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Música

Un desprecio secular

La atonía de la música española, y de la zarzuela, frente a otros géneros

Cultura - Música

La pasada semana, durante las representaciones de “Granada”, el espectáculo en el que Giancarlo del Monaco ha unido “La tempranica” de Giménez con “La vida breve” de Falla, se introduce una interpretación que sirve, a la vez, de nexo de unión entre las obras y de explicación de la acción de la primera, sustituyendo a las partes habladas de la misma. Alberto Conejero, uno de los mejores dramaturgos de nuestro país, escribió tres encuentros imaginarios entre ambos compositores que, por su melancolía y amargura, considero que definen perfectamente el pasado y la realidad actual de la zarzuela en particular y de la música española en general.

Frente a un entusiasta Manuel de Falla, Gerónimo Giménez deja ver su desolación ante el desprecio de la sociedad española hacia la música, y también el poco peso de las zarzuelas, que quedan rápidamente olvidadas ante la llegada de otros estilos.

Por desgracia, esta realidad no ha cambiado más de un siglo después. Los compositores líricos, a lo largo del siglo XIX, vivieron en carne propia el desprecio oficial hacia su trabajo. El favor del público nunca se correspondió con el apoyo institucional, volcado en géneros foráneos. La cuestión de una ópera nacional se convirtió en una obsesión, un trauma que muchas veces ocultaba el esplendor de un género propio, híbrido, que nace de múltiples influencias, capaz de asimilar estilos muy diferenciados y cohesionado de un lenguaje dramático-musical genuino y original: la zarzuela.

No pensemos que sólo en el Purgatorio quedó nuestro teatro lírico. La misma, o peor suerte, corrió nuestra música sinfónica o la de cámara. Faltó voluntad para empujar procesos muy brillantes y muchas carreras no tuvieron el desarrollo debido por falta de apoyo. El impulso de la música en España siempre ha estado muy por detrás de su nivel de calidad, en lo que a las instituciones públicas se refiere. Hoy, por ejemplo, cuesta encontrar temporadas de teatro lírico español con ambición artística más allá de Madrid, Oviedo y algún otro festival más modesto en otras regiones. En teatros de referencia, como el Real de Madrid, el Liceo de Barcelona, la Maestranza de Sevilla o el Palau de Les Arts de Valencia, la lírica nacional es casi una anécdota en la programación, como si hubiese que cubrir unos mínimos y dedicarse con ahínco a volver a programar otro Donizetti mil y una veces visto.

Es curioso cómo los profesionales que llegan de fuera no tienen estos prejuicios: A Helga Schmidt, por ejemplo, le debemos el fomento de producciones magníficas en Valencia: “El rey que rabió” o “La vida breve”, que estos días se ha programado en Oviedo, se realizaron durante su etapa al frente del equipamiento. También Paolo Pinamonti ha sido un gran defensor del repertorio español, por ejemplo. En España sólo Emilio Sagi en el teatro Arriaga y, por supuesto, en el Real y en La Zarzuela, se volcó en la producción de zarzuela de primer rango, y Daniel Bianco sigue empeñado con acierto, también desde el teatro de La Zarzuela, en la más que imprescindible renovación del género. Del resto poco o muy poco se puede esperar. En el sinfonismo aún es peor la realidad actual. Cuesta que los directores musicales tengan empeño en programar obra española de otros periodos o incluso estrenos. Es una lucha que no hay forma de ganar. Salirse del repertorio centroeuropeo es una victoria que se consigue muy de cuando en cuando, pese al convencimiento que algunos tenemos al respecto.

Sostengo que el Ministerio de Educación y Cultura tiene una responsabilidad inmensa en este ámbito. Debería ser el encargado de potenciar a nuestros compositores, a los intérpretes, generando circuitos y convirtiendo los entes nacionales que todos pagamos en verdaderos ejes culturales, vertebrados de la realidad el país. ¿Recuerdan ustedes algunas giras por diversas regiones de la Orquesta o del Coro Nacionales de España? La última vez que estuvieron en Oviedo fue porque tenían cerrado el Auditorio Nacional en el que estaban cambiando la instalación eléctrica. O, lo que es lo mismo, se les fue la luz y salieron de gira a “provincias”, tal y como se suelen referir a las esporádicas salidas nacionales, habitualmente realizadas en verano cuando el Nacional cierra por vacaciones. Un antiguo gerente de la agrupación al que le solicité un concierto de la formación en el Auditorio de Oviedo me dijo que él prefería llevar de gira a la orquesta a Japón o a China que venir a Oviedo a León. ¡Como si fuera algo incompatible! Esta es la verdadera mentalidad ministerial: no atraviesa ni a la M-40 que rodea la capital del reino. De ahí que la música española carezca de una defensa firme y constructiva, de una decidida política en positivo que demuestre al mundo su pujanza y alto nivel de calidad. “Váyase a París si quiere hacer algo en la música” le decía en “Granada” el viejo maestro al joven Falla estos días en el teatro. Y así seguimos.

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