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La estancia infinita

“Ciencias ocultas”, de Mike Wilson, parte de un Cluedo y contiene Lovecraft, Chesterton, Arlt y Borges

El punto de partida de “Ciencias ocultas”, de Mike Wilson, es una imagen a mitad de camino entre el juego del Cluedo y una novela de Agatha Christie. Una habitación clausurada, un cadáver en el suelo y cuatro figuras en torno: dos mujeres, un hombre y un perro. La narración nunca abandona el espacio anunciado en la primera línea ni permite escapar de su marco a los personajes que lo pueblan. La descripción convertida en un paradójico arte de la acción guía nuestro viaje inmóvil por este enigma que a lo peor no lo es. La sensación dominante es la de penetrar en una naturaleza muerta, un bodegón flamenco o un memento mori que la minucia del narrador agota hasta sus límites, con la pericia de un discípulo del nouveau roman (hay ecos de Claude Simon en las extraordinarias descripciones de objetos domésticos) y la capacidad para la relación insospechada de la ficción posmoderna (la sombra de la literatura del agotamiento de John Barth habita también aquí). La propia disposición del texto, dividido en cuatro apretados párrafos que agotan 130 páginas, invita a una lectura en apnea. Mientras estamos dentro de Ciencias ocultas, los límites de nuestro mundo coinciden con los límites físicos de la habitación donde transcurre la acción y con las páginas del libro que contiene esa habitación. Existe una continuidad entre objeto, texto e historia, continente, medio y contenido, hasta el punto de que, lápiz en mano, un lector con talento para la plástica podría dibujar al milímetro la novela. La sensación de habitar en una serie de muñecas rusas es muy intensa, muy profunda, por momentos casi dolorosa. De pronto, no existe afuera, sólo el libro que pesa entre nuestras manos, sus texturas y sus esquinas, el discurrir de una prosa que en apariencia podría fluir siempre, sin descanso, llegando desde alguna fuente externa, cósmica, aterradora, y que nos podría mantener encerrados en esa estancia hasta que el cadáver se descompusiera, los cuatro organismos que lo vigilan murieran de inacción, los muebles se cayeran de viejos, sometidos a la intemperie de la pura edad, del puro tiempo. Ese tiempo, que es también el tiempo de la lectura de la novela, en el que habitan monstruos de Lovecraft, aporías de Chesterton, la maldad de Arlt y la metafísica de Borges, y en el que los mimbres del relato policiaco intersecan con episodios cosmogónicos, las listas feroces (alas de polilla, sangre seca, astillas de carbón, virutas de ébano, cápsulas de nitroglicerina, seis granos de arroz negro) prueban que el mundo es inagotable, y el heroico empeño de la literatura juega una partida a vida o muerte (y perdida de antemano) con los arcanos de la entropía. Porque el mundo es un lugar vasto, frío e inabordable, y Mike Wilson ha intentado contenerlo en un gesto tan absurdo como magnífico en las páginas de esta novela intransigente con la estupidez, sólo apta para lectores que han abandonado toda esperanza y que sin embargo, fatal e insólitamente, perseveran.

Ciencias ocultas 

Mike Wilson

Firmamento

2021. 124 páginas

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