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Emocionante aventura con Ramón Tamames

“La mitad del mundo que fue de España” se lee como una novela por la agilidad y la galanura con la que está escrita

Cultura - Libros

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Para esta época en la que todos nos vemos obligados a llevar una vida contenida en punto a viajes y desplazamientos, recomiendo la lectura del último libro de Ramón Tamames titulado “La mitad del mundo que fue de España. Una historia verdadera, casi increíble”.

Me parece que fue Pío Baroja quien alguna vez escribió que, sedentario como él era, le encantaba narrar la vida de intrépidos viajeros para poder compartir con ellos aventuras que él era incapaz de emprender. Y de ahí la trama de muchas de sus novelas trepidantes de acontecimientos escritas en la tranquilidad de Itzea o de su casa madrileña.

La obra de Tamames no es una novela pero, por la agilidad y la galanura con la que está escrita, se lee en efecto como una novela. De las que solazan a pesar de la dificultad de lo que en ella se describe.

Se trata de que el lector acompañe, desde su vivienda cercada por el virus, a los navegantes que, desde finales del siglo XV, hicieron el mundo más grande y ancho, más complejo, definitivamente más moderno. Trabará relación con Magallanes y Elcano, con el sueño de las islas Molucas, con el comercio de las especias, con los grandes acuerdos internacionales que pusieron orden en ese formidable acontecimiento que fue la hazaña de Cristóbal Colón. A ese mismo lector le aguarda un sinfín más de sorpresas que, desveladas por la pluma de Tamames, le permitirán comprender mejor la relevancia de las filigranas que se tejieron para conformar nuevos espacios políticos y económicos.

El origen de todo ello, lo que deja pasmado al lector, es el espíritu de aventura de unos hombres para quienes hacerse a la mar en unos barcos frágiles resultaba una empresa realizable, nada utópica. Luego vendría la labor de papas y reyes, firmantes de tratados y documentos que introdujeron esos viajes intrépidos en la horma del lenguaje diplomático, del lenguaje del poder.

Pero lo que está en el origen de todo es la nao, la carabela y el viento. Todo el largo relato de navegantes y descubridores está escrito en la historia por el viento.

Es el viento el que permite llegar a la pimienta, a la canela, al azafrán, a la nuez moscada, al clavo … Y el que permite que luego crucen los océanos hasta llegar a los figones y a las mesas de Europa.

Luego, cuando el viento se calma o lo conjuramos porque entramos en una habitación bien caldeada, el protagonismo lo adquieren ya la pluma, la tinta, el papel, el sello ... Es así como nace el Tratado de Tordesillas, un hito en la historia de la diplomacia moderna, que ratifica la bula “Inter caetera” y que constituye un título de adjudicación a los Reyes católicos “de la mitad del mundo que fue de España”. En Tordesillas se define un hemisferio para España, así como un mar inmenso, un océano que hoy llamamos “Pacífico”.

En esta formidable odisea nos encontramos nombres como los de Magallanes y Elcano, también otros de personajes que quedan en un segundo plano pero que son decisivos. Este es el caso por ejemplo de Cristóbal de Haro, muy habilidoso banquero burgalés, confidente de Carlos I, que financia estas aventuras colosales.

Con Elcano se da la vuelta al mundo (“primus circumdedisti me”) y, tras su llegada a Sevilla, es llamado a Valladolid por el emperador, quien se convierte en el poseedor de la Especiería, aunque por poco tiempo, pues en Zaragoza se cede tal rico archipiélago a Portugal. Carlos I necesitaba dinero para ponerse a la cabeza del Sacro Imperio Romano Germánico. Volvería el archipiélago a España durante la unión de las dos coronas ibéricas y, cuando se rompió, lo cierto es que España siguió ostentando su control en la medida en que las islas dependieron de la protección del capitán general de las Filipinas, dependientes a su vez del virrey de la Nueva España.

La investigación de Tamames es imposible llevarla a las escuetas páginas de un artículo periodístico. Pero sí quiero subrayar que su mirada de Argos no deja espacio sin penetrar y en este sentido es hermosa y precisa la atención que dedica a personajes singulares de los siglos posteriores como el marqués de la Ensenada, tan ensalzado como maltratado por el poder como ocurre con frecuencia en esta España desmesurada con sus grandes hombres. O al asturiano de Pola de Somiedo Flórez Estrada, quien hizo una propuesta para la transformación de la monarquía hispánica en una mancomunidad española de ambos hemisferios. O al leonés Bernardino de Sahagún, verdadero fundador de la Antropología.

A mí, en fin, me ha gustado mucho el capítulo dedicado a las estructuras políticas y administrativas que permitieron gobernar nuestras posesiones en América y que yo empecé a aprender de las enseñanzas en la Facultad de Derecho del Profesor Ots Capdequí, depurado catedrático de Historia del Derecho, a quien dejaban dictar algunas lecciones a alumnos receptivos a las enseñanzas de los viejos maestros. Además, Tamames hace especial hincapié en recordar el “juicio de residencia”, institución destinada a examinar la labor desarrollada por las autoridades al término de su mandato para evitar los abusos y la corrupción. Un instrumento que yo he reivindicado en mis escritos para aplicarlo a tanto forajido como se desplaza por el escenario político español actual.

Y una última consideración, esta de técnica narrativa. Es un hallazgo de Tamames la creación de un contradictor quien, al final de cada capítulo, pone las banderillas al autor criticando con desparpajo sus afirmaciones o recordándole sus olvidos.

Todo sediento de emociones tiene una buena fuente donde abastecerse en esta obra de Ramón Tamames.

Cubierta del libro

Cubierta del libro

La mitad del mundo que fue de España

Ramón Tamames

Espasa, 576 páginas, 22,90 euros

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