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música

El genio de Stravinsky

El mundo de la música conmemora los cincuenta años del fallecimiento del compositor ruso

Igor Stravinsky, hacia 1930. | Wikipedia

Igor Stravinsky, hacia 1930. | Wikipedia

El pasado 6 de abril se cumplieron cincuenta años del fallecimiento de uno de los grandes genios de la historia de la música, y una de las figuras clave del siglo XX, Igor Stravinsky.

El músico ruso sigue con vigencia plena y una buena parte de su catálogo continúa interpretándose en los teatros y salas de conciertos, convertida su mera presencia en el cartel en buen reclamo para el público, que lo ha incorporado ya con plenitud dentro del listado de autores populares. A ello ha contribuido, sin duda, su música para ballet, que lo encumbró y le dio fama mundial, especialmente con el monumental escándalo en París del estreno de “La consagración de la primavera”.

Nacido en la Rusia zarista, acabó convertido en una celebridad mundial, en un autor reclamado por los más poderosos jefes de estado y reverenciado por muchos de sus colegas, aunque, eso sí, no de forma unánime, algo que siempre conviene cuando se alcanza lo más alto en las artes. En la cima, la unanimidad es sinónimo de funeral, la polémica siempre garantiza mayores réditos.

Alumno, entre otros, de Rimski-Kórsakov, sin duda el punto de inflexión de su carrera llegó cuando en 1909 conoció a Sergéi Diáguilev, el impulsor de los célebres Ballets Rusos, con el que estableció una cooperación estable que se materializaría en obras maestras como “El pájaro de fuego”, “Petrushka” y “La consagración de la primavera”. En esta última creación es donde “explota” la bomba en el estreno en el teatro de los Campos Elíseos de París en mayo de 1913. El escándalo de la sesión fue de tal magnitud que impulsó la fama de la compañía de danza y del compositor de forma exponencial. Con el sustrato de la música folklórica rusa, Stravinsky trenzó una obra radical, profundamente irreverente en el fondo y en la forma que rompió, también en la coreografía, con el habitual sustrato del ballet romántico, casi de forma salvaje y telúrica, con Nijinsky como “sumo sacerdote” de una noche que ha quedado marcada en el calendario de la historia cultural de Occidente de manera indeleble.

A partir ahí, el músico siguió adelante con especial fortuna. El estallido de la Revolución Rusa lo convirtió en un exiliado y siguió escribiendo obras fabulosas, algunas de ellas en colaboración con otros artistas como Jean Cocteau o Auden, entre otros. Su lenguaje musical fue evolucionando hasta una fecunda etapa neoclásica y fue dejando hitos como “Oedipus Rex”, “The Rake’s Progress” o la “Sinfonía de los Salmos”. Tampoco fue ajeno al serialismo, aunque ahí sus aportaciones quizá no mantienen la vigencia de otras etapas.

Su presencia en España fue habitual desde que llegó a nuestro país por vez primera en los años veinte en una gira con los Ballets Rusos. Además, una familia ovetense, los Prieto, mantuvieron desde su residencia en México una gran relación con el compositor.

El iconoclasta crítico británico Norman Lebrecht lo define muy bien en su artículo mensual en la revista “Scherzo”: “En el último medio siglo, ningún compositor ha alcanzado la fama y la estatura de Stravinsky, y ninguno ha cenado con tanta naturalidad en el Elíseo y en la Casa Blanca. Stravinsky fue el último de los Grandes Compositores. Una vez que se fue, cerraron el canon y tiraron la llave”.

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