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Hildegarda de Bingen: la mujer que supo ver más allá

Biografía de una abadesa, visionaria, artista y pensadora del Medievo

Autorretrato de Hildegarda en la ilustración de su obra “Liber divinorum operum”.

Autorretrato de Hildegarda en la ilustración de su obra “Liber divinorum operum”.

Hildegarda de Bingen nació en el actual estado alemán de Renania-Palatinado en 1098. Era la décima hija de una familia noble acomodada y, como tal, fue entregada como oblata y consagrada a la actividad religiosa. Desde su niñez vivió con su mentora Judith (Jutta) de Spanheim en la corte y posteriormente se enclaustraron juntas, con un grupo de monjas, en un monasterio masculino. A la muerte de su instructora y pese a su juventud, Hildegarda fue elegida abadesa de forma unánime por la comunidad de hermanas.

Durante su cargo, Hildegarda dio rienda suelta a sus múltiples talentos y se convirtió en la primera mujer de la historia en lograr metas tan diversas como fundar dos monasterios exclusivos para mujeres, predicar por los pueblos y acceder a los pecados ajenos por medio de la confesión. Aunque en ocasiones le costara largas contiendas y su salud se viera afectada, para todas estas iniciativas consiguió el permiso de la Iglesia, con cuyas autoridades mantenía contacto regular. Asimismo, Hildegarda llegó a relacionarse con los altos cargos políticos de su época, siendo en muchos casos su consejera, algo impensable para cualquier mujer contemporánea. Este torrente de actividad se originó a raíz de una revelación: la abadesa tenía visiones. Con cuarenta y dos años, experimentó una que recibió como instrucción divina para escribir todo cuanto observara y oyera durante dichos trances. Tras consultarlo con otros religiosos e, incluso, con el papa, Hildegarda comenzó así la redacción de su vasta obra y, lo que es más importante, disfrutó de una libertad inusitada para una mujer.

Alimentando una esencia precursora del Humanismo, la entonces llamada Sibila del Rin trascendió los límites de la religión tal y como estaba planteada para las mujeres, y conjugó su identidad en plural. Además de unas 300 cartas que atribuimos a su autoría, escribió tres obras de carácter teológico sobre moral, cosmología y antropología. Abordó cuestiones científicas y médicas en dos volúmenes que contienen numerosos remedios naturales, propiedades de plantas, animales y minerales y otras curiosidades, como una apología de la cerveza basada en argumentos “científicos”.

Escribió sobre el orgasmo femenino y la cuestión carnal de forma clara y apasionada

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Nos atrevemos a decir, sin embargo, que la mayor sorpresa que nos da Hildegarda son sus consideraciones sobre el orgasmo femenino, que bien le podrían valer el título de primera sexóloga de la historia. La abadesa escribió sobre la cuestión carnal sin miedo, de una forma tan clara como apasionada. De modo igualmente controvertido, expresó su particular percepción del pecado original, según la cual, el único culpable habría sido Satán, envidioso de la capacidad de generar vida que posee la mujer.

Haciendo gala de otros talentos artísticos, Hildegarda escribió poesía, ilustró sus propias obras con coloridos grabados y compuso 68 complejas piezas musicales muy valoradas en la actualidad. También creó la “lingua ignota”, considerada la primera lengua artificial de la historia, con un alfabeto propio de 23 caracteres:

Afanada en su estudio, su intensa actividad y sus esfuerzos por el cambio, Hildegarda vivió hasta los 81 años. Falleció en 1179, rodeada de sus monjas. Aunque fue reconocida como santa durante siglos, su canonización oficial no tuvo lugar hasta 2012, cuando el papa Benedicto XVI le otorgó el título de doctora de la Iglesia.

El lector comprenderá cuán difícil es darle título a la vida apasionante de esta abadesa visionaria. Ciertamente, y para matizar el que les sugiero, Hildegarda no solo supo, sino que quiso y se atrevió a ver más allá, dejándonos en herencia, además de una obra de valor inestimable, la memoria de su lucha, su coraje y su voluntad.

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