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La belleza de lo frágil

“El jardín de vidrio”, novela de crecimiento de Tatiana Tibuleac

Cultura - Libros

Tatiana Tibuleac, nacida en Chisinau (Moldavia) en 1978 y residente en París en la actualidad, inició su carrera como periodista en prensa y televisión en su país. En 2014 se inició en la literatura con “Fábulas modernas”, historias sobre la migración inspiradas en lo que se leía y publicaba en las redes sociales. El éxito editorial le llegó en 2017 con la novela “El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes”, a partir de la cual recibió varios premios literarios importantes.

La novela “El jardín de vidrio”, publicada en 2019, es una “obra de crecimiento’” un Bildungsroman en toda regla: es el viaje de la narradora desde el orfanato donde fue abandonada al nacer hasta licenciarse en medicina y ejercer en un hospital, pasando por todas las vicisitudes de su desarrollo emocional e intelectual. Con su madre adoptiva ha de aprender una nueva lengua de comunicación, el ruso, como vía de reconocimiento social, sin querer abandonar su lengua afectiva, el moldavo, la variante del rumano que se habla en Moldavia.

La intersección de ambas lenguas, con su respectiva carga cultural, y la incertidumbre de su origen y de su destino, marcan los vaivenes de la infancia y adolescencia de Lastochka, hasta que llega a un punto de entendimiento con ella misma que le permite elaborar suficiente autoestima para luchar por conseguir un buen lugar en la vida.

Es esta también una novela costumbrista, que describe y enumera espacios, personajes y los paisajes de una ciudad, Chisinau, en los años más duros del comunismo, en donde coexisten, con más o menos éxito, las más diversas etnias y religiones, cada una con su lenguaje y sus conductas peculiares. Este entramado social, sostenido por un sistema de gobierno totalitario, se tambalea con las políticas más liberales de Mihail Gorbachov y su Glasnot.

El “jardín” de botellas que refulgían bajo los rayos del sol encantando a la Lastochka niña, botellas que ella y su madre recogían afanosamente a diario por la calle “para crear dinero de la nada”, se viene abajo con la prohibición parcial del consumo de alcohol en 1985. Tanto “las botelleras” como quienes consumían la bebida, hasta entonces muy barata, han de reinventarse para sobrevivir.

Por eso, la novela está plagada de preguntas sobre el destino, sobre la vida y la muerte, la política, la nación y la guerra: y si mis padres aún estuviesen vivos, y si me hubiera adoptado otra persona, y si aún estuviera en el orfanato, y si siguiéramos bajo el mismo credo político, y si mi hija no estuviese enferma... y si... y si...

Lastochka se refugia de sus dudas y vacilaciones en pequeños placeres cotidianos como el aroma del pan y la mantequilla, el tacto de una mandarina, el sumergirse en una bañera llena de agua limpia y, sobre todo, el ensimismarse con su jardín de vidrio: “Apiladas en botelleros de metal hasta el techo, con el roce de la luz las botellas cobraban vida. Sus colores simples se mezclaban, nacían otros inesperados”.

La novela, aparentemente fragmentaria, mantiene una estructura básica coherente que necesita de la cooperación de quien lee. “El jardín de vidrio” destaca continuamente los gozos y las sombras de la vida, la belleza y la fragilidad en que nos movemos. Las botellas, que fueron el sostén económico de Lastochka, al igual que los huesos de cristal de su hija, que es ahora su bastión emocional, están hechos de una materia tan quebradiza que se puede romper en cualquier momento; de ahí que cada instante cuente para disfrutar de su belleza y del privilegio de tener a la pequeña Tamara.

La metáfora central es la del desconocido que construye una ciudad con cerillas para alborozo de la gente del barrio, pero tal maqueta, que elimina la fealdad y la pobreza circundante, es consumida por el fuego en unos minutos, si bien en un espectáculo de luz y calor que fascina al vecindario.

El jardín de vidrio

Tatiana Tibuleac

Traducción de Marian Ochoa de Eribe

Editorial Impedimenta, Madrid, 2021, 355 pp.

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