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Carta de Wisconsin

Perder un libro

“El principito” de la abuela, con un recuerdo para los fallecidos Concha Quirós y Lawrence Ferlinguetti

Ilustración de “El principito”, de Antoine de Saint-Exupéry.

Ilustración de “El principito”, de Antoine de Saint-Exupéry.

No recuerdo la primera vez que entré en una librería, pero sí recuerdo abrir con curiosidad las páginas olor a eucalipto de un viejo ejemplar de “El principito” en casa de mi abuela y leerlo una y otra vez, intentando descifrar aquel enigma que me proponía el zorro de las estrellas. Entre las hojas del libro alguien había escondido cuidadosamente diferentes hojas de roble, abedul o álamo que, con el paso de los años, habían quedado perfectamente secas, perfectamente preservadas, en secreto. El libro no era mío, y con el tiempo, perdí el rastro de aquel ejemplar tan querido que había querido desentrañar sin éxito.

Gran parte de mi relación con los libros se la debo a mi abuela, que me llevó incontables veces a las diferentes librerías de Oviedo en busca de diferentes lecturas con las que pasar mis tardes. La Cervantes era una de nuestras paradas favoritas. Recuerdo poco del local antes de su renovación; lo que sí recuerdo es el olor de mi abuela, que se fundía con el del Campo San Francisco durante el otoño al anochecer. Recuerdo perderme en diferentes librerías en mi propia imaginación selectiva, apoderarme del libro elegido como quien encuentra un tesoro pobre y secreto y llevármelo feliz de vuelta a casa, sólo para devorarlo ese mismo día, o unos más tarde. Nunca en todos esos años de estrategias silenciosas entre las estanterías, de paseos a la Cervantes pasando por el Fontán o el Hipercor al apagarse el día, se me ocurrió una sola vez comprar “El principito”. Consideraba que mi ejemplar existía en algún lugar, perdido.

Ilustración de “El principito”, de Antoine de Saint-Exupéry.

Mi relación con la lectura comenzó de manera anónima, y esa relación desde el secreto continuó a lo largo de los años. No fue hasta después de mudarme de casa de mi abuela que se me reveló quién era el misterioso propietario de ese desaparecido ejemplar de “El principito” que sentía tan perdido y tan mío. Cuando el “The New York Times” se hacía eco el pasado 22 de febrero de que Lawrence Ferlinghetti moría en San Francisco a los 101 años, sentí la pérdida de un lugar que no había visitado, pero al que había deseado ir desde mi mudanza a Estados Unidos. La oportunidad de conocer a Ferlinghetti en persona había desaparecido repentinamente, así como visitar la famosa librería City Lights en vida de su mítico dueño. Me acordé entonces de mi librería de confianza en Granada, Ubú Libros, y eché de menos a Marian, y el haber perdido la oportunidad de visitar su nuevo local, y el anterior. Marian fue la primera librera con quien rompí mi relación anónima con la lectura. Desde ese contacto real, la lectura y la autoría dejaron de ser clandestinas para ser compartidas. De repente, se había establecido un punto de contacto y, a su vez, se inició una conversación silenciosa que parecía guardar algunos de los rasgos de aquel antiguo anonimato. Dos días después de la muerte de Ferlinghetti, el 24 de febrero, la prensa española se llenó de noticias sobre el fallecimiento de Concha Quirós. Y entonces mi silenciosa e infantil relación con la lectura se abrió. Hasta ese momento, no supe quién era Concha, la mujer detrás de la librería Cervantes; y del mismo modo, Concha ya nunca sabría quiénes éramos mi abuela y yo. Otro mundo se cerraba y perdía.

Nuestra relación con los lugares pasa a veces desapercibida, pero hay un camino secreto, casi imperceptible, que los une. En mis primeros años de universidad, me gustaba pasar las tardes en casa de mi abuela antes de tomar el autobús de vuelta a casa. Una de esas tardes, mi abuela, al despedirse, me dio un pequeño paquetito rectangular. Sonreía traviesa y cómplice. Cuando abrí el improvisado envoltorio entendí su suave afán en que abriera el regalo. Era “El principito”; no el ejemplar antiguo de mi infancia, sino uno nuevo, elegido por ella. Cuando le pedí que me escribiera una dedicatoria, no quiso. Sabía que, de alguna forma, había recuperado mi libro y que no hacían falta más palabras. Era nuestro secreto. Ya en el umbral de la puerta, cuando nos decíamos adiós, mi abuela se acercó a mí y, apretando el libro contra mi pecho, me pidió una cosa: que la recordara para siempre.

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