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La huella de los libros

Extrañeza del mundo

El historiador Peter Brown analiza la transformación del cristianismo en una institución preparada para asimilar a toda la sociedad

El gran historiador irlandés Peter Brown (1935), profesor emérito en Princeton y eminente especialista en el estudio de la cristiandad triunfante de los siglos III-VI, tiene mucho y bueno traducido al español. Baste citar como obras señeras “El cuerpo y la sociedad. Los cristianos y la renuncia sexual en el cristianismo primitivo” (1993), “Agustín de Hipona” (2001) y “Por el ojo de una aguja. La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente (350-550 d. C.)” (2016). En 1989 se tradujo “El mundo de la Antigüedad tardía. De Marco Aurelio a Mahoma”, una brillante síntesis interpretativa que, difícil de encontrar a precios razonables en el mercado secundario, ha vuelto a reeditar el sello Taurus hace pocos meses dentro de su colección “clásicos radicales”.

Como tantos lectores interesados en sus orígenes culturales, siempre he sentido una aguda curiosidad por conocer las causas de que una secta religiosa judía, surgida en un rincón perdido del inmenso Imperio Romano en tiempos de Tiberio, fuera a resultar la religión primero oficial y luego completamente dominante de los súbditos de esa gran construcción política. ¿Es ese hecho históricamente sorprendente prueba cabal de su carácter de verdad divina revelada? Indudablemente no, pues otras religiones poseen igual o superior proyección universal. Pero la gran cuestión todavía sigue en pie, sean cuales fueren los motivos íntimos que lleven a cada lector a buscar afanosamente (en un montón de libros capitales a lo largo de la vida) las respuestas más adecuadas.

El compendio hermenéutico elaborado por Peter Brown, lleno de claves, sutilezas y matices que hacen justicia a la complejidad del período estudiado –la Antigüedad tardía–, permite, sin embargo, adelantar aquí algunas explicaciones destinadas, como mínimo, a incitar a su muy recomendable lectura.

Busto del emperador romano Constantino.

Busto del emperador romano Constantino. Wikipedia

1) Tras la conversión de Constantino en el 312, escribe Brown, los emperadores y la mayoría de sus cortesanos fueron cristianos. La facilidad con la que el cristianismo consiguió controlar a las clases superiores del Imperio Romano en el siglo IV se debió a la revolución (militar y burocrática) que había situado a la corte imperial en el centro de una sociedad de hombres “nuevos” (ajenos a la aristocracia senatorial, se entiende), para quienes era relativamente fácil abandonar creencias conservadoras a favor de la reciente fe de sus señores. Ahora bien, la expansión del cristianismo no fue un proceso gradual e ineluctable iniciado por San Pablo y terminado por Constantino. Su difusión en el siglo III fue impresionante por lo totalmente inesperada. ¿Qué podía aportar la nueva religión a la sociedad romana?

2) Según Brown, la religión cristiana se distinguía de las otras religiones orientales, con las que compartía muchas semejanzas, por su intolerancia respecto al mundo exterior, es decir, por la tremenda “interioridad” que caracterizaba la vida de la Iglesia. Esta extrañeza hacia la vida terrenal, que habría de dar lugar a la espectacular propagación del monacato, tuvo especial intensidad en el ámbito latino del Imperio, donde los cristianos habían resultado durante más tiempo una minoría acosada que, congruentemente, se consideraba a sí misma como un grupo “separado” del mundo. Pero ha de tenerse en cuenta también, a este respecto, que la Antigüedad tardía fue una época de revolución espiritual, en la que se despertó el sentimiento de que cada individuo contenía algo infinitamente valioso, aunque dolorosamente carente de relación con el mundo exterior. Ello se advierte ya en Plotino y en los gnósticos; en los cristianos bautizados se muestra en la asunción de su condición de hijos de Dios arrojados a un mundo gobernado por el Príncipe del Mal. Además, encontrar en el propio interior una repentina reserva de perfección o inspiración va acompañado de la necesidad de hallar un Dios con el cual el hombre pueda estar solo. Tal cambio de perspectiva, así como la sensación de una “irrupción” inminente de la energía divina dentro de cada individuo, tuvo efectos revolucionarios, que a mi juicio todavía hoy perviven en toda su intensidad, pero que entonces llevaron a los hombres y mujeres corrientes por el camino de la excelencia moral, antaño reservada a los caballeros clásicos griegos y romanos.

3) También entonces como hoy, la extrañeza del mundo resultaba compatible con su integración en él. Los dirigentes de la Iglesia, especialmente en el ámbito griego, encontraron que podían identificarse con la cultura, puntos de vista y necesidades del ciudadano medio acomodado. De ser una secta orientada contra o al margen de la civilización romana, el cristianismo se transformó en una institución preparada para asimilar a toda la sociedad. Fue éste, concluye Peter Brown, el evento aislado más decisivo en la cultura del siglo III, pues la conversión de un emperador romano al cristianismo, llevada a cabo por Constantino, podía no haber ocurrido o haber adquirido un significado totalmente diferente si no hubiera estado precedida dos generaciones antes por la conversión del cristianismo mismo a la cultura y a los ideales del mundo romano.

Un libro, pues, magnífico. Un clásico radical, como con justicia lo califica el editor.

El mundo de la Antigüedad tardía

Peter Brown Traducción de Juan Antonio Piñero

Taurus, 280 páginas

19,90 euros

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