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Final de la luz

“Donde muere la muerte” reúne los últimos poemas del premio “Cervantes” Francisco Brines

La tarea imposible de aplacar a la Parca consigue que “Donde muere la muerte” cierre como un resplandor la obra de Francisco Brines, fallecido el pasado mes de mayo. Veinte poemas que constituyen toda la escritura del Premio “Cervantes” de 2020 en sus últimos 25 años de vida.

La misión de la poesía de congraciarse con el mundo se señala ya en “Brevedad de la vida”, poema inicial en el que se funde el amor y su rosa, recurso muy prodigado en la obra de Brines. El furor vital se apaga, con toda su súbita belleza, y solo resta el epílogo mortuorio. El poeta se justifica en el amparo del lector, para subrayar el verbo ser. Todo se resuelve y deviene en la muerte: “Fluyen por las mejillas caudalísimas, heraldos de la voz, y ésta, educada en palabras, acaba afónica, su desahogo en lágrimas de sombra”.

Será la nada con sus cruentas leyes la que constituya un resumen y un epitafio: “Habla mi nada al vivo / y en él se asoma a un espejo / que no refleja a nadie”. En la brevedad de estos poemas, Francisco Brines se aproxima a lo efímero, con un sentimiento de quedar postrado en el abandono. Todo un recuerdo lacerante y simbólico; la vana invocación es llamar a Dios al sentirse como un perro aullando en una casa abandonada.

La lectura del poema de un amigo permitirá la intromisión placentera del sol en la oscuridad. Una naturaleza emanada para reconstituir el corazón: “Un poema que suena como un pájaro / y es también una flor. / Nunca vi una mañana / que cantara, / que oliera / con tanta luz”. Lejos de buscar consuelos o salvaciones, Brines se decanta por la belleza somnolienta de la rebeldía tenebrosa, como muestra el poema “Luzbel, el ángel”. El final rendirá cuentas al niño que fue, verá cernirse las sombras: “Después los dos seremos / un solo y puro / vacío / misterioso. / La sosegada música / inaudible”.

La casa de Elca es el último armazón vital para contemplar la declinante belleza del cosmos. La certeza de haber amado atemperará el dolor: “Me llegan oleadas de amor, / acarician mi piel, / y sé que es tu presencia / que me mira desde la ciega eternidad”. Eliminando cualquier indecisión, se palpa la hora definitiva, un hogar que se quedará vacío con el despojado lenguaje de Brines. Entonces se recalcarán las interrogaciones: “¿Podré aún llegar a ti, / ancianísimo espíritu, antes de que obedezcas / la última ley prescrita hacia la nada, / para así devolverte / un reflejo del mundo que me diste, / acercarte el espectro de la vida que amamos, / recibir tu piedad, ungirte con la mía?”. Se asumirá el inexorable paso de los días, con valentía y sin disfraces: “Pues la vida es tiempo, pero tiempo gastado, / y es tiempo lo que soy”. El cuerpo ya no se reflejará más en la luna, como en aquel verano inacabable que remonta ahora la memoria y se planta en la escritura del poeta.

Ante la inminencia del destino final, se aunarán confusión y claridad, el poeta valenciano conseguirá sumergir al lector en sus recelosas dudas: “Si no existió el pequeño dios, / Dios no ha existido, / y no podré saber lo que ahora sé: que ni la nada existe”. Los poemas solicitarán respuestas con toda la urgencia ante la vida, que no deja de conmover y temblar, como un paisaje de Elca y su armónica naturaleza.

Una manzana mordida en la infancia o una barca que parte son algunas de las visiones que se confrontan con el silencio en estos poemas. El vaso de la poesía enfebrecida de canto es la despedida que nos deja “Donde muere la muerte”, un deje incandescente de luz: “Quiero decir que dejes / las palabras gastadas, / bien lavadas, / en el fondo quebrado / de tu alma / y que, si pueden, canten”.

Donde muere la muerte

Francisco Brines 

Tusquets, 57 páginas

14 euros

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