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Arte

Cuando el espacio se come hasta la emoción

La Fundación Azcona expone su colección de escultura en la Cúpula del Niemeyer

Vista de la exposición. | Kike Llamas

Vista de la exposición. | Kike Llamas

Diez años del Centro Niemeyer de Avilés sirven para confirmar lo que ya se sabía: que su Cúpula es un espacio casi inservible para exposiciones convencionales. Por muy bueno que sea el contenido, se lo come el continente. Arquitectura autorreferencial, moderna e impositiva, como la de los más jóvenes Santiago Calatrava y Patxi Mangado, el centro del brasileño gira en torno a sí mismo, sin propósito de funcionalidad. La media esfera de Oscar Niemeyer fue concebida como “Museo”, o contenedor de las musas, pero es difícil saber dónde se encontraba su inspiración cuando el centenario arquitecto decidió que todas las paredes fueran curvas e inclinadas, para que no se pudiera colgar nada, como si la Cúpula se bastara por sí sola y le estorbara cualquier cosa que se expusiera dentro e hiciera competencia a su propio exhibicionismo. No será muy diferente en el Museo Nacional Honestino Guimarães de Brasilia o en el Puerto de la Música de Rosario, Argentina. Genio y figura hasta la sepultura.

Aparte de lo de las paredes, tiene otros graves defectos, como la acústica (que también afecta al Auditorio, parece mentira) y la iluminación, escasa y poco preparada para una sala de exposiciones. Podría pensarse que, dada su inadecuación para cuadros y soportes bidimensionales, sería más apropiada para escultura, pero tampoco se ve que sea así, por ejemplo en el caso que nos ocupa. Toda obra en dos o tres dimensiones (alto por ancho por fondo) tiende por definición a converger hacia el centro y en un hemisferio tan potente como el que plantea Niemeyer necesita expandirse si no quiere resultar absorbida (de ahí que Rosalind E. Krauss contrapusiera la escultura al par arquitectura/paisaje en su conocido ensayo sobre la instalación artística posmoderna). Sólo un proyecto que incorpore la dimensión espacial y sea pensado específicamente para la Cúpula del Niemeyer podría intentar resistirse a la fuerza centrípeta que ejerce el sitio, verdadero agujero negro a pesar de su blancura. Y, a ser posible, que tenga luz propia, para solventar otra de sus carencias más notorias. El actual director del Centro Niemeyer, Carlos Cuadros, es bien consciente de ello.

Es cierto que el montaje de una exposición es siempre una instalación, pero, en ocasiones, ésta no es suficiente, a pesar del esfuerzo de profesionales como Ramón Isidoro, encargado de la coordinación técnica y el diseño expositivo. María Toral, comisaria de la actual exposición, habla de la “ocupación del espacio” y explica bien en el texto del catálogo la evolución de la escultura como medio de expresión y el paso del volumen cerrado a la estructura abierta y al vacío, pero su discurso queda apenas recogido en la presentación final de las cincuenta y tres obras expuestas, empequeñecidas en un espacio tan imponente. Si el proceso se hubiera podido seguir de manera más coherente, la mayoría de ellas deberían haber perdido su pedestal, pero con ello se hubieran vuelto casi invisibles sobre la moqueta gris. En esas condiciones poco o nada se puede hacer. Sólo las piezas de dos artistas parecen haber encontrado su lugar: las de Alicia Martín, bien instaladas directamente en el suelo de una sala oscura, y la de Bernardí Roig, enfrentada en un rincón a su propio muro de las lamentaciones.

“La emoción del espacio”, que cuenta con el apoyo de la Fundación Banco de Sabadell y la Universidad de Oviedo, muestra una pequeña parte de la colección de escultura de la Fundación Azcona, integrada por la familia del periodista y empresario Lalo Azcona, que a lo largo de cuatro décadas ha ido formando una de las colecciones de arte (también de pintura) más importantes de España de las relacionadas con Asturias. Las otras, mejor conocidas, son las de Plácido Arango, Juan Antonio Pérez Simón o la familia Masaveu, que hace un par de años también expuso en el mismo espacio su amplia colección de sorollas, en un montaje asimismo discutible pero de mucho éxito. De la de Azcona es la primera exposición que se hace en su tierra natal y aunque está integrada por grandes nombres, desde Rodin, Julio González o Picasso a Pablo Serrano, Pablo Palazuelo, Martín Chirino, Gustavo Torner o Antonio López, quizá ha prevalecido demasiado ese criterio y por eso predominan las piezas originales, que en escultura permiten hasta ocho copias, frente a las obras únicas, lo que resta emoción al encuentro, ya suficientemente diluido. Entre estas últimas, destacan las de artistas locales como Amador Rodríguez, Juan Gomila, Melquiades Álvarez, Pablo Maojo o el siempre espléndido José María Navascués, que bien se merecería un catálogo razonado como el que la Fundación Azcona ha dedicado a varios de los artistas citados, en lo que es la principal actividad divulgadora de una entidad benéfica cuyo espíritu es “apoyar el talento, impulsar la difusión de la cultura con criterios de libertad, estímulo de la innovación, de la búsqueda de la belleza, de reconocimiento del genio y de la imaginación”. Ni más ni menos.

La emoción del espacio

Colección Azcona 

Centro Niemeyer, Avenida del Zinc s/n, Avilés.

Hasta el 13 de junio.

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