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El vicio de Napoleón

T. S. Norio ha escrito un libro sobre el Gran Corso que refleja la adicción que genera y propone cómo curarla

Cultura - Libros

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No es un libro cualquiera más que colocar en la biblioteca infinita de los asuntos napoleónicos. No es una biografía divulgativa, ni un ensayo tangencial sobre alguno de los planetas que orbitan en el universo del Gran Corso, ni una novela ambientada, ni un pretexto para desplegar un juego erudito…Tampoco es un estado de la cuestión, ni un juicio histórico al personaje o a la época. Es, ante todo y sobre todo, una obra maestra narrativa.

Retrato de Napoleón por Jacques-Louis David (1812).

Norio se confiesa tocado –o finge haberlo sido– por el vicio de Napoleón, trastorno psicológico consistente en una obsesión compulsiva por conocer sobre el personaje, por participar de algún modo en su memoria, hasta convertir la propia vida en una secuencia de acciones napoleónicas: saber, ver, comprar, leer, viajar, reencarnar… algo, mucho, muchísimo, hasta el límite algebraico del bonapartismo. Y sigue con la confidencia al lector: el libro pretende ser un descargo, una vacuna, un antídoto contra el vicio, un punto y aparte en su vida, una liberación de la losa del personaje, de cuya muerte se cumplen el próximo 5 de mayo 200 años.

Norio ha leído mucho y con mucha atención sobre Napoleón. Sabe una barbaridad de su protagonista. Lo atestigua la bibliografía, el juego de contraste al que la somete y el uso inteligente, pero intencionalmente desaliñado, de las notas. El libro es un destilado de todo ese conocimiento. Solo por ello ya merece en alto grado la lectura. Pero es mucho más. La maestría como narrador desmenuza en 149 capítulos las más de 400 páginas del texto, distribuyendo los datos, las anécdotas, los juicios, las citas, los documentos, la labor heurística, las imágenes y los recuerdos de Napoleón en dosis sabiamente promediadas, que atrapan sin piedad al lector y le provocan desazón cuando deja la lectura. El ritmo alterna el hilo cronológico con los datos ambientales, las digresiones eruditas, el anecdotario significativo, las perspectivas memorialísticas o historiográficas, con las que guiña continuamente el ojo cómplice a quien le sigue, y abandona en el momento justo el relato dejando insatisfecha la curiosidad, para satisfacerla o provocarla de nuevo páginas adelante, cuando menos se la espera. No hay campo que deje sin arar: todas las facetas del personaje quedan retratadas, desde la gastronomía al sexo, desde la prodigiosa capacidad de gestión hasta su indesmayable fortaleza para el trabajo, desde la falta de empatía y escrúpulos hasta su peculiar concepto del deber. Pero es Napoleón el objeto: no se espere del libro un tratado sobre la Europa napoleónica o postnapoleónica, asunto ese bien diferente del que constituye el síndrome.

Tras la lectura corrida, al ritmo y galope impuestos por Norio, la memoria se resiente: no hay quien retenga el cúmulo de datos, fechas, anécdotas, juicios por los que los ojos han pasado velozmente. Es preciso darle la vuelta, empezar otra vez y asistir a la sedimentación. Precisamente la velocidad de entrada permite reiterar el disfrute, todo vuelve a ser nuevo y la imagen del emperador por antonomasia se configura a brochazos cada vez más nítidamente, perfilándose a cada nuevo repaso. Al final uno acaba siendo cómplice del napoleonismo y empieza a entender por qué la seducción del personaje fue tan grande que, tras sus dos derrotas definitivas, los enemigos le concedieran el destierro en lugar de fusilarlo sin más dilación, en mínimo descargo al inmenso genocidio del que fue responsable directo. Por ello el libro de Norio permite experimentar y superar el vicio de Napoleón: es a la vez descargo y diagnóstico, descripción de la enfermedad y medicina.

Cubierta del libro

 El vicio de Napoleón

T. S. Norio 

KRK, 426 páginas, 24,95 euros

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