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El biombo del bufón

Partiendo de la úlcera duodenal de Mussolini, Antonio Scurati pone el dedo en la llaga de la Italia fascista

Ilustración de Pablo García

La historia de Mussolini avanza incluso cuando se descubre que en sus años de gobierno Italia se ha convertido, como escribió Malaparte, en una bufonada: en un biombo chino sobre el que se pintan escenas de batalla, de victorias y de coronas cesáreas. El biombo que esconde, más que un Hércules musculoso bajo un cielo de nubes de Tiepolo, un sucio bidé. Antonio Scurati aprovecha los cambios de ritmo que imprime la historia de manera magistral en la segunda entrega de su gran travesía literaria por el Duce. Si en “El hijo del siglo” el tronco narrativo estaba en la invención del fascismo como respuesta a una época de incertidumbre y solución paranoica al pavor social, en “El hombre de la providencia” son examinados los años en que esa locura se integra en el culto a la personalidad.

Fue el arzobispo de Praga en una visita a Roma quien definió a Mussolini como un ser providencial. En realidad lo que se encontraba en juego era la liquidación de una vieja democracia parlamentaria y la fascistización del Estado, como empezó a suceder tras el plebiscito de 1929, cuando las elecciones son sustituidas e Italia pasa a ser un régimen dictatorial inspirado en la veneración a un líder: un Dios que convierte a sus seguidores en creyentes de una nueva religión hasta desembocar en el curso trágico de la historia que conduce a Europa al abismo de la Segunda Guerra Mundial.

De “El hijo del siglo”, que encierra la personalidad atormentada de un dirigente invocando a las masas quejumbrosas, Scurati nos lleva hasta un Mussolini imbuido de determinismo pero al mismo tiempo doblado por el dolor que le provoca la úlcera duodenal que inflama su intestino: la llaga oculta que hace al hombre de la Providencia cagar sangre. Un verdugo de la democracia es presa de su herida, he ahí la gran contradicción del hombre que jamás dejó de mentir, o de vender sanitarios en las plaza púbicas, como irónicamente escribía Montanelli. Precisamente es en esa vulnerabilidad donde Scurati insiste o, por utilizar el símil adecuado, pone el dedo en la llaga: la metáfora que le permite seguir desentrañando la personalidad turbulenta del Duce, que embarcó a su país en una empresa supuestamente monumental herido por un mal que ningún bisturí podía curar. La úlcera traspasa al hombre para acomodarse en el fascismo, primero, y acto seguido en la sociedad. El cuerpo, los brazos en jarras, la cabeza erguida y el pecho desafiante, quieren dar a entender una vigorexia que en realidad no existe, una representación estúpida del acto siniestro y banal que concluirá en tragedia.

La segunda parte del enorme fresco de Scurati abarca diez años de la historia italiana más dramática

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Este segundo episodio arranca en 1925, cuando, tras la crisis provocada por el crimen de Matteotti, el Estado liberal se halla a punto de ser totalmente conquistado, con la complacencia del rey Vittorio Emanuele III, y de toda la vieja clase política que, con la honrosa excepción de Giovanni Amendola, que pagará con la vida su postura obstinada, se había inclinado ante el nuevo líder providencial. En palabras del propio Scurati, en los gregarios, idiotas e inagotables como perros de trineo, encontrará su fuerza. Para él, para Mussolini, la política no es una ciencia, es arte y adivinación instantánea. En ese sentido, resultó ser el pionero de los que en la actualidad, sin ser necesariamente fascistas, se rigen por principios que consisten en adoctrinar a sus seguidores o votantes invocando los más indeseables resortes de la emotividad frente a la razón. Con solo darle un par de vueltas a la idea, los lectores de la obra de Scurati encontrarán fácilmente la extrapolación de esa forma de hacer política en nuestros días, sin alejarse demasiado de donde viven.

Para el Duce ulceroso, vivir es lucha, riesgo, tenacidad, significa ponerse en marcha cada día, asomarse a un balcón para recibir las ovaciones de una masa exaltada que ha decidido confiar en él de manera absolutamente irresponsable para, acto seguido, transitar por el fracaso. Vivir es despedirse del pasado y darle la bienvenida al futuro, que es lo único que cuenta para él. Los únicos oponentes organizados que todavía creen que la política es ciencia son los comunistas. La detención de Gramsci, secretario del PCI, el 8 de noviembre de 1926, significará la defunción del Estatuto albertino, que hasta entonces había regulado las relaciones políticas y constitucionales en Italia tras la unificación.

“El hombre de la providencia”, segunda parte del enorme fresco de Scurati, abarca diez años de la historia italiana más dramática. Todo culminará en una nueva entrega que completa la trilogía en el Piazzale Loreto, donde fueron expuestos los cadáveres de Mussolini, Clara Petacci y otros miembros de la República Social Italiana. El terrible fin de una úlcera.

cubierta del libro

M El hombre de la providencia

Antonio Scurati

Traducción de Carlos Gumpert

Alfaguara, 592 páginas, 22,90 euros

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