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ENTREVISTA
Javier Almuzara Poeta, publica “Todos los besos son de despedida"

“La poesía de segunda es literatura de cuarta”

“Es tan estéril eludir lo esencial, porque ya se haya tratado, como forzar la novedad en su tratamiento para justificarnos”

Javier Almuzara, en la plaza del Fresno de Oviedo, con su nuevo poemario. | Fernando Rodríguez

Javier Almuzara, en la plaza del Fresno de Oviedo, con su nuevo poemario. | Fernando Rodríguez

Javier Almuzara (Oviedo, 1969) ha publicado el más extenso de sus poemarios, “Todos los besos son de despedida” (Renacimiento). Escritor que gusta de lidiar con la palabra y con la métrica, aspira a decir lo que siempre han dicho los poetas, pero a hacerlo con su propia voz, la del aquí y ahora.

–¿Qué hay en este nuevo libro de poemas?

–Hay un trabajo paciente de quince años. No fue el único; entre tanto publiqué otros seis libros, pero este se ha demorado, por distintas circunstancias. El tiempo transcurrido lo convirtió, de forma natural, en el más extenso de todos mis poemarios, aunque no por mero acopio. De hecho, en la decantación definitiva quedaron excluidos bastantes poemas. El libro se gestó sin prisa y con pausas a lo largo de mis años más creativos hasta la fecha y es tal vez el que más se parece al autor: en él están mis fijaciones temáticas, enriquecidas con nuevas perplejidades, la mayor diversidad estrófica (de la seguidilla al soneto) y de extensión posible (desde un verso hasta ciento dieciséis), además, hay también una saludable variedad de tono.

–Usted es un poeta formal, ¿“Los besos de despedida” son una formalidad?

–Las formalidades tienen mucha utilidad social, no seré yo quien las desdeñe, y la literatura es otro espacio de convivencia. En poesía, la etiqueta es el respeto con que trato a los lectores. Nunca falsifico mi lenguaje para vestirlo de gala, pero procuro usarlo con aseo y elegancia. En cualquier caso, lo que importa es a dónde nos lleva el poema y no tanto la horma que calza. Por otra parte, nunca he disfrutado en exceso del arte blando. Me gustan las estructuras sólidas y bien trabadas que dan impresión de ligereza y flexibilidad. Si el poema tiene la forma adecuada, esta será imperceptible, y lo que apreciará el lector es la idea clara puesta en música verbal con la naturalidad de un artificio invisible.

–En el libro hay 23 sonetos. ¿Cómo se escribe un soneto, cómo se enfrenta a esos 14 versos?

–Escribir sonetos siempre fue un desafío intelectual para mí. En el sprint de las formas breves, con las que también me he medido (las carreras de fondo me dan mucha pereza), es más fácil tener piernas para llegar a la meta. El soneto es la media distancia de la poesía. Hay que dosificar las fuerzas y planificar bien la prueba. En esta analogía, los tercetos (o en su caso el pareado último del soneto isabelino) funcionan como un acelerón final que requiere el resuello justo.

–Su poesía trata las pulsiones que siempre han movido a los poetas, la muerte, el olvido, el paso del tiempo, el amor… Está ya todo dicho, pero usted se empeña en buscar nuevas formas de decirlo.

–Todo está dicho y todo es nuevo para los que vivimos ahora las zozobras y alegrías de siempre. Es tan estéril eludir lo esencial, porque ya se haya tratado, como forzar la novedad en su tratamiento para justificarnos. La historia de la literatura pesa sobre nuestros hombros, pero también Homero lo hacía sobre los de Virgilio, y este sobre las espaldas de Dante. Lo que nos toque añadir será poco, y sin embargo nadie podrá hacerlo por nosotros. En el teatro a la moda, ironizaba Benedetto Marcello con la ignorancia de algunos libretistas de comienzos del XVIII aplaudiendo que no leyeran a los clásicos, del mismo modo que aquellos no les habían leído a ellos. En realidad, los clásicos nos leen el pensamiento, y por eso no nos cansamos de leerlos a ellos. Ser dignos de su ejemplo es aspirar (aunque sea en vano) a ser ejemplares para la posteridad.

–¿Para qué es necesaria la poesía?

–Yo solo sé que no puedo vivir sin ella; o, mejor dicho, que vivo a través de ella. Es mi forma de estar en el mundo, de verlo todo siempre por primera vez, de agradecer el don de la palabra, de poner a salvo la vida cantando lo que se pierde, porque nunca se pierde lo que se canta.

–En el libro hay también una colección de aforismos, una forma mínima de poesía, casi lúdica.

–Esa colección de aforismos es un balance estético de mi obra, pero no la concibo como un manual o un recetario. La primera lección de la página en blanco es que siempre partimos de cero. Si tuviese la fórmula para escribir poesía, escribiría poemas formularios. Cuántas veces el verso feliz me ha forzado la mano, y es la poesía quien se dice a través de mí, no yo el que se expresa en mis versos. Procuro gobernar el texto, pero me dejo guiar cuando quiere llevarme a otra parte. Hay que estar dispuestos a que la obra nos desmienta o contradiga si queremos que nos regale algún asombro inédito, algo más grande que nosotros. Del mismo modo escribo aforismos, como una prolongación lógica de mi oficio poético. El aforismo es la poesía de la prosa, el arte de decirlo todo callando casi todo. En la escueta cumbre de un buen aforismo, como de un buen poema, asombra tanto su altura de miras como la sensación de haberla alcanzado levantándose vertiginosamente sobre el silencio.

– Han pasado 30 años desde la publicación de su primer poemario. Haga balance.

–He procurado probarme siempre en el esfuerzo de la altura, y centrarme en lo que me importa, desoyendo si toca o no toca (yo no toco de oído). Procuro vivir al margen de las modas. Quienes viven al día, siempre están en precario. Qué alivio llegar a esa edad en que uno puede prescindir de estar a la moda sin que sus ansiosos adoradores nos acusen de ser infieles a nuestro propio tiempo. Espero no haber incurrido en demasiadas páginas prescindibles, ni haber escrito muchos poemas mediocres, porque la poesía de segunda es literatura de cuarta.

– ¿Qué significa la música para usted y para su poesía?

–Luis XIV diría pomposamente “la música soy yo”; yo solo puedo decir con humildad que sin ella no soy. Camino a su ritmo, la canto, la bailo, la pienso, la enseño y, por si fuera poco, comparto ese amor con quien comparto mi vida. Nietzsche pensaba que la vida sin música sería un error, y yo estoy convencido de que la vida sin error es música de Mozart. Amo a Mozart en todas las cosas. Mi forma de entender el arte rima plenamente con su estilo. Todo lo que propende a Mozart me parece sencillamente superior. Al modo en que cantan las palabras, mi poesía aspira a ser música que piensa. Hablo de música cada día y ella me ha devuelto el favor cantando mis versos, desde la ópera de “Fuenteovejuna” hasta los más recientes poemas de “Todos los besos son de despedida”. Hay algo armónico en todo esto que debo festejar.

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