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MÚSICA

La hecatombe

El anuario de la SGAE refleja una verdadera catástrofe de las artes escénicas en 2020

Cultura - Música

La Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) publica cada año un informe que permite valorar con bastante exactitud el estado de la actividad cultural y que resulta especialmente relevante en lo que se refiere a las artes escénicas, porque es uno de los escasos elementos de análisis que disponemos en nuestro país para ir viendo las tendencias culturales y su recepción por parte de la ciudadanía.

Hace unos días acaba de presentar el anuario correspondiente a 2020 y, no por esperadas, las cifras dejan de resultar demoledoras. Las magnitudes en el descenso de espectadores, recaudación y oferta son, sin duda, de las peores que se recuerdan en muchos años y lo más preocupante es que, ya con 2021 avanzado, no parece que se perciba una mejoría clara; un avance sí, pero no con el empuje que debiera. El año 2020 estuvo marcado por el confinamiento, el cierre de los equipamientos culturales y las restricciones de aforo. Pero también tuvieron un fuerte impacto en el sector las restricciones de movilidad que hicieron que muchos artistas no pudiesen girar, lo que supuso el cierre en la práctica de los circuitos, elemento esencial del trabajo artístico que, por definición, es itinerante y requiere de estabilidad para poder planificar su desarrollo con coherencia.

Juan José Solana, presidente de la Fundación SGAE, lo resumió así en la presentación de los datos: “Uno de los peores años que hemos padecido. El descenso estimado es de un 70% en recaudación y asistencia de público”. Y estos datos, además, conviene ponerlos en el contexto adecuado: las artes escénicas aún no se habían recuperado en su totalidad del terrible zarpazo de la crisis de 2008. Basta ver los presupuestos actuales y compararlos con los de la década anterior para percibir el enorme agujero cultural en el que España transita, con una precariedad ya convertida en problema endémico que las instituciones se niegan a afrontar con la decisión y el respeto que merece un patrimonio cultural siempre en la cuerda floja.

La caída de espectadores en música clásica se acerca al 74 por ciento, más del 75 por ciento en danza, y la lírica es, dentro de las artes escénicas, la más damnificada, con una merma del ¡87 por ciento de espectadores! Los tremendos datos no sólo se explican por el cierre y el confinamiento, puesto que el año pasado hubo dos meses previos en los que la actividad fue normal, y desde el final de la primavera –aunque con intermitencias– los teatros comenzaron a reiniciar actividad con aforos, en la mayoría de los casos, en torno al 50 por ciento de su capacidad, que, por otra parte, costaba mucho completar.

Estamos ante una ruptura del hábito y de la asistencia que necesita, ahora más que nunca, un compromiso institucional fuerte y decidido para los próximos ejercicios. Se precisarán, también en este campo, políticas expansivas que vayan más allá del mero sostenimiento de la actividad. Hay que restaurar la confianza, conseguir que los espectadores vayan volviendo a los espacios escénicos, que han demostrado, con creces, que son seguros. De la capacidad para lograr esta restauración va a depender la viabilidad de nuestra cultura escénica en las próximas décadas. En el resto de Europa las instituciones están trabajando de forma coordinada con objetivos firmes de apoyo a los artistas y a los ciclos, festivales y teatros. Aquí esta colaboración ni tan siquiera se ha intentado. Para variar, vamos con retraso, y esta vez la catástrofe puede llevar a la extinción. Ahí están los números mostrando una realidad desoladora; sólo hay que analizarlos y extraer las conclusiones oportunas.

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