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Knut Hamsun, por dentro

En “Misterios”, el Nobel noruego da dos de los primeros ejemplos de monólogo interior pleno de la literatura europea

Cultura - Libros

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“Misterios”, el segundo libro de Knut Hamsun, publicado en 1892, es una obra quizá menos redonda que la inmortal “Hambre”, pero su dislocada narrativa la señala indeleblemente como pieza seminal de la novela moderna, al inscribir la profunda inmersión en la psicología de su extravagante protagonista, Johan Nagel, en el marco de un heterogéneo relato que amalgama disquisiciones sobre arte y política, una disección ibseniana de la pequeña burguesía nórdica y una descripción de un amour fou digna de un surrealista. A la alucinada narración en primera persona de su debut, Hamsun suma en “Misterios” dos de los primeros ejemplos de monólogo interior pleno de la literatura europea (antes de Joyce y Woolf, aunque después de Dujardin en “Les lauriers sont coupés”), insertos en una perspectiva en tercera persona que, tras la omnisciencia inicial, bascula hacia un punto de vista limitado –y notarial, casi burocrático, en el registro de las acciones del personaje principal–, para desembocar después, cuando se interna en lo psicológico, en un rico estilo indirecto libre y, en los capítulos IV y XVIII (cénit del libro), en un empleo exhaustivo de la corriente de conciencia, técnica cuyas posibilidades expresivas Hamsun, aun un pionero, explora con pericia. Sin embargo, nada de todo ello aborta por completo la impresión de que la elaboración del material narrativo no alcanza en “Misterios” la consistencia que requería la tupida red de asuntos (suicidio, inadaptación social, superioridad moral nietzscheana) que teje el Nobel noruego; máxime cuando la acción final de Nagel es predecible casi desde el principio, dado su comportamiento irracional y que algunos “misterios” de su pasado, enterrados profundamente en su mente, han empezado a bullir de nuevo al calor de la pasión que siente por Dagny Kielland, la hija del párroco.

Con Nagel, Hamsun construye un personaje enloquecido y enervante, tan temeroso de burlar las convenciones sociales como tentado de violarlas, y tan hijo de la personalidad de su creador como de las corrientes finiseculares de pensamiento que pueden explicar la adscripción del novelista al régimen pronazi noruego de Vidkun Quisling. (Hamsun, feroz anticomunista y enemigo acérrimo de todo lo anglosajón, tenía a Hitler por “una figura reformadora de primer orden” y “un guerrero por la Humanidad”.) Al lado de este potente protagonista, el coro de voces que jalea o cuestiona su comportamiento resulta bastante insustancial, y esa es la principal debilidad de la novela. Con una excepción: el personaje del Minuto, un pobre tullido al que Nagel defiende de las crueles chanzas del secretario Reinert, y que en la última página del libro se revela como el “canalla secreto” que su padrino siempre temió que fuera (quizá porque, para Hamsun, la caridad degrada a quien la recibe).

Cubierta del libro

Cubierta del libro

Misterios

Knut Hamsun

Traducción de Kirsti Baggethun y Regino García-Badell

Nórdica, 354 páginas, 22,50 euros

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