antes el conocimiento venía de los periódicos o de la iglesia del barrio. Ahora la información está fraccionada en diferentes fuentes sin la menor cohesión. Es difícil que se cree una visión única, salvo que una nueva religión, un nuevo culto, lo consiga. Yo diría que en los próximos 10 años van a aparecer cultos de ese tipo y que serán equiparables a los movimientos espirituales de los años 60.

–¿Entonces Joe Biden no va a calmar las cosas?

–Nooo, en absoluto, porque Internet y las redes sociales van a mantener a todo el mundo cabreado. Además, como los medios tradicionales han perdido tanto dinero se han visto obligados a dramatizar y espectacularizar las noticias, lo que no ayuda a que los ánimos se serenen. La única solución es que la gente cierre la tele y abandone las redes sociales.

–No dirá que Trump no podía haberse convertido en un personaje de sus ficciones.

–Al principio me pareció interesante que una figura pop como la suya acabara convirtiéndose en un político, pero se reveló terriblemente aburrido.

–No le voy a preguntar a quien votó, pero sí si lo hizo.

–Lo hice, pero no por nadie que pueda imaginar.

–Me parece curioso que alguien tan iconoclasta como usted pase por las urnas.

–Digamos que tiré mi voto. Dejémoslo así.

–¿Cree que “El día del ajuste” es una respuesta a la era Trump como lo fue “El club de la lucha” respecto a los miedos milenaristas del final del siglo XX?

–Hay mucha gente en Estados Unidos que cree de verdad que lo que debemos hacer es balcanizarnos, que la segregación nos va a convertir en un país más feliz de lo que es ahora. El libro concreta esa fantasía que empieza a resquebrajarse con las parejas mixtas o los hijos gays y acaba en catástrofe.

–Usted parece un tipo calmado. ¿Cuál es su relación con la violencia?

–Bueno, mi trasfondo familiar fue muy violento. Mi abuelo mató a mi abuela y mi padre fue asesinado por el ex de su novia. Mi intención es mostrar esa pulsión de una forma organizada, como si se tratara de un juego, para que el lector no se quede paralizado ante ella y pueda descubrir que tiene más poder de lo que imaginaba para afrontarla.

–Por eso “El club de la lucha”, que entre otras cosas es una suerte de glorificación de la violencia, acabó convertido en un icono generacional de la cultura norteamericana.

–Sí, pero creció muy poco a poco. Tardó como 10 años, cuando la película de David Fincher, que fue un fracaso en taquilla, acabó como un título de culto. Pero si hubo lectores apasionados es porque la escribí con pasión.

–Las críticas que se le hicieron entonces se dividían entre los que le consideraban un fascista y los que creían que era un nihilista. ¿Qué le parece?

–(Ríe). Si yo fuera un nihilista verdadero, habría eliminado todas las connotaciones negativas del fascismo y no lo hice. Pongamos que soy una especie de nihilista que elige el amor, el romanticismo y el optimismo.

–¿Romanticismo? ¿Me habla en serio? Quizá pueda decirme por qué sus escenas eróticas no resultan muy sexis.

–Gracias por eso. Cuando escribo una escena de sexo suelo darle un ángulo cómico y absurdo para resolver la tensión. Pero cuando la escena erótica no es absurda, entonces acaba rompiéndote el corazón de tristeza. Como en el cuento “Tripas”, ¿lo conoce?

–Ese cuento que provocaba que en su lectura las audiencias se desmayaran o vomitaran, sobre un chico que se masturba en una piscina…

–Sí, pero también hubo gente que acabó llorando con el resultado. Tiene un final que te parte el corazón.

–En muchas de sus novelas ha retratado una masculinidad tradicional y a menudo tóxica. ¿Usted, como homosexual [el autor tardó muchos años en revelarse como tal], tiene un especial punto de vista?

–Soy crítico respecto a todo. Veo a muchas mujeres que conciben el feminismo adoptando las reglas de los hombres y esto ha diluido mucho los roles. Pero, en fin, siempre he sabido aislarme de mi entorno y he llegado incluso a escribir en medio de un entorno ruidoso. Esta es una imagen que explica cómo nunca he terminado de encajar en ningún colectivo, independientemente de quién sea yo. Incluso si estoy rodeado de gais y lesbianas me siento ajeno a esa cultura.

–¿Puedo preguntarle en qué anda ahora?

–Lo que me interesa es escribir sobre lo que está temblando en el horizonte y todavía no puede verse. Me gusta mucho hablar con la gente y averiguar experiencias que habían escondido en su memoria. Recientemente, en mi clase de escritura con alumnos jóvenes, pero también hombres maduros de más de 60 años, descubrí que muchos de ellos, de niños, no habían encontrado bolsas o cajas con revistas pornográficas tiradas en la basura o en una pista de golf, algo que nunca habían contado a nadie. De eso irá mi próxima novela.

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