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Bloc de notas

Sombras inquietantes

Agota Kristof comprime la angustia en “Ayer”, otra de sus breves e inquietantes novelas, una obra sobre el dolor, el exilio, la soledad y el olvido

Agota Kristof (Csikvánd, Hungría, 1935- Neuchâtel, Suiza, 2011) escribió dibujando con no demasiados trazos. La concisión de su escritura, la economía de las palabras, la han convertido en una autora virtuosa como demuestra en su gran trilogía agrupada en un solo tomo por Libros del Asteroide en 2019 bajo el título “Claus y Lucas”. “Ayer”, al igual que las otras novelas, es también breve. A veces solo muestra el hueso desnudo de la materia, sin grasa ni nada que le sobre, únicamente laconismo y sequedad para resumir un protagonista, emigrante nostálgico de un lugar perdido e irrecuperable, que surge como un individuo extraño, en ocasiones desolador. O lo que es igual la angustia expresada en un tono aburrido y en una sucesión de frases que aportan a la historia el ritmo entrecortado deseable, y proporcionan a los hechos que se describen una dimensión irremediable.

Marcada por el exilio, Agota Kristof construyó su obra en torno al enraizamiento y una visión nihilista de la vida. Dejó su país de origen, la amada Hungría, en 1956, para seguir a su esposo que estaba siendo seriamente amenazado por el régimen comunista. Vivió dolorosamente la experiencia de trabajar en una fábrica, en Suiza, y aprendió francés como nuevo idioma. A partir de ese momento, a punto de cumplir 30 años, empezó a considerarse a sí misma analfabeta. Decidió escribir en el idioma adoptivo, pero tardó en hacerlo alrededor de un par de lustros; primero quiso ver cómo sonaban sus poemas húngaros en francés. Luego armó oraciones, pequeños textos, para testarlos en la nueva lengua. Todo fue muy lento pero hay que felicitarse por el resultado: su trilogía de novelas compone una de las obras más desnudas y sinceras de la literatura centroeuropea del siglo pasado y ha sido definida por muchos como una pieza maestra sobre los horrores del totalitarismo.

La senda por donde nos conduce “Ayer” lleva de un pueblo sin nombre, en un país sin importancia, a otro lugar sin nombre, en otro que tampoco la tiene; de un estado de miseria a uno más; de un nombre, Tobías Horvath, a un seudónimo, Sándor Lester, y un personaje inventado; de una madre que era la puta del pueblo a una madre borrada y después imaginada. Y atravesándolo todo, el hilo de una vida rutinaria que desemboca en el amor destructivo hacia la versión idealizada de una joven que conoció en la infancia. El desenlace es más sombrío que las propias sombras que planean sobre el conjunto de la narración, pero Kristof brilla en esa oscuridad.

Si el estilo elíptico y tosco de la novela puede llegar a inquietar al lector, también brota de ella una poesía sorprendente, oscura y melancólica. Las mentiras y delirios de Sándor, sus esperanzas y desánimo, expresan con inusitada intensidad la angustia que provoca el exilio, la soledad, el olvido de su familia. Kristof es buena estudiosa de la desesperación, se aplica mucho para devolver las cosas a su estado puro, reducido a pocas palabras. Lo que está en las páginas de “Ayer” es todo. Por contra quizás haya demasiados lugares comunes en esta historia desesperada, y es posible que alguien diga que el minimalismo no lo parece cuando se nota mucho. Puede también que la literatura pierda algo de su sentido al imitar tanto a la vida. Pero esta pequeña y gran novela de la escritora húngara refugiada en Suiza es igual de turbadora que deslumbrante. Apenas cien páginas que se leen de un tirón con la sospecha de que cualquier otro título de su autora va a correr una idéntica suerte y a encender las mismas luces del entendimiento sobre el dolor humano, el desarraigo y el desencanto.

Ayer

Agota Kristof 

Libros del Asteroide

Traducción Ana Herrera

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